La naturaleza según Renée Fleming

La naturaleza según Renée Fleming

RENÉE FLEMING: Voice of Nature. Canciones de Puts, Muhly, Shaw, Fauré, Hahn, Liszt y Grieg. Renée Fleming, soprano. Yannick Nézet-Séguin, piano / Decca

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Es bueno saber que la principal diva de Estados Unidos no se despide todavía de nosotros. Con más de 60 años y tras haber renunciado definitivamente a sus papeles operísticos, Fleming se exhibe con plenitud y vistosidad en este conjunto de canciones sobre el tema de la naturaleza, un programa que fue incorporando durante sus paseos diarios en la época del confinamiento por la Covid. Todo lo que uno puede esperar de un recital de Fleming está aquí: los agudos emitidos sin el mínimo esfuerzo, los graves aterciopelados, la entonación impecable, la cuidada dicción en varias lenguas.

La elección de las canciones es, como mínimo, ecléctica. Un tema de apertura muy acaramelado, titulado  Evening y firmado por Kevin Puts, podría confundirse con alguna canción o melodía de los años treinta del pasado siglo surgida de la pluma de Samuel Barber o Aaron Copland. Endless Space, de Nico Muhly, se antoja una ramificación del viejo Britten. La más convincente entre las canciones firmadas por autores vivos es la pieza de Caroline Shaw, Aurora Borealis, que evoca exactamente lo que se espera del título: destellos y chispas en el cielo del norte, demasiado altos y sobrenaturales para que otras voces puedan alcanzarlos. Una delicia destinada a convertirse en un pequeño clásico.

El resto del recital se compone de canciones francesas de Fauré, Hahn y Liszt, y alemanas firmadas por el noruego Edvard Grieg, fiel siempre a su estilo tan bello como discreto. El pianista que acompaña a la cantante en las dieciséis canciones es Yannick Nézet-Séguin, director musical del Met neoyorkino, de la Orquesta de Filadelfia y de otra en Montreal; es decir, un hombre demasiado ocupado como para poder dedicar mucho tiempo a la práctica del piano.

Yannick, a quien Renée agradece ‘sus dotes como artista, colega y amigo’, es un pianista sin ningún mérito discernible, salvo el mantenimiento de un tempo constante. Su interpretación carece de cualquier sutileza o sorpresa. Peor aún, carece de color hasta el punto de exhibir una palidez mortal. Cada matiz de belleza que desprende la laringe de la cantante es respondido por unos dedos torpes en un teclado monocromático. Algunos directores -Barenboim, Pappano, Levine, Previn- son cómplices naturales en un recital de canciones, una habilidad adquirida gracias al contacto regular desde su adolescencia con los cantantes. Yannick, sin duda un muy buen director de orquesta, no pasa la prueba, al menos en esta ocasión, como pianista acompañante. Es uno de los muchos trabajos a los que podría permitirse renunciar sin ningún reparo.