La realidad y el deseo

La realidad y el deseo

En estos días se trata de dilucidar si se hace bien en volver a la música en vivo o si es mejor seguir esperando hasta tener más seguridad en que el virus está empezando a ser verdaderamente controlado. A cada impulso optimista le sigue de inmediato una decepción en el camino hacia la vacuna o la noticia de que aparecen nuevos contagios importados o no. En Scherzo, al contrario que en tantos foros y tertulias, no nos sentimos poseedores de la verdad ni capacitados para decir lo que hay que hacer. Es mejor reflexionar un poco que lanzarse a una aventura de la que solo sabremos el resultado cuando acabe. Teatros y festivales que han decidido continuar su actividad, aunque sea en condiciones muy diferentes de las habituales, saben que corren un riesgo y probablemente son también conscientes de que solo cuando lleguen al final sabrán los resultados de la apuesta. Una apuesta, todo hay que decirlo, que no deja de resultar animosa para público y artistas, pues, como decía Verdi, los teatros se construyen para llenarse y nada hay más deprimente que un teatro vacío. También habría que recordar la responsabilidad compartida por el público que va a acudir a esas citas y de cuya actitud respecto a las necesarias medidas de seguridad dependerá mucho su resultado, es decir, las posibilidades reales y cada vez más necesarias de una vuelta a la normalidad. Es mucho lo que se pierde con la inactividad, en ánimo y en dinero.

Ánimo gratuito han dado en estos días de confinamiento muchos artistas y muchas instituciones. Ánimo gratuito es el que se ha respirado en los museos abiertos que han ofrecido la posibilidad de recorrer lo mejor de sus colecciones a cambio de nada salvo de la promesa —ojalá cumplida— de volver. Pero todos debiéramos saber sin duda alguna que habrá que volver pagando, igual que a la música en vivo. A una música que, en muchos casos, se las verá y se las deseará para recuperar el terreno perdido en forma de esas aportaciones de las administraciones públicas que le son absolutamente necesarias para su continuidad. Una música que ha servido, mal que le pese a algún mezquino de ocasión, para dar ánimos mientras no dejaba de trabajar, de ensayar, de esperar a pesar de todo que la vuelta no le pillara desentrenada. Ha sido ejemplar la actitud de esos músicos, desde Daniel Barenboim al último de los profesores de una banda de música del Levante español decididos a compartir lo mejor de su trabajo, es decir, la posibilidad de hacer felices a sus conciudadanos, eso en lo que la política fracasa con contumacia.

Ahora es el turno del público. Y en buena medida del público todavía atemorizado, de aquel de cierta edad, por decirlo suavemente, que iba a los conciertos y mantenía el fuego sagrado. El mismo tantas veces criticado por tener gustos demasiado conservadores, pero que llenaba los auditorios. No va a ser fácil convencerle de que, manteniendo las normas, volver a la música puede ser también volver a la vida. Como habrá que convencer a los que han visto las delicias de la música gratis que el streaming o las plataformas —maravillosos inventos que están para quedarse— no sustituyen a un concierto en vivo o a una representación de ópera o zarzuela. Y como habrá que convencer igualmente a los posibles mecenas de que la música vale la pena y de que las orquestas se lo merecen tanto como cualquier otra manifestación musical de más aparente glamur. Veremos lo que le toca al fin a la música, que no tiene una Carmen Cervera con un Mata Mua para presionar —qué espectáculo— y que ha sufrido, en el peor momento, el cambio de un ministro competente por otro entre perplejo y bienintencionado. Y en lo que respecta a sus competencias, confiemos en el habitual buen hacer del equipo del INAEM.

Y terminemos con la buena noticia de ese plan específico para la cultura, centrado fundamentalmente en el apoyo a la creación de empresas culturales, que están empezando a poner en marcha, dentro de los organismos correspondientes de la Comisión Europea y a raíz de la crisis causada por el coronavirus, España —cuya competencia en algunas iniciativas sectoriales ha quedado demostrada—, Francia e Italia, más allá de lo previsto en la Estrategia Europa 2020. Esperemos que aquí la política de Estado no brille por su ausencia, se imponga la lealtad institucional, como sucedió con la reforma del derecho de autor, y que todos los grupos comprendan que difícilmente las soluciones afloran de la confrontación. ¶