La ópera toma el Palacio Ducal de Medinaceli

La ópera toma el Palacio Ducal de Medinaceli

Continuamos dando noticia de loables y esforzadas iniciativas musicales nacidas al calor de la afición y el empeño de bien intencionadas gentes de la cultura. Propuestas que ayudan, sin duda, a abrir nuevas vías de información y formación y a situar la música, en este caso la de la ópera, en lugares inesperados. Nos referimos hoy al llamado Festival Lírico de Medinaceli, creado por la Fundación DEARTE y apoyado por el Ayuntamiento de la vieja e histórica villa castellano-leonesa, que dirige en lo artístico Francisco Mejorada. Corre casi en paralelo con otro certamen lírico, el llamado LittleOpera de Zamora, del que hablábamos en estas páginas hace unos días, de estructura muy diferente y de fines bien distintos.

La ópera más acrisolada, la de más rancio abolengo, la que constituye la base del repertorio tradicional y la que más reclama el aficionado, es la que se enseñorea, desde hace ya seis años, del muy bello Palacio Ducal de la localidad Soriana. El sábado 10 de agosto subirá al aireado escenario nada menos que Aida, uno de los títulos emblemáticos de Verdi, en una puesta en escena, vista ya hace una semanas en Albacete, de Producciones Telón, habitual colaboradora del Festival. Viene firmada por el imaginativo y fantasioso Ignacio García, que, afortunadamente, encuentra siempre un hueco entre sus otras también importantes ocupaciones –entre ellas la esencial de estar al frente del Festival de Teatro Clásico de Almagro- para ofrecer su ingenio en alguna que otra estimulante aventura lírica.

Sabemos que Aida es una ópera espectacular, de ambiciosos planteamientos, con escenas que se presumen de masas, con marchas y desfiles triunfales, con ballet incorporado. Frecuentemente los árboles –los números multitudinaios, el cinemascope, aparentemente obligados- no dejan ver el bosque de los conflictos humanos que viven los personajes, sometidos a corrientes pasionales, a expansiones líricas de alto voltaje, a culpas y remordimientos, inmersos como están en una historia en la que las psicologías han de acceder a primer plano y que se desarrolla con frecuenta en la intimidad. Basta recordar que el final de la obra es lo más alejado de lo bombástico que uno se pueda imaginar, con la sigilosa plegaria de Amneris pidiendo paz sobre la cueva en donde van a perecer Aida y Radamés.

Parece que el director de escena trata en esta producción –de necesaria modestia escénica- de poner de relieve esas vivencias y de quitar oropel, lo que implica plantear desde otro punto de vista la famosa escena de la Marcha triunfal: en ella, ante el alborozado senado que recibe a los vencedores, estos muestran los estragos de la guerra, reconocibles asimismo, como es lógico, en las huestes vencidas y polvorientas, con Amonasro, el caudillo etíope, padre de Aida, al frente. Puede brindar, pues, esta óptica más intimista y psicológica, alguna curiosa sorpresa, reveladora en cualquier caso de la sapiencia musical y de la calidad humana del gran Verdi.

La representación cuenta con mimbres muy dignos, que esperamos den el juego deseado. Naturalmente, y en esto se da ejemplo, el reparto es netamente español, con nombres sin duda ya prestigiosos, como el del barítono de carácter Luis Cansino, un gallego de voz bien trabajada, emisión a la máscara con pasajeras sonoridades nasales, buen caudal y excelente dicción, que sabe otorgar a sus personajes un adecuado humanismo. El tenor es Alejandro Roy, gijonés, un caso notable de aplicación y estudio –de la mano en su día de la gran Fedora Barbieri-, un ejemplo de inteligente evolución, favorecida por la técnica y la propia naturaleza, de una voz de lírico-ligero, ya sorprendentemente sombreada, a una de lírico-spinto, o spinto a secas. Canta con aplomo y buena proyección, con un timbre que en la actualidad nos recuerda un poco, salvando distancias, al de Franco Corelli. Debutó el papel hace pocos meses en Málaga.

Aida será la cordobesa Lucia Tavira, soprano de amplia anchura lírica, de timbre esmaltado, levemente velado, y emisión bien torneada, dotada de un atractivo vibrato y de un agudo fácil y sonoro. Será una buena prueba para ella desembarcar en esta difícil y demoledora parte. Ha recibido varios premios esta temporada, entre ellos el de propio Concurso de Medinaceli. Amneris, la ambiciosa y dominante hija del faraón, estará en la voz potente y oscura, de resonancias un tanto nasales, de la mallorquina Mali Corbacho. Dos voces graves y jóvenes, Antonio Alonso y Cristian Díaz, encarnan al sacerdote Ramfis  y al Faraón. En el foso se situará la no muy crecida Orquesta Filarmónica de la Mancha a las órdenes del avezado y trabajador músico manchego Francisco Antonio Moya, de oficio probado y conocimiento siempre muy interesante de las voces, a las que sabe acompañar con naturalidad y pertinencia. Asistentes a la función de Albacete nos hablan bien de su labor y del resultado global de la representación. Veremos.

El Festival se completa con dos acontecimientos. El primero es la gala de entrega de premios del ya tradicional Concurso de canto, en el que han sido galardonados el barítono puertorriqueño César Méndez Silvagnoli, el contratenor gallego Christian Gil-Borrelli, la soprano pamplonesa Sofía Esparza y las también sopranos Elena Tembrado, madrileña, y Cecilia Rodríguez, tinerfeña. Los acompañará al piano el cubano Alberto Joya. El segundo evento se integra en un espectáculo para niños y viene constituido por la representación del intermezzo de Pergolesi La serva padrona, ofrecido por Diverlírica, dirigido por Ángel Walter (que hará el Vespone) y cantado por la soprano Cristina García Corrales (Serpina) y el barítono Darío Gallego (Uberto). Celia Laguna se sentará al piano.