La paranoia de “Infinity Pool” por Tim Hecker

TIM HECKER:
Infinity Pool. Tim Hecker, electrónica. Pietro Amato, trompa. Hannes Plattmeier, producción. MILAN RECORDS (ed. digital)
Después de su exigente Possessor, certificado de descendencia y honra del apellido, el canadiense Brandon Cronenberg ha querido jugar al subgénero del terror turismofóbico —actualizado para la generación millenial por la saga Hostel y etnoslashers como Infierno verde y Midsommar—, donde el choque cultural se resuelve sangrientamente a favor de los vengativos locales, personificación de la ley natural revuelta contra la globalización y el neoimperialismo trotamundista.
Partiendo de una premisa interesante que aguanta lo justo para dar paso a su festival de truculencia psicoanalítica, Infinity Pool solo le pide a su compositor —Cronenberg sustituye aquí al británico Jim Williams por su compatriota Tim Hecker— que ambiente la paranoia con sus aparatos electrónicos y asfixie cuando toque, que es prácticamente todo el rato. Para ello, Hecker construye una suerte de banjo digital que colorea la cultura li tolqa en lo que se antoja un interesante desplazamiento tímbrico del gusli serbocroata —Joy Ride; An Accident— y adensa sus texturas pulsátiles con una trompa y capas de cigarras procesadas —Hit and Run—, pero la propuesta carece de intencionalidad estética más allá de satisfacer el buscado clima de enajenación y alucine.
El de Vancouver hace honor a la etimología de la composición: junta un pad con otro para obtener, por sobrecapado, una textura plástica que estira con distorts, cuartea con descargas y loops percutidos —Home Invasion— o enrarece con rudimentarias modulaciones de onda —Doubling Part 1— y cacofonías elementales —The Execution—. Hay también una discreta labor de sampleado vocal y espacialización —Ekki Gate— y algún que otro chill mood —Orgy— que confieren su punto de variedad al conjunto, pero en general se trata de una obra hueca en la que cabría cualquier pesadilla cinematográfica.
David Rodríguez Cerdán


