Scherzo | Larga vida a Charles Lloyd

Larga vida a Charles Lloyd

Larga vida a Charles Lloyd

Con 83 años, este ‘jovencito’ todavía proporciona argumentos con su saxo, que hacen feliz retroceso con la absurda idea de que el jazz está en vías de extinción.

Son muchos los músicos que en la historia del jazz han pagado la intensidad de sus entregas con una muerte prematura. Sin embargo, también abundan algunos intérpretes incombustibles que nunca han abandonado el escenario. Del saxofonista Benny Golson, con 92 años cumplidos y todavía midiéndose en los conciertos, al pianista de bop Barry Harris, con un año menos, son decenas los músicos de jazz que rebasan el estado de madurez, estallando en una nueva capacidad creadora. Septuagenarios, sobre todo, pero también octogenarios y nonagenarios, son muchos los jazzistas que hoy escriben su segundo Fausto, aquella obra cumbre, ya saben, con la que Goethe, a los 81 años, remató su obra.

A la plaza de decano del jazz no le falta solera. A lo largo del siglo XX fue ejercida por el pianista Eubie Blake, quien, al morir en 1983, había cumplido cien años y cinco días. Activo hasta el último momento, Blake solía presentar sus repertorios con la voz de la inmortalidad: “El próximo rag aprendí a tocarlo en 1898”. Y, de la misma manera, Doc Cheatham podría haber hablado en el Blue Note de aquella famosa sesión con la cantante Ma Raney, registrada en disco en 1926. Y, aún, podríamos seguir con todos aquellos músicos que, en la década de los 50, protagonizaron las escuelas Cool y West Coast. De esta corriente, quizás Dave Brubeck haya sido uno de los que se mantuvo más activo hasta los 90. Y también el trompetista Jack Sheldon, y, sobre todo, el altosaxofonista Lee Konitz. Estos músicos se instalaron en la tercera edad con nuevas capacidades y energías y con una tensión expresiva que desbordaba los moldes de la escuela en la que se iniciaron.

Son muchos, tal como decimos, los músicos que han abordado los últimos años de su vida en óptimas condiciones, como instrumentistas y como creadores. Pocos, sin embargo, como Charles Lloyd rompen con aquella norma de envejecimiento establecida por el teórico y músico francés André Hodeir, cuando decía que los músicos de jazz envejecían mal. La situación de Lloyd queda, de hecho, mejor definida por la literatura de Scott Fitzgerald, invirtiendo —con su personaje de Benjamin Button— el orden natural de las cosas. Este saxofonista parece que envejeciera rejuveneciendo.

Campeón del saxo tenor

Es todavía sorprendente, pero Lloyd anda tocando en estos días como nadie se hubiera atrevido a suponer hace 40 años. Como muchos jazzmen que siguen creciendo, conserva, perfeccionadas, las virtudes que le hicieron inmediatamente reconocible en el jazz de los años 60. Delicadeza y sonido, pero también las ideas, la construcción, la entrega. Bebop renovado y la aventura a partir de proyectos como el que le mantuvo hace algunos años junto al pianista Jason Moran, o el que hace lo mismo ahora poniéndole al frente de los Marvels. En cualquiera de los casos, Lloyd entona sus elaboraciones con profundo sentido melódico y solo recurre a la aspereza como recurso coyuntural, cuando necesita enfatizar algún significado o colorear un pasaje especialmente dramático.

Charles Lloyd, de Memphis, 83 años, comenzó su carrera en los circuitos del blues, al lado de Bobby Blue Bland y B.B. King, para luego emprender un itinerario que le llevó desde el hardbop hasta el vanguardismo de las postrimerías de los años 60 del siglo pasado.

1966 fue el año que saludó la creación de un cuarteto en el que, con él al frente, militaban también el pianista Keith Jarrett y el turbobaterista Jack DeJohnette. El grupo viajó por todo el mundo, afianzando la condición de Lloyd como campeón del saxo tenor, hasta que, apesadumbrado por el fallecimiento de su madre, abandonó la escena, encontrando apoyo en el retiro espiritual que le brindó el Maharisishi Mahesh Yogi.

Más de una década transcurrió hasta que el piano de Michel Petrucciani le salvó, recién comenzados los años 80, de los descalabros religiosos vividos junto a Mike Love, un ex Beach Boy adepto —como él— a la meditación trascendental.

Una carrera irreprochable

De entonces acá, la carrera de este filósofo del jazz es impecable. Es, sobre todo, un reconocido especialista en dejar en segundo plano la perfección técnica de las evidencias, para poner de relieve el sutil mundo de emociones que respiran los arreglos y las composiciones de sus últimos álbumes —el más reciente, Tone poems, grabado junto a The Marvels—, todos, inequívocamente, espléndidos y marcados, en su mayor parte, por una suerte de espiritualidad melódica. Y en sus grupos, sean quienes sean los músicos que los integren, el nivel de virtuosismo instrumental no desciende jamás. Ahora, en los Marvels, respaldan las maquinaciones de Lloyd los guitarristas Bill Frisell y Greg Leisz, Reuben Rogers es el contrabajista y Eric Harland se sienta ante la batería.

Con todos ellos prosigue, imparable, el trabajo del maestro Lloyd. Un campeón, tal como decíamos, del tenor y la flauta, y con un nivel de virtuosismo instrumental que no desciende nunca. A cada encuentro, de hecho, se multiplica la admiración que siente una buena parte de la afición por este saxofonista.

Luis Martín

 

(Artículo publicado en el nº 374 de Scherzo, de junio de 2021)