LA CORUÑA / Dima Slobodeniouk con la OSG: despedida nórdica

La Coruña. Palacio de la Ópera. 14-VI-2024. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Dima Slobodeniouk. Obras de Grieg y Sibelius.
Cerraba temporada la Orquesta Sinfónica de Galicia con un programa nórdico —muy acorde a la gélida primavera que padecemos en el Noroeste— bajo la dirección de quien fuera su titular durante nueve años, Dima Slobodeniouk. Las ovaciones a su salida y al concluir la sesión dejaron muy claro cómo el aficionado coruñés agradece ese trabajo cuya consecuencia ha sido el magnífico estado de forma en que entregó la orquesta a su sucesor, Roberto González-Monjas. Lamentablemente, no tendremos a Slobodeniouk entre nosotros la próxima temporada, la misma en la que se pondrá al frente de la Orquesta Sinfónica de Chicago, la Sinfónica de Boston, la de Nueva Zelanda, la Orquesta de París, la de Radio France o la de Minnesota. Esperemos que la ausencia sea sólo momentánea, pues su presencia en el podio del Palacio de la Ópera es siempre toda una garantía. Slobodeniouk propuso dos obras que le resultan cercanas. De Peer Gynt de Grieg ofreció en el pasado mes de marzo una versión completa y escenificada con la Sinfónica de Boston y la afinidad con Sibelius le viene de su formación con Leif Segerstam en Helsinki y de los años en los que, como titular de la Sinfónica de Lahti, dirigió el anual Festival Sibelius en la ciudad finlandesa.
Las dos suites de Peer Gynt de Grieg han lidiado siempre con la enorme popularidad de algunos de sus fragmentos. Una popularidad que, si lo pensamos bien, no tiene tanto que ver con su presencia en las salas de conciertos —donde aparece mucho más el Concierto para piano y orquesta, y pare usted de contar— como con sus múltiples arreglos en forma de eso que se llamaban melodías inolvidables, fondos sonoros para cualquier cosa, o su uso salvaje en el mundo de la publicidad. Por eso cuando llegan a un programa sinfónico hay que concentrarse mucho para no verse trasladado a espacios mucho más triviales que los que propone una música extraordinariamente bien hecha, cuya fama hace que algunos aficionados se pongan estupendos frente a ella. Consiguió Slobodeniouk mantener nuestra devoción con una lectura nada afectada, sabedor de que aquí cada pieza tiene su propio sentido —no se sigue el orden dramático— y debe defenderse sola bastante más que sumada al conjunto. La lectura resultó natural y fresca, nada edulcorada y la orquesta —cuerdas sobre todo, que son protagonistas principales, con la irlandesa Mairéad Hickey a su cabeza como concertino invitada— respondió perfectamente.
La Quinta Sinfonía de Sibelius fue todo un crescendo expresivo, desde el tranquilo y nada enfático arranque hasta la grandeza de ese Finale en el que un espectador poco avisado casi rompe ese silencio clamoroso que media entre cada uno de los cinco acordes de cierre, al concluir el primero. Menos mal que nadie le siguió. Momento fundamental de la pieza —y uno diría que crucial— es el paso del Tempo molto moderato al Allegro moderato —es decir, el desenlace de la duda del autor respecto a una versión original en la que, en lugar de enlazados, los episodios aparecen por separado— que Sibelius resuelve de manera genial en su redacción definitiva de la sinfonía. Ese paso ha de ser rítmica y tímbricamente diáfano, y aquí se resolvió magníficamente. Toda la lectura de Slobodeniouk partió, me parece, de la ausencia de retórica, y el arribo a los episodios finales llegó con esa lógica que siempre se pide, con la progresión necesaria: planteamiento, nudo y desenlace. Y ese desenlace con emoción, no con aparato. La OSG respondió estupendamente en cada una de sus secciones y sería injusto destacar a alguien sobre los demás. Pero, en fin, las maderas, como siempre, destilaron elegancia y aquí la corporeidad que se pide en su representación casi figurativa de las aves convocadas en el último movimiento. Trompas, trompetas y trombones negociaron sin mácula las exigencias de los momentos puntuales en los que se les requiere de manera especial. Y todos coadyuvaron al logro de una de esas versiones en las que queda espacio para que quien escucha se meta también en los meandros de la música, pueda respirar con ella y tratar de resolver las cuestiones que van surgiendo. No siempre es lo más fácil pero sí, a la postre, lo que gratifica más.
Luis Suñén
(fotos: Pablo Sánchez Quinteiro)


