Scherzo | CRÍTICAS / LA ROQUE D’ANTHÉRON / La impronta de los pianistas rusos, por Bruno Serrou

LA ROQUE D’ANTHÉRON / La impronta de los pianistas rusos

LA ROQUE D’ANTHÉRON / La impronta de los pianistas rusos

La Roque d’Anthéron. 27/29-VIII-2022. 42º Festival Internacional de piano de La Roque d’Anthéron. Nikolay Lugansky, Mikhail Pletnev, Anna Geniushene, Célimène Daudet (piano). Salomé Gasselin, Margaux Blanchard (viola da gamba). Violaine Cochard, Diego Ares (clave).

Para la edición 42º del Festival internacional de piano de La Roque d’Anthéron, la primera en la post-Covid, el público ha vuelto en gran número, confiado y feliz de volverse a encontrar con el piano en todas sus manifestaciones bajo el ardiente sol de la Provenza. A pesar del conflicto ruso-ucraniano, cuyas amenazas y consecuencias ensombrecen las almas y que afecta a Rusia, la nación de Sviatoslav Richter, al que tanto debe el animador del festival, René Martin; esa Rusia de la que provienen tantos pianistas de genio; a pesar de ello, el público se mostró entusiasta ante las prestaciones de los que acoge este año La Roque d’Anthéron.

“La escuela rusa de piano es una de las más importantes del mundo —hacía notar René Martín, director y fundador del Festival—. Es imposible prescindir de la misma y privarle al público de ella. Tan solo los que se ha pronunciado a favor de los que hacen la guerra merecen condena. ¡Pensemos en especial en los jóvenes!”. Así, el festival contempló el florilegio de pianistas rusas, estrellas y jóvenes promesas, presentarse bajo el cielo de Provenza…

Recital de una poesía y una belleza sobrenaturales, el de Nikolai Lugansky en el parque del Château de Florans. Dos partes separadas por una breve pausa, ya que de momento no se pueden plantear entreactos: Beethoven, con una impresionante Tempestad salpicada de silencios desgarradores, una Appassionata de una densidad pasmosa; después, dos rusos, con tres de las Mélodies oubliées de Medtner y cinco de los Études de Rachmáninov, de una singular riqueza sonora. Todo él elegancia, Lugansky toca un piano de gran nobleza al servicio de un canto absoluto.

En la Salle Pagnol, la excepción de la semana, la pianista franco-hatiana Célimène Daudet en un suntuoso Libro II de los Préludes de Debussy, todo matices, onirismo auténtico libro de imágenes y atmósferas; más una Tercera Sonata de Chopin, menos convincente con tempos algo apretados y precipitados en e movimiento inicial, lo que sofoca las resonancias.

Entonces llegó el milagro Mikhail Pletnev, con los Préludes de Scriabin y de Chopin. Una interpretación de rara profundidad, plena de intensidad y delicadeza, magnificada por rubatos vertiginosos, temerarios, un legato fuera de serie, una retención, una llama interna inauditas. Como si estuviera solo en el mundo, a pesar de la sala abarrotada que retenía el aliento, el músico ruso que vive en Ginebra tocaba en su piano prototipo japonés Shigeru-Kwai, que lleva por todas partes. Un momento prodigioso de gracias, que hay que destacar como día histórico.

La pianista rusa Anna Geniushene, que vive en Lituania, ha sido medalla de oro en el concurso Van Cliburn de 2022, y confirmó lo que el jurado americano percibió en ella en cuanto a talento con un programa de apariencia ecléctica, pero que ella supo convertir en homogéneo, con unas poéticas Ballades op. 10 de Brahms, una transcripción de Liszt de la Aida de Verdi, de ardiente lirismo, y una sobrecogedora Sonata nº 8 de Prokofiev, de gran energía vital.

En paralelo al piano, se pudieron ver unos conciertos de música antigua a primera hora de la tarde en el claustro de la Abadía de Silvacane. Salomé Gasselin (viola da gamba) y Violaine Cochard (clave) tocaron dúos de gran variedad con aliento y onirismo, un florilegio de páginas de Marin Marais, Sainte Colombe (emotiva Chaconne para violín solo), Duphly (brillante Médée para clave solo), Forqueray, Dandrieu y Caix d’Hervelois. Dedicado totalmente a Johann Sebastian Bach, el programa del segundo dúo, con Margaux Blanchard (viola da gamba) y Diego Ares (clave), parecía más austero, al menos sobre el papel. Interpretado con brillantez, el resultado fue bastante ‘folclórico’, entre el programa impreso y el programa que se tocó, todo ello asumido con sonrisa.

Bruno Serrou