‘La corbata amarilla’: Celibidache según su hijo

Filadelfia, 1989. Un Celibidache ya veterano (77 años en ese momento), representado por John Malkovich, dirige con su peculiar concepto la colosal coda de la Cuarta Sinfonía de Bruckner. Al concluir y abandonar el escenario, dice inmediatamente al asistente que le recibe con una toalla para secar el sudor: “Sexta fila, hacia el centro, un poco a la izquierda”. El asistente interpreta inmediatamente el mensaje y llama a seguridad. La película salta entonces a un encuentro en Francia, dos años después, con ejecutivos japoneses que, evidentemente, pertenecen a Sony, aunque no se menciona a la empresa en la película. Celibidache-Malkovich termina de narrar la anécdota, describiendo la peluca gigantesca que portaba la mujer que él había detectado, y el abrigo sorprendente dado que había “32º en el auditorio”. La peluca ocultaba un micrófono y el abrigo una grabadora. Explica entonces por qué rechaza las grabaciones, y defiende que la única forma genuina de una verdadera experiencia musical es el concierto en vivo. El japonés que lleva la voz cantante, un tal Tanaka, le dice que están encantados de su próxima gira por Japón. Celibidache expresa su alegría y agradece que le hayan enviado el contrato con anticipación. Tanaka le contesta que espera que ese contrato cumpla sus expectativas. Pero Celibidache saca a relucir entonces el artículo que habla de la explotación digital de los conciertos y manifiesta su negativa rotunda a ello. Tanaka intenta explicarle que “en un par de años tras la gira la tecnología permitirá una réplica perfecta del concierto”. El maestro rumano estalla entonces y los japoneses abandonan la reunión bajo un cúmulo de exabruptos que incluyen insultos como “sois unos jodidos criminales”.
Así comienza The Yellow Tie, la película sobre el gran director rumano, dirigida por su hijo Sergei Ioan, Miki, con guion de éste y de James Olivier, que transitó brevemente por España en el otoño pasado, pero que no se ha asomado, al menos que sepa quien esto firma, por plataformas disponibles en España ni, por supuesto, ha sido doblada. La película descansa esencialmente sobre tres pilares: dicho suavemente, la difícil relación de Celibidache con su autoritario padre y lo que de ella se deriva en términos de autoexigencia (casi) enfermiza; la arrogancia del personaje, demasiadas veces insufrible, ante la que uno se pregunta en qué medida constituye una defensa derivada de esa relación paterna; y la neurótica (y como veremos, no exenta de contradicción) obsesión por el asunto de las grabaciones.

Si hemos de creer que el guión se ajusta a la realidad (y al menos en ese sentido, no parece haber motivo para no hacerlo), el propio padre de Celibidache sienta unas expectativas delirantes respecto al hijo, llegando a criticar que saque una calificación de 19/20 porque “él no es cualquiera, es un Celibidache”, para el que pretendía una carrera política que terminara situándole como primer ministro de Rumanía. La cosa salta por los aires cuando el joven insiste en perseguir una carrera como compositor y es expulsado del hogar paterno por ello. Una frase que aparece en los momentos finales de la película ilustra perfectamente el impacto traumático de esa relación. Se la dice a su propio hijo Miki (Serge Ioan Celibidache): “He vivido toda mi vida bajo las expectativas de otra persona”. Su padre, evidentemente. Expectativa de perfección, buscada con obsesión y provocadora a menudo de furibundas reacciones cuando ésta no llegaba. Fuente, también, de trato nada fácil con alumnos (en algún pasaje produce cierto sonrojo ver cómo trata a alguno, como si no hubiera otra forma de corregir que el exabrupto de denigración).
Es bien sabido que el ego en los artistas forma parte del menú. La exposición pública presupone un cierto ánimo en ese sentido, y no tiene por qué ser un problema… siempre y cuando la cosa se mueva dentro de un orden. No era, desde luego, el caso de Celibidache. Y la película, en ese sentido, no dulcifica en absoluto al personaje. Ya desde su comienzo en el Conservatorio de Berlín, el joven estudiante destroza a uno de los profesores tras un concierto, criticando de manera inclemente tempi, balance sonoro… todo. La realidad, como demuestra también algún documental de sus ensayos, no desmiente el perfil ofrecido aquí. La arrogancia aparece también cuando pretende echar a músicos de la Filarmónica de Berlín (tras ser nombrado titular) porque considera que no dan el nivel, y también cuando defiende (rueda de prensa en Turín, cuando se pone al frente de la Sinfónica de la RAI en esa ciudad) que la mayor parte de los directores, tampoco.

La relación con la Filarmónica de Berlín, tras su nombramiento como titular mientras Furtwängler superaba el periodo de desnazificación, se retrata de una forma cuando menos peculiar. Se ilustra cómo gana, con brillantez, un supuesto concurso convocado por las autoridades americanas, que, en realidad, no tuvo lugar. Celibidache fue elegido a raíz de la muerte de Leo Borchard (a tiros por un soldado estadounidense al saltarse un control) que había sido nombrado como reemplazo de Furtwängler. La elección vino por recomendación de Hermann Bethmann, violista de la Berliner y compañero de Celibidache en el Conservatorio berlinés. Elección que fue, eso sí, bien vista por las autoridades americanas dado que el rumano carecía de antecedentes de relación con los nazis y, además, no era alemán. Abby Anderton cuenta la historia de aquella Filarmónica “reeducada” en un interesante artículo que puede leerse aquí.
También se cuenta de forma singular la abrupta ruptura con la Berliner en aquellos años de posguerra. Relación solo reconstruida décadas después, cuando en 1992 vuelve al podio para dirigir una inolvidable Séptima de Bruckner a invitación del presidente de la república federal, para celebrar la reunificación alemana y el fin del comunismo. Pero en los cuarenta, Celibidache intenta imponer su criterio sobre la selección de músicos y, por supuesto, negándose a cualquier grabación. En un momento dado, aparece el mismísimo Furtwängler advirtiéndole que, si no transige, sus días allí están acabados. No tengo certeza de que tal intervención de Furtwängler, que muy bien podría ser un recurso dramático para enriquecer el relato. Sí parece “distorsionada” la historia de que Celibidache fuera “despedido”. En realidad, una vez superada la desnazificación, Furtwängler retomó su posición como titular y, a su muerte, en 1954, la orquesta eligió a Karajan, que era mucho más favorable a las grabaciones (con las que hizo fortuna, pero también sus músicos) y más dispuesto a “transigir”.
Esto nos lleva al tercer núcleo (en realidad casi el primero en cuanto a relevancia en la película): la obsesión sobre las grabaciones. Hay múltiples ejemplos de ello, y desde bien pronto en su carrera. El rumano defiende, con razón, que cualquier grabación es un pálido retrato de la experiencia en vivo. Su hijo Miki le tiende, en un momento dado, una trampa, y le pone un CD de “un joven director al que quizá podría ayudar”. Escuchándolo, Celibidache-Malkovich explota con toda clase de exabruptos sobre la interpretación, pero Miki le dice entonces: “eres tú, padre, esta grabación se vende por todas partes en Estados Unidos”. Trata de convencerlo, inútilmente, de que se asegure que el dinero va a parar al mismo Celibidache o a quien él designe, pero no a quienes piratean, que se van a seguir haciendo de oro, porque, quiera o no, le van a seguir grabando (así fue, naturalmente). Se niega y lo echa con cajas destempladas. También su esposa intenta hacerle entrar en razón, sin resultado.
La obsesión “anti-disco” de Celibidache tiene el fundamento citado, pero olvida (como le apunta su propia esposa) que es una forma de acercar sus interpretaciones a quienes (la mayoría, en realidad) no pueden estar físicamente presentes en sus conciertos. Negar lo que las grabaciones han aportado al público melómano es, creo, estar fuera de la realidad. Y llevar la reacción a la furia desatada (como hace varias veces en la película) es, evidentemente, excesivo, por no decir que absurdo. Y lo que es peor, contradictorio. Porque la película calla un hecho que es muy relevante para este contexto: Celibidache autorizó a Sony, pocos años antes de su muerte, la edición en Laser Disc de algunos de sus conciertos brucknerianos con la Filarmónica de Munich. Si la tecnología era tan incapaz de reflejar la realidad de la experiencia musical… ¿por qué sí autorizaba el rumano la grabación con imagen? Esa autorización para el formato de imagen y sonido desmonta por completo el “mito” de que rechazaba las grabaciones porque no reflejaban la experiencia musical o, porque como apunta en la rueda de prensa de Turín, cuando se hace cargo de la Sinfónica de la RAI en la ciudad, “escuchar repetidamente una grabación es como hacer el amor con una foto de Marilyn Monroe”. No, lo que asoma en esta monumental contradicción, que la película no menciona (solo se cita, en los títulos de crédito, la edición póstuma, en CD, de grabaciones de conciertos por parte de EMI y DG, autorizada por sus herederos, pero no hay una sola mención a los videos de Sony, autorizados por el propio Celibidache) es que el trasfondo, en realidad, se acerca más al de un narcisista irredento.
Por lo demás, la película retrata también el mencionado ánimo perfeccionista, su obsesión por el sonido, su meticulosa exigencia de ensayos y su cercanía al budismo zen. Pocas trazas, por desgracia, apenas alguna insinuación, sobre el tema de la fenomenología que tan importante lugar ocupaba en su manera de acercarse a la música. El filósofo aparece aquí, pero en mucha menor medida que otros de sus rasgos.
La película no es un panegírico incondicional. Aunque se omitan severas contradicciones (la más evidente, la de los videos), el retrato tiene, naturalmente, mucho de admiración hacia el gran maestro que fue y a lo inolvidable de lo que ofreció y nos dejó. Pero tampoco elude dibujar el lado que inspira más rechazo, el de esa arrogancia insufrible y el trato, demasiadas veces desagradable, hacia otros colegas y alumnos. La interpretación, tanto la de Malkovich como la de Schnetzer, es estupenda. Un buen documento, un buen retrato del personaje, con alguna que otra concesión a la dramaturgia y astuta evitación de retratar contradicciones, que complementa bien los documentales, muy valiosos, que existen sobre el maestro rumano y su forma de trabajar.
Rafael Ortega Basagoiti
The Yellow Tie. Guión: Serge Ioan Celibidache, James Olivier. Director: Serge Ioan Celibidache. Reparto: Ben Schnetzer (Sergiu Celibidache joven), John Malkovich (Sergiu Celibidache mayor), Ewan Horrocks (Celibidache niño), Sean Bean (Demostene Celibidache), Kate Phillips (Ioana, esposa de Celibidache), Miranda Richardson (Iona mayor), Charlie Rowe (Miki). 2025.


