LA CORUÑA / Ser musa y ser mujer

LA CORUÑA / Ser musa y ser mujer

La Coruña. Teatro Colón. 12-XI-2019. Buide, A amnesia de Clío. Raquel Lojendio, Sebastià Peris, Marina Pardo. Real Filharmonía de Galicia. Orfeón Terra A Nosa. Director musical: Paul Daniel. Directora de escena: Marta Pazos

No es fácil estrenar una ópera en España y, una vez estrenada, más difícil aún es que se reponga. Los ejemplos están a la vista desde hace decenios y no es necesario citarlos. Para un compositor embarcarse en semejante proyecto puede ser sumergirse en el mar proceloso del trabajo inútil excepto si se dan las circunstancias precisas para que, al menos, aquel sea visto en las mejores condiciones posibles y desde ellas juzgado y valorado en su presente. El futuro es un albur pero la propuesta estará ahí para quien quiera tomarla.

En el caso de A amnesia de Clío, la ópera de Fernando Buide (Santiago de Compostela, 1980) con libreto de Fernando Epelde, que se estrenó en Santiago el día 10 y se ofreció en A Coruña el 12, han coadyuvado a su creación una beca Leonardo de la Fundación BBVA, el patrocinio de Xacobeo 2021, el apoyo de la Diputación de A Coruña y los ayuntamientos de Santiago y A Coruña y otras colaboraciones menores. Es decir, se ha demostrado cómo la implicación de las administraciones y del mecenazgo pueden, una vez más, favorecer a las artes. Y en este caso en una periferia operística como es Galicia a pesar de que algún centelleo haga parecer de vez en cuando que se trata de una plaza de primera en lo lírico —habría que plantearse por qué el aforo del Teatro Colón no estaba ni mediado cuando se llena a rebosar en propuestas más convencionales pero, a la vista de los resultados de la que nos ocupa, no necesariamente mejores. Además, la propia estructura de la ópera de Buide, la homologación de su lenguaje musical con lo que se escribe y se estrena con éxito merecido por el mundo adelante, la irradiación nada localista de su libreto, sus posibilidades escénicas basadas en un montaje enormemente trabajado desde su aparente sencillez y al mismo tiempo fácil de exportar, son elementos que contribuyen a demostrar que ese esfuerzo vale la pena y que no debiera quedarse en esta experiencia aislada y, digámoslo ya, excelente, sino ser un ejemplo de lo que se puede hacer a partir del talento y las posibilidades disponibles para animarlo. Unas cuantas representaciones más —la última de las tres programadas tendrá lugar el jueves 14 en el Auditorio Municipal de Ourense— servirían, sin duda, para terminar de ajustar algunos resortes

A Amnesia de Clío plantea en una hora y cuarenta minutos una reflexión —ucropía lo llaman sus responsables en el programa de mano— sobre el devenir de la historia hoy y siempre, sobre la banalidad de su acontecer en manos de quienes adoptan una responsabilidad que no merecen —pero que les llega de los otros—, de la dificultad por el cambio de un paradigma en cuyo futuro aparecen las mujeres como capaces de voltear el discurso y sus consecuencias —la apelación al caballo de Troya—, una suma de frustración y esperanza en el eterno devenir de la musa que acaba entronizada por los hombres y las mujeres “borrosos” —los que no se ven bien en las fotografías a partir de las que George W. Bush pinta sus cuadros de los soldados enviados a la guerra de Irak. Mientras, del otro lado, trabaja la política pura y dura, el propio Bush, Merkel y su negativa a ceder los cuentos de la tradición europea más ligada al arquetipo de la mujer sometida —como fondo los cuadros de la exposición representando raptos, Susana y los viejos de Artemisia Gentileschi atravesando el escenario—, Putin y su perro negro, incluso la musa desdoblada como Fiona Walker en protagonista de esa misma política. Todo ello a través de un libreto dramáticamente bien armado al que quizá le falta algún mejor encaje con la puesta en escena para que resulte suficientemente claro en lo que llamaríamos una primera lectura —siempre es mejor no tener que servirse demasiado de las sinopsis— y escrito en una prosa voluntariamente plana, sin concesión alguna a lo lírico. Y es precisamente en este punto donde aparece uno de los rasgos más significativos de la música de Buide: su capacidad para convertir la frialdad textual del libreto en intensidad no ya puramente musical sino también escénica. La dramaturgia, magnífica, es también de una frialdad deseada —a excepción de los dos estupendos bailarines que abren y cierran la obra— pero lo musical eleva la propuesta hasta lo que —y ahí el acierto del planteamiento, su coherencia— la suma de todo pretendía. Por eso el espectáculo acaba alcanzando buena parte de esa totalidad que cualquier ópera digna de tal nombre reclama para sí.

Fernando Buide ha escrito una partitura de primera clase partiendo de una estética que es la que corresponde a lo que de él conocíamos, a su formación con Balada o Kernis, a su adscripción a ese estilo que actúa con libertad respecto a los logros de una vanguardia ya asimilada y de una tradición que se remonta a los albores del siglo XX —el final de la ópera y sus ecos del Debussy más expansivo es claro al respecto. Hablábamos aquí hace solo unos días de la estética de los compositores nórdicos actuales. Pues bien, añadan ustedes a George Benjamin —autor de una de las mejores óperas de la historia del género Written on Skin, estrenada hace nada, en 2012— o a Thomas Adès o a Charles Wuorinen —a su vez maestro de Kernis— y en esa vorágine lúcida y, digamos, razonable, se mueve Buide con soltura y con solvencia. Y lo hace en dos aspectos cruciales en la ópera: la música pura y la que acompaña al canto. Este va del parlato a una cierta tendencia al arioso y en determinados momentos vuela un instante a la manera tradicional, pero sin salirse nunca de algo que es esencial a cualquier ópera de nuestro tiempo, es decir, sabedora al fin de lo que tiene de obra de arte plena: la comprensión del texto. En A amnesia de Clío, cantada en gallego, se escucha todo, se entiende perfectamente todo lo que se dice. Además, la solidez de Buide conlleva también algo que pertenece a la esencia del género y que es la música introductoria a cada acto o aquella que ilustra la escena sin canto. De ahí debiera el autor extraer una suite sinfónica que le permitirá que, al menos, y dadas las posibilidades de reposición que una ópera nueva tiene entre nosotros —es decir, escasas— se conozca su pieza.

La producción de Voadora con puesta en escena de Marta Pazos, iluminación de José Alvaro Correia y figurines de Pier Paolo Alvaro no es que sirva magníficamente a música y trama, sino que constituye un todo con estas. Desde el planteamiento constructivo del escenario, con sus dos partes complementarias y antagónicas, al modo de traer y llevar los accesorios todo está bien calculado para que la acción discurra sin obstáculos. Y una especial mención para la coreografía de Rut Balbís y sus dos bailarines, Diego Buceta y Fran Martínez —buena idea en sí misma, en relación a la acción, la de que fueran dos hombres. Ya era hora de que lo coréutico no sea un inconveniente sino un valor más en un montaje operístico, que en lugar de producir vergüenza ajena tenga sentido.

Para la feliz conclusión de la propuesta de Buide se contó, en primer lugar, con una extraordinaria Real Filharmonía de Galicia dirigida con eficacia, mimo y, a la vista de los resultados, se diría que devoción por su titular Paul Daniel. Fue un trabajo de foso verdaderamente extraordinario a cargo de una formación que pasa por muy buen momento. Ya sabemos que toda función de ópera empieza por ahí y tiene ahí su soporte ineludible. Junto a ello, naturalmente, su principal protagonista vocal, la soprano Raquel Lojendio que dio una lección de cómo apropiarse de un personaje, cantarlo magníficamente, no dejando escapar ni un átomo de sus posibilidades. Hasta se puso las zapatillas de ballet y dio unos cuantos pasos en puntas que sorprendieron a quienes no conocíamos en ella semejante versatilidad. A su lado, el George W. Bush del barítono Sebastià Peris, muy bien tratado en ese límite entre lo serio y lo bufo, lo trágico y lo ridículo que lo caracterizara y muy bien cantado igualmente. Marina Pardo es desde siempre garantía de seguridad y aquí no defraudó en su doble papel, extraordinaria como la sargento Leslie Zimmerman. El Orfeón Terra a Nosa estuvo impecable en lo actoral y fue ganando aplomo en lo canoro para convertirse en coprotagonista del éxito rotundo que, con todo merecimiento, sonrió a todos.

(Foto: Ópera Gallega)