Scherzo | LONDRES / CRÍTICA / Regreso a los PROMS, por Miguel Ángel González Barrios

LONDRES / Regreso a los PROMS

LONDRES / Regreso a los PROMS

Londres. Royal Albert Hall. 3-IX-2022. Filarmónica de Berlín. Kirill Petrenko, director. Gustav Mahler: Séptima sinfonía.• 4-IX-2022. András Schiff, piano. Ludwig van Beethoven: Sonatas nº30-32.  Filarmónica de Berlín, Tabea Zimmermann, viola. Daniel Harding, director. Alfred Schnittke: Concierto para viola; Anton Bruckner: Cuarta sinfonía.5-IX-2022. Orquesta Sinfónica de la BBC. Nicolas Hodges, piano. Karina Canellakis, directora. Ludwig van Beethoven: Obertura Las criaturas de Prometeo; Betsy Jolas: bTunes; Gustav Mahler: Primera sinfonía.

Hacía cuatro años que no pisaba Londres. Precisamente desde mi visita para asistir a varios conciertos de los BBC PROMS en 2018. Cuatro años después han sucedido bastantes cosas que ni imaginábamos: una pandemia, el Brexit, una guerra de imprevisibles consecuencias, inflación… Pero los PROMS, “el mayor y más democrático festival de música del mundo”, como los denominó el director checo Jiří Bělohlávek, ahí siguen, después de dos años sin celebrarse, igual que antes. Aunque no se sabe por cuanto tiempo, si se cumplen los oscuros vaticinios de Norman Lebrecht (ver su sección en el número de Scherzo de septiembre 2022). Dentro del Royal Albert Hall, tan sólo la visión de alguna solitaria mascarilla nos recordaba la pesadilla que hemos vivido los dos últimos años. Los prommers volvían a llenar la arena, a anunciarnos a coro el monto de sus recaudaciones benéficas y a exhibir muestras de entusiasmo y humor británico.

Como hace cuatro años, asistí para ver los dos conciertos previstos de la Filarmónica de Berlín con su titular, Kirill Petrenko (Omsk, 1972). Días antes se anunció que, debido a una operación en un pie, Petrenko sólo dirigiría el primero de ellos en la gira veraniega de la orquesta berlinesa, cediendo el segundo a Daniel Harding. Después de interpretarla en Berlín y Lucerna, Petrenko y los berlineses trajeron a Londres el 3 de septiembre la difícil Séptima de Mahler, obra extraña y desconcertante. El primer movimiento, un tanto aséptico y errático, comenzó con escaso misterio. Hubo lirismo ma non troppo, descafeinado. Y es que Petrenko es un director pudoroso en lo que a exaltaciones románticas se refiere. La primera Nachtmusik marcó el tono de toda la interpretación: elegancia, pasmosa precisión, con prodigiosos diálogos entre las distintas secciones de la orquesta; deslumbrante imaginación tímbrica de la batuta y un (cuasi-)humor sobrio, intelectual. Había más teatro en la gestualidad de Petrenko, a veces próxima a la de Bernstein, que en el sonido que producía la orquesta. Un Mahler que mira hacia delante y suena poco al Mahler que conocemos. Al fin en el Scherzo, el movimiento más satisfactorio para este firmante, transitó Petrenko por caminos conocidos. Plasmó óptimamente la atmósfera “Schattenhaft” (fantasmagórica) en un movimiento ácido, rapidísimo, alucinógeno, tocado con inusitada precisión rítmica. La segunda Nachtmusik, fabulosamente tocada, con una intervención destacable del concertino, Daishin Kashimoto, de bellísimo sonido, sonó como un ensueño, un suspiro, más poco amorosa. Acertó Petrenko en su enfoque del Rondo-Finale, con su carácter de collage, llevado a un ritmo vertiginoso, que exigió el máximo a la orquesta, que respondió con su proverbial precisión incluso a los tempi imposibles que imprimió la batuta. Este Mahler emocionalmente contenido y de abrumadora precisión no es my cup of tea, pero es indudable que no deja indiferente.

En la matiné del 4 de septiembre, el pianista húngaro András Schiff (Budapest, 1953), ciudadano británico desde 2001 que vive a caballo entre Florencia y Londres, ofreció un atractivo recital beethoveniano en el enorme Royal Albert Hall. Nada menos que las tres últimas sonatas para piano, que sin previo aviso Schiff decidió prologar con el Preludio y Fuga en mi mayor del segundo libro de El clave bien temperado de Bach. Un comienzo pertinente, que conectaba a Beethoven y su Sonata nº30 op. 109, también en mi mayor, con Bach. Del Antiguo al Nuevo Testamento sin interrupción (los inopinados aplausos al finalizar la op. 110 tuvieron el efecto de una indeseada intromisión). Incluso las fugas beethovenianas sonaban a Bach. El Beethoven de Schiff es amable, elegante, fluido, sin conflictos ni estridencias. Beethoven reservado, íntimo, domesticado (Scherzo de la op. 110), interiorizado, a la medida del pianista, que lo lleva a su terreno. Ensimismado como el Alfred Brendel de sus últimos años, Schiff desgranó con naturalidad y perlado sonido su Beethoven, explicándolo con notable claridad, mostrando las conexiones subterráneas entre las tres últimas sonatas. Hubo ocasionales errores de ejecución, ausencia de vuelo en algunos momentos (primer movimiento de la op. 111), que en ningún caso restaron interés a un excelente concierto, coronado por una transparente y finamente cincelada ejecución de la sublime Arietta de la op. 111.

El segundo concierto de la Filarmónica de Berlín, con Daniel Harding (Oxford, 1975) en el podio, comenzó con una deslumbrante interpretación del Concierto para viola de Schnittke a cargo de Tabea Zimmermann (Lahr, 1966). Este poliestilístico Concierto, compuesto en 1985 para Yuri Bashmet (el primer movimiento arranca con un tema, si bemol-la-mi bemol-do-si-mi, que no es sino la firma del dedicatario: B-A-S-C-Hm-Et, en notación alemana) es “una fascinante reflexión sobre la compleja y frágil mentalidad de finales del siglo XX”, en palabras de Alexander Ivashkin. Un cóctel de estilos y humores, de la melancolía a la violencia, de la música cinematográfica a la danza o la música militar, todo tiene cabida en esta partitura. El desolador último Largo es una mahleriana reflexión sobre la muerte y una premonición de la enfermedad que asaltaría a Schnittke poco después de completar la obra. Con su sonido grande y sedoso y una amplia gama dinámica, Tabea Zimmermann, quien grabó la obra en 1990 con su esposo David Shallon (fallecido en 2000), mostró su absoluto dominio de la difícil partitura. Inolvidables los rápidos arpegios con que da comienzo el segundo movimiento, Alegro molto, tocados con gran ferocidad. Y, sobre todo, el desgarrador do sostenido final de la viola acompañada por piano, clavecín y celesta, morendo, como una vida que se apaga, que dejó sobrecogido al nutrido público.

La sustitución de Petrenko por Harding con tan escasa antelación provocó un cambio en el programa previsto inicialmente: se cayó del cartel la esperada Décima de Shostakovich, que con el Concierto para viola de Schnittke redondeaba un bien trabado monográfico ruso. En su lugar tocaron la Cuarta de Bruckner. Según las notas del programa de mano, la edición de Benjamin Korstvedt de la “segunda versión, de 1881”, edición crítica publicada en 2019 que incorpora cambios tomados de los materiales de orquesta empleados en el estreno de la obra en Viena en febrero de 1881 bajo la dirección de Hans Richter. Puede ser, mas apenas aprecié diferencias con respecto a la bendecida edición Nowak de la versión de 1878-80. Pese a la falta de ensayos, fue una excelente interpretación, con un Harding muy centrado, de ideas claras, y una Filarmónica de Berlín excelsa. Fue un Bruckner lírico antes que épico, fluido, al estilo de lo que se lleva ahora, que lo conecta con Schubert y lo aleja de los bloques ciclópeos característicos de la escritura para órgano. Hubo claridad meridiana y transparencia de texturas, con peroraciones de los metales algo comedidas, dejando oír todas las voces de la orquesta. Harding, de exquisita técnica de batuta y gestos clarísimos y elegantes, cuidó el balance, siempre impecable, y se mostró como un excelente preparador de los clímax, con soberbios crescendi comenzados muy abajo, creciendo el sonido con gran efecto. Destacaría sobre todo el tercer movimiento, sin aristas, extraordinariamente servido y tocado, con maravillosas intervenciones de las maderas, de bellísimo sonido e increíble precisión, en el reprise del Scherzo. Y el animado Finale, no del todo perfecto (hubo ligeros desajustes en un pasaje), que Harding condujo con trazo firme hasta una, esta vez sí, monumental coda. Hay que resaltar las intervenciones del primer trompa, Stefan Dohr (¡extraordinario su solo de apertura!), del excelente flautista Emanuel Pahud y del timbalero Wieland Welzel.

El concierto del 5 de septiembre fue un concierto típico de los PROMS. Tras el lujo de escuchar a la Filarmónica de Berlín con cotizados directores, tocaba el turno de la orquesta de la casa, la Sinfónica de la BBC, dirigida por un joven valor en ascenso, la estadounidense Karina Canellakis (Nueva York, 1981). Era la cuarta aparición de Canellakis, titular de la Filarmónica de la Radio Holandesa y principal invitada de la Filarmónica de Londres y la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín, en los PROMS (debutó en 2017). El aforo fue sensiblemente menor. La arena, abarrotada los días anteriores, estaba apenas mediada. El público era más festivo, probablemente con mayor proporción de aficionados ocasionales.

El concierto comenzó con una electrizante versión de la obertura Las criaturas de Prometeo, de Beethoven. Desde los poderosos y secos acordes iniciales, Canellakis mostró mando en plaza y gran vehemencia sobre el podio, con movimientos enérgicos y expresiva gestualidad. La segunda obra del programa era el estreno del bTunes, concierto para piano de la nonagenaria compositora francesa Betsy Jolas (París, 1926), estudiante de Milhaud y Messiaen. Desde que la redescubriera Simon Rattle, Jolas ha recibido encargos de orquestas como la Sinfónica de Londres, Filarmónica de Berlín, Gewandhaus de Leipzig o Sinfónica de Boston. bTunes (b de Betsy) es una “suite” de miniaturas para piano y canciones que Jolas ha ido componiendo a lo largo de su carrera, adaptadas para piano y orquesta y hábilmente engarzadas. Una playlist que, en palabras de la compositora, “evoca el modo en el que la mayoría de la gente escucha música en nuestros días”. La obra, asequible, de grata escucha, con toques de humor, combina los guiños a contemporáneos de Jolas en París, como Boulez y Stockhausen, gotas de posromanticismo y destellos jazzísticos. La interpretación comenzó con una humorada que sólo puede suceder en Inglaterra y en los PROMS: el concertino tocó el la en el piano para que la orquesta afinara, lo que provocó espontáneos bravos y una calurosa ovación del público que ocupaba la arena. A continuación, el concertino hizo gestos ostensibles de buscar al pianista, incluso dentro del piano, desatando la hilaridad del respetable. Comenzó a dirigir, la orquesta tocó un par de minutos, hasta que pianista y directora salieron por fin a escena entre risas y aplausos. Fue lo más entretenido de la noche.

Tras el intermedio asistimos a una floja interpretación de la Primera sinfonía de Gustav Mahler. Claro que, después de oír a la Filarmónica de Berlín, el cambio es tremendo. La BBCSO mostró una alarmante baja forma, con un sonido rudo y fraseo cuadriculado de algunos primeros atriles de viento madera. Canellakis se mostró errática, sin ideas claras, con más gestos para la galería que resultados sonoros. El arranque del primer movimiento careció de misterio, y el tercero fue plano e insustancial. Hubo buenos detalles en el segundo y en el bombástico Finale, Stürmisch bewegt. El efectista acorde conclusivo desató una entusiasta respuesta de una parte del público. La democracia de los PROMS.

Miguel Ángel González Barrio

 

[Fotografías: Chris Christodoulou]