La ópera, de la excelencia a la necesidad

La ópera, de la excelencia a la necesidad

Si la pandemia ha complicado la vida de las orquestas sinfónicas —de ello hemos informado cumplidamente y de ello hemos hablado también en nuestro anterior editorial— cuánto más lo ha hecho con la de los teatros de ópera, que se han visto obligados, por mor de la gravedad de las circunstancias, a reorganizar sus temporadas, con lo que ello conlleva, cuando no a suprimirlas. Orquestas, coros, personal estable o no —todavía estamos pendientes en cómo se resolverá la oferta de empleo público en el sector, que ha suscitado la oposición de muchos profesionales que han vivido del encadenamiento de contratos temporales— han sufrido las consecuencias de un tiempo en el que era muy importante seguir estando presente, recordando con hechos que la cultura podía sobrevivir como imagen de la propia sociedad.

A lo largo de este tiempo tan duro el Teatro Real ha sido un ejemplo de resistencia activa para el mundo de la cultura en general y de la lírica en particular. En su reconocimiento por los International Opera Awards como la mejor compañía del mundo ha pesado sin duda, junto a la calidad intrínseca de su programación y ese comentario general entre los cantantes y los directores de foso y escena de encontrarse allí como en su casa, el esfuerzo por mantener su oferta en la medida de lo posible sin bajar ese baremo cualitativo que le caracteriza desde hace ya muchos años. Con ese plus de confianza ha abierto su temporada el coliseo de la Plaza de Oriente madrileña —como lo ha hecho también el igualmente modélico Teatro de la Zarzuela, otro ejemplo de fidelidad a su público, tan vario— y con esperanzas ciertas lo seguirán haciendo otros teatros de ópera españoles que deberán entrar en una normalidad lo más parecida a la perdida con la pandemia pero, también, desde la idea de que nada puede ser igual y de que la ocasión de mejora que permite toda crisis está ahí, al alcance de la mano.

El más madrugador, sin embargo, ha sido el teatro Campoamor de Oviedo, con un Nabucco que abría una temporada en la que sus responsables parecen haber jugado bien la carta de las coproducciones. El Gran Teatre del Liceu ha abierto sus puertas en estos mismos días con la buena noticia de la continuidad en su dirección musical de un Josep Pons que ha sabido cumplir con su intención, manifestada desde el principio, de hacer de su orquesta una formación digna del espacio que ocupa. El Palau de les Arts, por su parte, ha entrado con Jesús Iglesias en su dirección artística en ese periodo necesario que consiste en avanzar sin lastres y sin fantasmas, de alejar de sí tan dudosos defensores del pasado como entusiastas acríticos del porvenir, con una programación sensata y la ilusión de un nuevo director musical para una orquesta de enormes posibilidades. ABAO dará culminación a su Tutto Verdi iniciado hace quince años y que le ha servido para certificar que no hay en España, ni casi en el mundo—la Ópera de Sarasota le precedió en el logro pero tardando veintiocho años—, institución más programadora del maestro italiano. El Teatro de la Maestranza, perdida aquella personalidad que tuvo en sus propuestas, reunirá esta temporada nombres como los de Michel Plasson, Robert Carsen o David McVicar en producciones conocidas y valoradas. El jerezano Teatro Villamarta, recién celebrado su cuarto de siglo, reduce su programación a tres títulos operísticos, lo que da que pensar acerca de si es posible mantener un teatro a menos de cien quilómetros de distancia de otro mayor sin que el más pequeño ofrezca una especialización suficientemente diferenciadora. Dejémoslo para alumnos de primero de gestión cultural.

Y no debemos olvidar, naturalmente, a esas asociaciones de amigos de la ópera de toda España que luchan por sobrevivir en un contexto desfavorable, apoyadas siempre por sus socios y no siempre en la medida de lo deseable por las administraciones públicas o los posibles patrocinadores privados, que no se atreven a dar ese paso al que seguramente los animaría una Ley de Mecenazgo como es debido. Lo hemos dicho muchas veces en nuestros editoriales y nos tememos que habremos de seguir repitiéndolo unas cuantas más.

[Foto: Javier del Real / Teatro Real de Madrid]

 

(Editorial publicada en el nº 377 de la Revista SCHERZO, de octubre de 2021)