La primera tragedia de Donizetti

La primera tragedia de Donizetti

A la memoria de Santiago Salaverri, que me contagió su pasión por este compositor.

“Entre nosotros, no daría una sola pieza de Il paria por todo Il castello di Kenilworth”. El 24 de julio de 1829, Gaetano Donizetti confesó por carta a su maestro Simone Mayr una paradoja y una frustración: el sorprendente éxito de Il castello di Kenilworth en el mismo contexto cortesano del Teatro di San Carlo de Nápoles donde Il paria había pasado desapercibido seis meses atrás. Era su primera ópera con final trágico y también su partitura más exquisita. Y contó, además, con un impresionante trío protagonista: Adelaide Tosi, Giovanni Battista Rubini y Luigi Lablache.

Ninguna de esas dos óperas cuajó en el repertorio. La primera se mantuvo, no obstante, hasta 1835 en que llegó a representarse en Madrid. Pero la segunda se limitó a las cinco funciones que siguieron al estreno, el 12 de enero de 1829. Fiel a su implicación en el renaissance donizettiano, el sello londinense Opera Rara fue el encargado de recuperar Il castello di Kenilworth, en 1977, al inicio de su medio siglo de vida. Ahora acaba de rescatar del olvido Il paria para que podamos comprender esa confesión de Donizetti.

De Il paria había una primera grabación, de 2001, en el sello Bongiovanni. Una mediocre versión en vivo que pasó sin pena ni gloria. Esta vez todo es diferente gracias a la excelente labor de Mark Elder al frente de Britten Sinfonia y el coro del sello inglés. Un magnífico reparto vocal y la solvencia musicológica de Roger Parker.

Il paria es la mejor ópera de Donizetti anterior a Anna Bolena. Pueden comprobarlo pinchando en los enlaces en azul que conectan con varios fragmentos de esta grabación disponibles en YouTube. Para empezar, se trata de un título lleno de exquisitas introducciones orquestales, como el religioso contrapunto del comienzo, que representa el amanecer. Una ópera llena de sofisticados acompañamientos, caso del efecto sul ponticello que evoca la zanfoña del indigente protagonista, en su primera aparición cantando “Tergi, o Dio”. Y donde escuchamos cómo la cuerda se entreteje admirablemente con el viento y se dispone el coro de forma efectiva. Esto último, lo podemos comprobar, por ejemplo, en la cabaletta de Neala, “Ah, che un raggio”, donde el brillo de la soprano Albina Shagimuratova refulge en cada frase y vocalización. El barítono Misha Kiria es un refinado Zarete, con ese maravilloso encaje declamatorio belcantista en su aria del segundo acto. Y el tenor René Barbera da vida a las proezas vocales de Idamore, en la cabaletta “Fin dove sorgono”, con una impresionante exhibición en el registro de cabeza.

Tampoco faltan imponentes números corales, como el himno al dios Brahma del segundo acto. Y se dispone, además, de un final trágico que subraya la suma de individualidades frente la típica conclusión climática con coro.

Pero el destino de Il paria fue extraño. Donizetti desguazó sus números musicales en otras óperas posteriores. Se lo confesó, años después, a su cuñado Toto: “La mitad de esta partitura está en Anna Bolena y la otra mitad está en Torquato Tasso”. Otros fragmentos de Il paria también se escuchan en La romanziera e l’uomo nero y en Le duc d’Albe. Podemos ejemplificar esta práctica en la entrada de Neala, del primer acto de Il paria, que es la primera versión de la famosa introducción orquestal de la escena y dueto de Anna y Percy, de Anna Bolena.

El año de Il paria fue trágico para Donizetti. Cinco días después de su confesión a Mayr nació su primer hijo, Filippo Francesco Achille Cristino. Tan sólo vivió once días. Según sostiene William Ashbrook, en su clásica biografía, de 1982, fue la primera consecuencia de la sífilis que el compositor contagió a su esposa Virginia Vasselli.