Lo más parecido a la muerte

Lo más parecido a la muerte

La Novena de Mahler finaliza con una exhalación de las cuerdas en pianissimo (con tres y cuatro p). Para Claudio Abbado, sin embargo, la sinfonía no concluía donde dice la partitura. A lo escrito por Mahler el director italiano añadía una coda de silencio. En su registro en vivo con la Filarmónica de Berlín (1999), este silencio dura 40 segundos; en su grabación vídeo con la Orquesta Juvenil Gustav Mahler, en el año 2004, el silencio ronda el minuto y medio; en la versión con la Orquesta del Festival de Lucerna, de 2010, el silencio supera los 2 minutos. La progresión es evidente. Si Abbado dirigiese hoy la Novena de Mahler, añadiría probablemente 5 minutos de silencio. Es como si la sinfonía se hubiese convertido poco a poco en una inmensa preparación para aquel silencio final.

Mahler compuso la Novena sinfonía en 1909, en un estado de extrema postración física y psíquica. El compositor había perdido en 1907 a su hija María y los médicos le habían diagnosticado una grave afección cardíaca. Mahler era consciente de tener los días contados y estaba convencido de que la Novena sería su despedida de la música y del mundo. Nosotros sabemos que vivirá dos años más y que todavía tendrá tiempo para dejar consistentes esbozos de una Décima sinfonía, pero él lo desconoce y escribe bajo la impresión de un desenlace inminente.

Si la Novena de Mahler es un camino hacia la muerte, la decisión por parte de Abbado de añadir un silencio final a la partitura constituye una glosa genial. En vez de dar por finalizada la sinfonía y girarse hacia el público para provocar el aplauso, Abbado se queda inmóvil. Las luces se apagan progresivamente. La audiencia se queda enmudecida, tratando de contener el aliento para no estropear la atmósfera. El tiempo se ralentiza hasta hacerse eterno. Inmovilidad, oscuridad, silencio… lo que hacía Abbado era convertir la sala en un enorme ataúd: sin luz, sin movimiento, sin sonido. Lo más parecido a la muerte.

En el año 2000, a Abbado se le diagnosticó un cáncer de estómago. Fue operado de urgencia, la situación pareció por un momento irremediable. Al igual que Mahler, Abbado se encontró cara a cara con la muerte, la miró a los ojos, y sin embargo también en su caso el abrazo final se procrastinó un tiempo: volvió a dirigir y falleció en el año 2014. Es posible que a raíz de esta experiencia sintiera una afinidad aún más estrecha con Mahler y con su Novena sinfonía. A lo mejor fue a partir de este momento cuando empezó a prolongar cada vez más los silencios. Los finales de la Novena en vídeo con la Gustav Mahler y con Lucerna son estremecedores. Pocas veces se verá algo parecido en un concierto. Hay que fijarse en el director. Abbado cierra los ojos y lentamente junta los brazos al cuerpo para luego quedarse inmóvil. Si no fuera porque está de pie, se diría la postura de un cadáver.

Creo que de esta manera Abbado ensayaba sobre el podio su propia muerte, intimaba con ella: esa muerte que había esquivado de milagro y que, más pronto que tarde, volvería a visitarle. Al final de la Novena, Abbado reproducía la muerte tal como la veía con sus ojos de laico: un espacio de oscuridad, reposo y silencio absoluto. El aplauso que estallaba a continuación representaba una especie de resurrección: la vida regresaba a su cauce, todo recuperaba su fisonomía habitual. Pero los silencios, cada vez, se volvían más largos.