La maldición de Corselli

La maldición de Corselli

Con permiso de Luigi Boccherini, Francesco Corselli (o Francisco Courcelle, si así lo prefieren) fue el más grande compositor que hubo en la España del XVIII. Paradójicamente y pese a los esfuerzos hechos en los últimos años por sacarlo del ostracismo, hoy sigue siendo un gran desconocido hasta para ese público que se declara amante de la música antigua. Su recuperación quizá habría sido posible a nada que los vientos le hubieran soplado algo favorables, pero todo se vuelve en contra de Corselli, incluido el coronavirus, que ha obligado a cancelar el estreno de Achille in Sciro (absurdamente rebautizada como Aquiles en Esciros) del Teatro Real de Madrid, con puesta de escena historicista incluida y con un reparto vocal de auténtico lujo. Tras la cancelación, se desconoce cuándo acabará reponiéndose (porque se supone que se repondrá). Por supuesto, también se ha acabado cancelando el ciclo que, paralelo al estreno de Achille in Sciro, había programado la Fundación Juan March.

Corselli fue un italiano de Plasencia (la transalpina, no la extremeña) de origen francés y de sentimiento español. Su padre, Charles Courcelle, era maestro de baile en Parma de Isabel de Farnesio, la futura reina consorte de España por su enlace, en segundas nupcias, con Felipe V. Fue alumno de Antonio Maria Bononcini, y no de Geminiano Giacomelli, como erróneamente se indica en no pocas fuentes biográficas. Nacido en 1705, arribó a España a finales de 1733, solicitando trabajo como maestro de música de los infantes más pequeños (María Teresa, primero, y más tarde, María Antonia), en la seguridad de que la reina, por la relación que había tenido con su padre en Parma, se lo concedería. Y no se equivocaba, ya que obtuvo el puesto el 19 de marzo de 1734. Pero la tranquilidad le duró bien poco: la Nochebuena de ese mismo año, el viejo Alcázar de los Austrias ardió por los cuatro costados. En el incendio se perdieron numerosas obras de arte y no menos partituras (aunque bastantes menos de las que se asegura, ya que parece que lo que realmente se perdió fueron los libros de coro). El rey formó entonces un equipo para restituir, mediante composición de obras nuevas y la compra de partituras, el archivo de música sacra. En ese equipo estaban José de Torres (a la sazón, maestro de la Capilla Real y director de la Imprenta de Música), José de Nebra, Antonio Literes y Corselli.

A partir de ese momento, el prestigio de Corselli crece, primero por su ingente producción de música religiosa y después, tras la desbandada de la compañía italiana que actuaba en el Teatro de los Caños del Peral (donde hoy se levanta el Teatro Real), por su música para la escena. Acabaría obteniendo el cargo de maestro de capilla (al que optó de nuevo por sugerencia o, mejor dicho, por insistencia de la princesa de Asturias, la futura reina María Bárbara de Braganza) y, asimismo, el de rector del Real Colegio de los Niños Cantorcicos.

Corselli pasó los últimos cuarenta y cuatro años de vida en la capital del reino. Aquí se casó con una viuda francesa (Honorata Carlota Peret de Marie Laboulay), aquí tuvo cuatro hijas, aquí italianizó su apellido (sin que se conozcan los motivos, aunque no es difícil aventurar que a los madrileños les debía de resultar más fácil pronunciar “Corselli” que “Courcelle”) y aquí fue enterrado, en la Iglesia de San Luis de los Franceses, que entonces se hallaba frente al Monasterio de las Descalzas Reales. Tampoco le dejaron descansar en paz: con la invasión napoleónica y las reformas urbanísticas acometidas por José I Bonaparte, la Iglesia de San Luis de los Franceses fue derruida y se levantó en el solar lo que hoy es precisamente la plaza de las Descalzas (por eso José Bonaparte era conocido por los madrileños como “Pepe Plazuelas”, por su empeño de construir plazas para acabar con las calles angostas de la ciudad). Los restos mortales de Corselli desaparecieron, como los de todos los que habían sido inhumados en San Luis de los Franceses, ignorándose el destino que se les dio.

Corselli fue una figura musical de capital importancia durante tres reinados: los de Felipe V, Fernando VI y Carlos III (del que ya había sido maestro de capilla cuando este era duque de Parma, antes de marchar a Nápoles como virrey). Compuso, entre otras muchas obras, diez óperas, si bien la autenticidad de dos de ellas está en entredicho. De las diez, solo se conservan en su integridad Farnace (1739) y Achille in Sciro (1744), estrenadas ambas en el Coliseo del Buen Retiro.

Y es ahora cuando debo explicarles el motivo del título de este artículo: “La maldición de Corselli”. A finales del pasado siglo, el director argentino afincado en España Óscar Gershensohn intentó llevar a escena Farnace. Tras no pocas gestiones, el proyecto fue aceptado por el Teatro de la Zarzuela. Pero, de la noche a la mañana, alguien decidió que una recuperación tan excepcional no podía hacerla alguien que no contara con un nombre consolidado, y entonces se la ofrecieron a Jordi Savall. Tras analizar el proyecto, Savall cambió de planes: en lugar de dirigir el Farnace de Corselli dirigiría el Farnace de Antonio Vivaldi, estrenado doce años antes en Venecia. Eso sí, Savall tuvo la deferencia hacia Corselli de incluir una sinfonía, una marcha y un aria suyas en el primer acto; otra aria en el segundo y otra marcha en el tercero. Así sonó en La Zarzuela a finales de octubre de 2001 y así fue editado en un álbum que publicó el propio Savall en su sello discográfico, Alia Vox. Unos años más tarde, no muchos, el sello Naïve, en su vasta Edición Vivaldi, reeditó esta grabación, pero suprimiendo cualquier resto de la música de Corselli.

Gershensohn no se resignó. Primero, interpretó en 2005 íntegramente el Farnace de Corselli (versión de concierto) en el Auditorio Nacional y luego, en 2008, grabó una selección de arias para el sello Verso, que acabó publicando el CD en 2012. Si la grabación todavía tiene un pase, desde luego la interpretación en directo de 2005 no permanecerá en la mente ni en el corazón de los que tuvimos la suerte (más bien, la desgracia) de asistir a ella. Pero, al menos, sirvió para constatar la gran calidad de la música de Corselli.

De Achille in Sciro, poco les puedo contar que no sepan ya ustedes: apenas una semana antes de su estreno en tiempos modernos, se declara el estado de alarma en España (primero, el oficioso; más tarde, el oficial). El Teatro Real anuncia que las primeras cuatro funciones se harán a puerta cerrada y se transmitirán en streaming para quienes cuenten con entrada, en tanto que las tres últimas, si la situación sanitaria ha mejorado, se podrán llevar a cabo con normalidad. Un par de días después, el Teatro Real anuncia la cancelación de Achille in Sciro, sin detallar cuáles son sus futuros planes sobre esta ópera. Una verdadera pena, porque se había tirado, como se dice coloquialmente, la casa por la ventana: puesta en escena historicista a cargo de una de las mejores directoras del momento (Mariame Clément), una orquesta con instrumentos de época del primerísimo nivel (la Orquesta Barroca de Sevilla) y un reparto vocal con algunas de las voces más importantes del momento en este repertorio: Franco Fagioli, Francesca Aspromonte, Tim Mead, Andrea Mastroni, Juan Sancho…

El destino de las óperas de Corselli está resultando igual de abrupto que el final que tuvo el propio compositor: el 3 de abril de 1778 sufrió un accidente con el carruaje en el que viajaba, a resultas del cual falleció entre enormes sufrimientos.

(Foto: Javier del Real)