La música como la vida

Anda el mundo de la música clásica revuelto con cuestiones que en ocasiones requieren que todos nos las tomemos en serio y en otras no parecen responder sino a un instinto de defensa que a más de uno se le puede antojar contraproducente. No faltan tampoco las que a cualquier observador desde la vida real se le harán probablemente más una cuestión gremial como las que sufre cualquier ciudadano, pero menos privilegiado, que un asunto que llevara implícita una pena de lesa cultura.
Por empezar por lo más serio, ahí está el regreso de la Federación Rusa a la Biennale de Venecia, decisión de su actual presidente, Pietrangelo Buttafuoco, que ha sido contestada de inmediato por los ministros de Cultura de la Unión Europea amenazando a la veterana institución con la retirada de fondos comunitarios. Como Buttafuoco es hombre leído, ha consensuado con los rusos un eslogan, El árbol ha arraigado en el cielo, una frase de la activista y escritora francesa Simone Weil que habrá hecho estremecerse a todos sus huesos allá donde se encuentren: el pensamiento de una heroína del siglo XX como alibí para lavar la conducta de un sátrapa. Naturalmente, el argumentario sigue siendo el mismo y acabaremos por normalizar que la cultura está por encima de cualquier cosa, sea esta la que sea.
Todavía colean las declaraciones del actor Timothée Chalamet acerca de que “la ópera y el ballet ya no le interesan a nadie”. Proclamó tal sentencia antes de que se otorgaran los Óscar de este año y, al no ganarlo, muchos de los presuntos agraviados apelaron a la tan socorrida justicia poética. Pero antes de ello se generó una catarata de reacciones que podrían ser consideradas un tanto excesivas, un poco como matar moscas a cañonazos pues, en el fondo, daba exactamente igual lo que el hasta hace casi nada triunfador adolescente opinara sobra la cuestión. Desde luego las respuestas pocas veces llegaron a ir más allá de una reconvención por su ignorancia cuando, en realidad, bien podrían haber hecho pensar un poco —no hacía falta mucho más— acerca del porqué de la desafección de un joven influyente hacia dos de los aspectos más extraordinarios del genio de la humanidad. Pero, como es sabido, es más fácil defenderse desde la endogamia que atacar a partir de la autocrítica.
Y el tercer episodio que traemos a este editorial no podía ser otro sino el del conflicto entre la Orquesta Sinfónica de Boston y su director titular, Andris Nelsons. Costaría explicarle a quien no esté en el mundo de la música por qué el gran maestro letón dirige como titular al mismo tiempo la orquesta estadounidense y la de la Gewandhaus de Leipzig, aunque Mäkelä aún da más.
Probablemente esta anomalía está también en el origen del conflicto que consiste, al parecer —nadie se lo ha aclarado todavía suficientemente— en que las ideas de Nelsons no acaban de concordar con las de sus gestores bostonianos, lo que ha llevado a que le comuniquen que su contrato, indefinido y, por ello, al mismo tiempo contingente, no será renovado a partir del verano de 2027. Aquellos no han aclarado las cosas mientras el mundo profesional —desde los músicos de su orquesta americana hasta colegas del prestigio de Simon Rattle— se ha puesto del lado del afectado. También se han aducido razones que tienen que ver con lo estrictamente financiero y el riesgo a que los cambios en las audiencias antes incondicionales someten a la empresa. No olvidemos que esa dependencia casi exclusiva de lo privado diferencia claramente a Boston de Leipzig.
Según el portal Cadenza, Boston posee el mayor patrimonio neto de todas las orquestas estadounidenses. Sin embargo, paga a sus músicos menos que las orquestas de Chicago, Nueva York y Los Ángeles, todas ellas con fondos y presupuestos menores. Lo que está claro es que la dedicación de Nelsons a ambas orquestas deja poco que desear. Si analizamos su presencia en las respectivas temporadas esta es, en ambos casos, la que cabe exigir al titular de dos de las mejores orquestas del mundo a las que, además, ha unido bajo el amparo de una discográfica tan poderosa como Deutsche Grammophon. Es cierto también que la calidad media de la nómina de directores invitados este año es menor en Boston —salvemos a Blomstedt, Adès y Slobodeniouk— que en Leipzig —Blomstedt, Honeck, Bychkov, Rouvali, Macelaru, Gražinytė-Tyla,…— lo que, en realidad, debiera figurar tanto en el debe del maestro como en el de la dirección general de la inquilina del 301 de Massachusetts Avenue.
Ya ven, la música da para que nos planteemos si la política está por encima, por debajo o no debe estar; para que todos a una nos carguemos de razón a la hora de repeler ataques que, precisamente, lo que requieren es razonar; y para que nos encontremos con anomalías laborales que al común de los empleados por cuenta ajena les tienen que sonar a marcianadas. ¿Quieren más pruebas de que está viva? ¶
[Imagen superior: Andris Nelsons saliendo del escenario del Symphony Hall de Boston en septiembre de 2025. Foto: Winslow Townson / BSO]


