La dimisión de Gardiner: No por anticipada, es menos triste… ¿y hasta excesiva?

Hace casi un año (en agosto de 2023), un incidente saltó a los titulares del mundo musical: el director británico Sir John Eliot Gardiner había abofeteado a uno de los cantantes que intervenía en la interpretación de Les Troyens, de Berlioz, dentro de una gira en la que Gardiner y sus conjuntos, la Orchestre Révolutionnaire et Romantique y el Coro Monteverdi, interpretaban la obra del compositor francés. Gardiner abandonó de inmediato la gira, canceló todos sus compromisos, aceptó su responsabilidad, se disculpó públicamente y se sometió a terapia.
Ese año coincidí, por razones profesionales, con un personaje muy relevante en el mundo del periodismo musical británico. Le pregunté por la situación de Gardiner (en aquel momento aún se anunciaban conciertos del director para 2024), que yo veía, tal como se mueven las cosas hoy en día, con pesimismo, y fue rotundo: “Está acabado. Jamás le perdonarán lo que hizo, por mucha disculpa y mucha terapia que haya tenido después”.
Lamentablemente, ayer supimos que esa afirmación era cierta. El consejo directivo del Coro y Orquesta Monteverdi, que Gardiner fundara en 1964, decidió que el director “no se reincorporará a la organización”, en un áspero (incluso en términos británicos es fácil entender que es bastante áspero) comunicado emitido ayer. Poco después, el propio Gardiner emitió otro sugiriendo que en realidad él deja la organización por su propia voluntad, pero que no se retira. Comunicado, me temo, poco creíble, porque todo apunta a que le han dado una patada en el antifonario. En cuanto a su no retirada, no hay que dudar de su voluntad, pero habrá que ver quién está dispuesto a contar con él, tal como está el patio.
Son varias las reflexiones que vienen a la cabeza sobre estos hechos. La primera: Gardiner tenía fama de ser una de esas personas francamente bordes en su trabajo, con modos autocráticos que pertenecen, sin duda, a otra época. Aunque no conviene engañarse. Los modos aún existen (y más de un músico de orquesta lo puede corroborar), aunque bien es cierto que disfrazados a menudo de una apariencia externa más amable. Dicho de otra forma, sigue habiendo puñaladas (o bofetadas), pero se dan con mucho más disimulo. Gardiner, no. Gardiner era un borde reconocido. Y en este incidente es obvio que tuvo un comportamiento deleznable. Como tal, merecía sin duda el rechazo público.
La segunda reflexión es en realidad una pregunta: ¿No estaremos yendo demasiado lejos dejando sin posibilidad alguna de recuperación a alguien que, en un momento dado, cometa un error como la conducta condenable de Gardiner? ¿Está todo el mundo, estamos todos, exentos de errar hasta el punto de que, más allá del arrepentimiento, el reconocimiento de la responsabilidad y, como ha sido el caso, hasta de la sanción (lleva un año fuera de los escenarios) y la terapia correspondiente, la cosa no admita posibilidad de recuperación y perdón? ¿Cómo se compadece una sociedad que para los presos comunes defiende con tanto ahínco la reinserción y en cambio es capaz de condenar con notoria inclemencia a alguien que, más allá de su carácter, es uno de los músicos más relevantes en su campo del último tercio del siglo XX, y de cuya labor, por cierto, se han beneficiado, y mucho, los músicos que forman parte de la orquesta y coro que ahora le dan la patada?
Una tercera reflexión: ¿estamos llevando ciertos niveles de exigencia en algunos comportamientos al límite en el que da igual el precio que se pague con tal de ejemplarizar la condenación eterna del personaje implicado? Porque, no nos vamos a engañar: el precio lo paga el público, pero, incluso más, lo podrían llegar a pagar los propios músicos de los conjuntos, si el gancho de quienes le sustituyan (aunque lo hagan muy bien, y según las referencias que tengo, ese es el caso) no alcanza el de su ya célebre fundador.
Y, quizá, una cuarta y última. Si la inclemencia mostrada con Gardiner (y con algún otro) se hubiera aplicado al pasado, ¿de cuántos directores, cantantes, compositores, instrumentistas de enorme talento, nos hubiéramos visto privados? Y ojo, no estoy excusando, ni disculpando comportamientos que son rechazables, eso que quede claro. Pero entre una sanción, incluso ejemplar, y la condenación eterna hasta el punto de que su carrera quede arruinada para los restos, quizá hay un trecho que valdría la pena pensar si es justo recorrer, o si recorrerlo más bien puede entrar en el terreno del exceso que pudiera inscribirse… es fácil imaginar en qué contexto.
Rafael Ortega Basagoiti


