LA CORUÑA / Velada nórdica de la OSG con Adveeva y Martín

La Coruña. Palacio de la Ópera. 9-II-2024. Yulianna Avdeeva, piano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Jaime Martín. Obras de Grieg y Sibelius.
Jaime Martín es uno de los “amigos de la Orquesta Sinfónica de Galicia”, como decía en una entrevista en SCHERZO el titular de la formación coruñesa, Roberto González- Monjas. En efecto, con él la OSG trabaja a gusto, da lo mejor de sí, que ya sabemos que es mucho, y ofrece, como ha sucedido este fin de semana, conciertos de muchos quilates. Sus maneras en el podio son claras y directas y sabe ir al grano, a la esencia de las obras que plantea, pero sin olvidar que el resultado final es una suma de detalles imprescindibles. Lo entendió muy bien a la hora de plantear una magnífica Segunda de Sibelius en la que apareció esa Sinfónica cuyos primeros atriles explican, por si hiciera falta, por qué esta orquesta tiene tan buena reputación.
Martín, que ha ganado madurez, sabiduría y técnica con el paso de los años, demostró una cabal comprensión del universo de Sibelius desde el arranque de la sinfonía hasta ese Finale pletórico que el aficionado espera expectante y que no puede caerse bajo ningún concepto, pues, si eso sucede, la inmensa mayoría de la audiencia dará por perdida la tarde. Estupendamente ordenado, con lógica y claridad, se resolvió con toda la grandeza que pide. Hasta llegar ahí hubo un intenso movimiento lento, muy bien expuesto, con unos silencios razonables —ya sabemos lo que Bernstein firmó para la eternidad— y un Scherzo bien vivaz. Para que todo ello funcione es necesaria una orquesta que tenga los mimbres que esta posee. Los nombres que los aficionados coruñeses conocen perfectamente —y los que no viven en el Noroeste y tienen la bondad de leer a este crítico ya casi también— se repitieron una vez más: el timbalero Fernando Llopis, la flauta María José Ortuño, el oboe David Villa, el clarinete Juan Ferrer, el fagot Steve Harriswangler, el trompeta Manuel Fernández Álvarez, el trombón Jon Etterbeek, el tuba Jesper Boile Nielsen…, a solo o cada vez que doblaban con sus compañeros. Muy bien las cuatro trompas. La cuerda —muy atento Jaime Martín a su sección grave, crucial aquí— mostró —manes de Slobodeniouk—ese empaste perfectamente idiomático que Sibelius necesita.
En la primera parte de este programa nórdico llegó el Concierto para piano de Grieg, pieza archiconocida por el respetable, que lo ama de veras y con razón, y que nos daba la oportunidad de escuchar a una pianista del prestigio de la rusa Yulianna Avdeeva, primer premio del Concurso Chopin de Varsovia en 2010 y de creciente carrera internacional. Es Avdeeva solista de poderosos recursos, de sonido de amplio espectro y que puede dar la sensación inicial de un hieratismo un poco distanciador —la cadenza del primer movimiento resultó monumental en todo el sentido de la palabra— que no impedía en modo alguno la admiración ante un despliegue técnico sin reproche alguno. Pero esa sensación se diluyó como azucarillo en un vaso de agua al abordar la rusa el primer tema del Adagio —cuidadosísima la introducción de Martín y la orquesta— y detener el tiempo con una línea finísima en un tempo aparentemente imposible. En el Allegro moderato molto e marcato no hubo concesiones a la cierta felicidad campestre que predica la propia historia de la pieza y lo popular del sustrato recibió la rebaja de unas nubes amenazantes en el paisaje. Puede ser que algún oyente se sintiera algo perturbado, pero por eso la propuesta de Martín y Avdeeva tenía sentido, de manera que lo trillado se convirtió en suavemente inquietante sin que, al parecer, se registraran bajas entre el respetable dados los aplausos a la conclusión. Hubo un mínimo desajuste en las cuerdas tras el citado pasaje del piano en el Adagio, y la flauta Ortuño y el trompa Bushnell estuvieron egregios. El inevitable encore —ya consuetudinario, va a haber que anunciarlo en el programa, sobre todo si el o la protagonista, emocionados por el amor del público, se olvidan de su título— fue esta vez, si no me equivoco —ya se sabe que los carga el diablo para vengarse de los críticos— una mazurca de Chopin.
Luis Suñén
(fotos: Pablo Sánchez Quinteiro)


