Leopold Mozart, más que un padre (300 años del nacimiento del padre de Wolfgang Amadeus)

Leopold Mozart, más que un padre (300 años del nacimiento del padre de Wolfgang Amadeus)

Un 14 de noviembre de 1719, nacía en Augsburgo Leopold Mozart [en la foto]. Hoy en día, Leopold es, para todos, el padre de Wolfgang Amadeus Mozart, pero su figura y su legado musical merecen un breve recuerdo. Tras frecuentar el colegio de los Jesuitas de su ciudad natal y recibir su primera formación musical, Leopold cogió las riendas de su vida después de la muerte del padre en 1737 y se trasladó a Salzburgo para estudiar teología en la universidad local. Pronto se dio cuenta de que la música era su auténtica vocación. En 1740, ingresó como músico de cámara al servicio del conde Johann Baptist von Thurn und Taxis, canónigo de Salzburgo y de ahí dio el salto en 1743 a la orquesta de corte del Arzobispo de la ciudad, Sigismund von Schrattenbach. Allí, sus responsabilidades fueron creciendo, y de simple violinista pasó a desempeñar tareas de compositor y vice-maestro de capilla. Su actividad de compositor es funcional a la actividad de la corte: fue autor de sinfonías, conciertos, serenatas, marchas y demás músicas de circunstancia. Despuntan en su catálogo algunas sinfonías (Sinfonía burlesca, Sinfonía pastoral) y piezas programáticas (La boda campesina, El paseo en trineo) en las que a veces asoma una ironía del todo ausente en sus cartas al hijo. No parece ser suya en cambio la célebre Sinfonía de los juguetes, antaño atribuida también a Haydn, y cuya paternidad los musicólogos adjudican ahora al monje Edmud Angerer (1740-1794). También se prodigó en el apartado sacro, con misas, oratorios y cantatas.

Mucho más sustancial resulta la aportación de Leopold en el ámbito pedagógico. Suyo es el Versuch einer gründlichen Violinschule, un método para tocar el violín publicado en 1756 y que constituye una de los más importantes documentos para reconstruir el estilo interpretativo de la época. En estas páginas, Leopold se revela –por razones históricas y geográficas- como un mediador entre la escuela violinística alemana y la italiana.

En 1747, Leopold se casó con Anna Maria Pertl y del matrimonio nacieron siete hijos, aunque sólo dos sobrevivieron: Maria Anna (Nannerl) y Wolfgang Amadeus. Cuando se dio cuenta del talento musical de ambos para la música, volcó todas sus energías en seguir, cuidar y mimar su educación. Durante los veinte primeros años, recopiló con diligencia todas las composiciones del hijo. No cabe duda de que la obra maestra de Leopold fue Wolfgang Amadeus. Y sin embargo, desde la perspectiva paterna, aquella relación fue la crónica de un fracaso. Leopold hubiera deseado hacer de Wolfgang un virtuoso y no pudo ser. Su máxima aspiración era que el hijo tuviese un empleo estable como maestro de capilla en alguna corte musical importante, pero todos sus planes se fueron al traste cuando Wolfgang abandonó la corte de Colloredo en Salzburgo para ser libre compositor en Viena.

Más que un contraste generacional, la difícil relación entre Leopold y el hijo pone de manifiesto un cambio de época. Leopold es todavía un hombre del antiguo régimen, con un fuerte sentido de la jerarquía social. Para él, el músico no deja de ser un simple empleado al servicio de un señor, y su cometido consiste básicamente en entretener y deleitar a la audiencia sin excesivas complicaciones. De ahí también viene esa pedagogía moralista tan recurrente en muchas de las cartas al hijo, que enarbola como virtudes primarias la sensatez, la moderación, la responsabilidad, el deber y el respeto de las convenciones.

Si bien es cierto que Leopold intuyó y alentó con todas sus fuerzas el talento del hijo, por otro lado se le escapó siempre la comprensión exacta del genio de Wolfgang, el verdadero alcance de una música que se asomaba a horizontes nuevos. En el conflicto entre Leopold y Wolfgang chocan dos formas de ver la vida, la sociedad y el arte. Pero la segunda se construyó a partir del choque con la primera. En muchos aspectos, es justo reconocer que, sin Leopold, tampoco tendríamos a Wolfgang.