LA CORUÑA / OSG, Trigueros, Riquelme y Heredia: un Bartók admirable y un Falla problemático

La Coruña. Palacio de la Ópera. 31-V-2024. Joaquín Riquelme, viola. Marina Heredia, cantaora. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: José Trigueros. Obras de Bartók y Falla.
Anunciada la baja de Juanjo Mena por una lesión muscular, fue José Trigueros quien se responsabilizó de la sustitución manteniendo la primera parte del programa inicialmente previsto por la Orquesta Sinfónica de Galicia. Aprovechando la presencia en La Coruña —y el tirón indudable— de Marina Heredia, se cambió la Primera Sinfonía de Halvorsen por la versión de 1915 de El amor brujo de Falla, quedando una sesión compartida por dos de los grandes nombres de la música del siglo XX.
El Concierto para viola —un encargo de William Primrose en 1945, el mismo año de su muerte— es, como sabemos, la obra postrera de un Béla Bartók exiliado en Estados Unidos, enfermo y cansado, que no pudo concluirla. Rosa Fernández explicaba de manera tan útil como clara en sus notas al programa la peripecia de su manuscrito, el trabajo de Tibor Serly para rematar la pieza —o algo más que eso— y las discrepancias al respecto de Péter Bartók, hijo del compositor, que le llevaron a elaborar la edición que lleva su nombre, junto a los del musicólogo Nelson Dellamaggiore y el viola Paul Neubauer, publicada en 1995 y ya con varios registros fonográficos en su haber. La edición de Serly fue la utilizada en esta ocasión por la OSG.
No deja de resultar curioso que tal falta de evidencias acerca de las intenciones del autor, su presunta inseguridad, hasta la duda en cómo sus estilemas funcionaban a esas alturas —era también el año del más propio Tercer concierto para piano y orquesta— han desembocado en una pieza tan honda en la que las posibles costuras son asumidas sin dificultades por una suerte de excipiente emocional que todo lo une. Para que eso se ponga de manifiesto hace falta, naturalmente, alguien capaz de trabajar la mezcla como lo hizo Joaquín Riquelme. El murciano, residente en Berlín y Philharmoniker, hizo una lectura simplemente excepcional, rigurosa en lo técnico, sin exceso enfático alguno en lo expresivo, guiada en todo momento por eso que a veces cuesta tanto definir pero que reconocemos en cuanto aparece y que se llama musicalidad. Riquelme es extraordinariamente musical, naturalmente musical, diríamos mejor. Lo demostró una vez más en el encore con que obsequió a la audiencia, la Allemande de la Suite nº 1 para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach. José Trigueros prestó al solista un acompañamiento ejemplar, enormemente cuidadoso, y los dos firmaron una interpretación de muchísimos quilates.
En la segunda parte llegó El amor brujo, como decíamos, en la versión de 1915, que es la que ha hecho fortuna con el tiempo, arrinconando a la de 1924, la más habitual hasta que se impuso aquella. Así como en la de 1924 la voz ha sido de ordinario la de una mezzosoprano, en la de 1915 lo es la de una cantaora, más acorde con la gitanería que protagonizara en su estreno Pastora Imperio. Dadas las características habituales de las salas de conciertos, bien distintas del Teatro Lara de Madrid donde se estrenó la pieza, a esa cantaora hay que amplificarle la voz si se quiere que se oiga y que no se aflija más de la cuenta, lo que hace que parezca que orquesta y solista actúan en planos sonoros distintos, que la expresión pierda naturalidad, que en los recitados el sonido se empaste y, en general, que el conjunto resulte inevitablemente incoherente por mucho que la tecnología intente resolver lo irresoluble. Y eso es lo que pasó también en esta ocasión.
Es verdad que plantear hoy la versión de 1924, tan de recibo como esta inicial, resulta, al parecer, como rendirse a una inexistente anacronía, pues del autor son una y otra. Su ventaja es que no hace falta amplificar nada y basta contar con una mezzo de garantía. Con todo, Marina Heredia cantó estupendamente porque es una gran artista. Ofreció como encore la Nana de Sevilla de García Lorca en la magnífica orquestación de José Trigueros. El director asociado de la OSG volvió a demostrar su técnica y su clase, como la propia orquesta, con mención muy especial para el oboe David Villa, la flauta María José Ortuño, el clarinete Iván Marín, los trompas Nicolás Gómez Naval y David Bushnell, el trompeta Manuel Fernández Álvarez, el fagot Steve Harriswangler, el concertino Massimo Spadano, el viola Francisco Miguens, el violonchelo Raúl Mirás y la pianista Alicia González Permuy. El éxito fue total.
Luis Suñén
(foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


