LA CORUÑA / OSG: La vuelta del Pacho Flores compositor

La Coruña. Palacio de la Ópera. 19-IV-2024. Orquesta Sinfónica de Galicia. Juan Ferrer, clarinetes. Director: Christian Vásquez. Obras de Plaza, Flores y Chaikovski.
La OSG proponía para su concierto de este fin de semana un programa urdido con doble hilo: de un lado, lo que en Chaikovski se relaciona —muy pertinente la cita de Richard Taruskin en las excelentes notas al programa de Teresa Cascudo— con el nacionalismo musical y, de otro, en las obras de Juan Bautista Plaza y Pacho Flores, con el uso del elemento popular, en su caso el folclore venezolano.
Para empezar, la Fuga criolla de Juan Bautista Plaza (1898-1965), un ejemplo de música puramente académica a la que el añadido criollo a la forma a que se refiere la primera mitad de su título no le otorga ninguna significación especial. Está claro que la formación de Plaza en la Pontificia Escuela Superior de Música Sagrada de Roma le otorgó las herramientas necesarias para saber componer fugas, pero el uso del joropo en el que se sostiene, la previsible suma de expresividad, lo presuntamente criollo de la partitura, no le añade interés alguno. Comparemos con la Fuga con pajarillo de su compatriota Aldemaro Romero y veremos la diferencia entre hacer las cosas con gracia y sin ella.
De Pacho Flores se esperaba probablemente una pieza tan bien abrochada, tan brillante y divertida como su Concierto para fliscorno y orquesta “Albares”, que ofreció la temporada pasada la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. En ese sentido, a este crítico le decepcionó Áurea, rapsodia concertante para clarinete y orquesta, un encargo de la OSG, la Orquesta de Extremadura y la Orquesta de la Región de Murcia. En Albares había una naturalidad que aquí se diluye, en parte por falta de fluidez. Cada vez que parece que los temas van a desarrollarse —hay uno claramente dominante— el discurso se interrumpe con algún guiño tímbrico —arpa, percusión, por ejemplo— que corta las alas a una línea horizontal que no acabará nunca de conformarse y cuyas cesuras no parecen ni lógicas ni tampoco naturales, con lo que el efecto buscado se pierde. Hay momentos interesantes, como cuando la trompeta —excelente Alejandro Vázquez— se une al clarinete y ambos insisten en un ritmo más. O las dos cadenze —muy interesante la segunda a la que se suman otro clarinete y el clarinete bajo. Tras ellas, el tema principal se hace con la situación y anuncia un despegue que vuelve a cortar la corriente hasta que se hace otra vez la luz en un motivo con algo de minimalista. De nuevo el paréntesis antes de que el final nos lleve, campanas mediantes, a los postreros arabescos del protagonista.
Uno diría que a Flores le ha fallado la sustitución del efecto que producía Albares por la presunta seriedad de la escritura que lastra Áurea —que imagino tendrá un largo recorrido en las salas de concierto—, perdiendo un poco la perspectiva de la clase de brillantísimo compositor que es. Afortunadamente, de cara al trabajo del solista, el propio Flores ha trabajado muy directamente con el dedicatario del estreno, el clarinete principal de la Sinfónica de Galicia, Juan Ferrer, quien ha utilizado tres instrumentos —en la, en si bemol y piccolo en re— y cuyo desempeño ha sido lo más importante de esta primera audición. Ferrer ha demostrado con creces por qué es hoy uno de los grandes clarinetistas del panorama nacional e internacional, un músico de los pies a la cabeza y el lujo que supone tenerlo como principal en esta orquesta. Es tan bueno que hasta salvó el encore de Michele Mangani.
Ocupaba la segunda parte la Sinfonía nº 2 de Chakovski, en cierta manera el epítome de ese nacionalismo o de esa influencia popular en su obra orquestal. Esta Segunda es pieza a la que quizá el aficionado tarda en perdonarle la vida, hasta que comprueba que la presunta ligereza no es gratuita y que la integración de lo escuchado a los campesinos o a los sirvientes ucranianos en el inequívoco pathos del autor —aquí atemperado por una felicidad en él siempre descriptible— alcanza un sentido pleno. La versión del también venezolano Christian Vásquez ganó enteros según se sucedían los movimientos de la pieza. Tras un primero un poco plano —destacaron la trompa Marta Montes y el fagot Steve Harriswangler—, todo fue yendo a mejor, con unas cuerdas impecables en el Scherzo y un Finale bien modulado. Más oficio que destello —y la OSG sabe que es capaz de lo uno y de lo otro— y más fuerza que intensidad. El éxito sonrió a todos.
Luis Suñén
(foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


