La música sinfónica de Hugo Alfven: el color de la expresión

ALFVÉN:
Sinfonías, suites y rapsodias completas. Orquestas sinfónicas de Escocia, Irlanda, Islandia, Knörrkoping y Helsingbord. Directores: Nikka Willén y Okko Kamu. NAXOS (7 CD)
Un exhaustivo panorama de la tarea sinfónica del sueco Hugo Alfvén (1872-1960) se explaya en esta cajuela, donde se halla también un añadido de piezas breves del propio Alfvén junto a sus compatriotas, el señero Stenhammar, más Söderman, Larsson, Peterson-Berger y Dag Wirén. Este anexo permite, en rápido escrutinio, advertir que, si no una escuela, al menos hay un colegio musical sueco que atraviesa dos siglos, una escisión escandinava, una invasión rusa y dos guerras mundiales. Cabe, sí, hablar de Escandinavia porque la obvia referencia magistral y líder es la del finlandés Jan Sibelius.
El numeroso catálogo alfveniano admite ser clasificado como sigue: cinco Sinfonías, producidas entre 1897, año del cual datan las dos primeras, y la década 1942/1952, que fecha la quinta. En cuanto a las Suites, se trata de músicas de escena, sea hablada o bailada, con abundancia de danzas y visibles referencias a modismos populares, en la línea también señera del noruego Grieg, aunque con un uso del color más reticente. Son: El rey de la montaña, El hijo pródigo, Synnöve Solbalken y Un cuento campesino. Hay también Rapsodias: una está destinada a la ciudad de Upsala —dicho sea de paso, donde se conserva un cancionero medieval español que lleva su nombre, debido al musicólogo Mitjana— y la otra está simplemente adjetivada de Sueca. Algunas piezas sueltas denuncian su carácter ocasional: dos Oberturas festivas, Elegía, Andante elegíaco y Noche de verano.
Un primer asunto que plantea la obra del presente compositor como asimismo la de sus colegas, es su situación estética. Estos músicos pertenecen a los artistas activos en el siglo XX, pero cuyo dispositivo se puede datar en el XIX. Digamos: Pfitzner, Elgar, Sibelius, Richard Strauss y Martucci, por no abundar en casos. El fenómeno admite un par de lecturas. Para un progresista, esta pléyade resulta inmovilista, académica, rutinaria y hasta reaccionaria. Estos músicos componen unas músicas ya compuestas.
Lo propio del arte es acompañar a la historia, progresar y dejar atrás para siempre lo conocido. Según un no progresista, en cambio, cualquier lenguaje es válido si lo valida una obra cumplida donde se registre una huella personal. El arte no pasa y, estrictamente, carece de fechas. Bach no es archivado por Mozart y etcétera. Finalmente, las vanguardias acaban siendo fechadas y hoy el concretismo y los osciladores nos vienen del pasado.
Alfvén maneja, si no con audacia ni excesiva inventiva melódica, sí con extrema habilidad orquestal y fino dominio de las formas, cuanto de filtro sibeliusiano contiene el sinfonismo germánico fin de siglo, con un cierto agregado folclorizante, digamos Dvorak. Las sinfonías, partituras de mayor compromiso relativo, repiten el esquema clásico cuatripartito, pero Alfvén, con sus yuxtaposiciones de tutti voluminosos y susurros en pianissimo, agrieta la unidad de los movimientos y da al conjunto una cierta flexibilidad de rapsodia. Quizá sea rapsódica, en efecto, la esencia de su obra.
Las versiones son llanamente ejemplares. Tanto Nikka Willén como Okko Kamu conocen el repertorio al detalle, dominan el estilo y, lo que es más importante, leen con claridad y matices de color, de modo que resulte el colorido de lo expresivo y narrativo de la tarea alfveniana.
Blas Matamoro


