SEVILLA / Kopatchinskaja o un acontecimiento extraordinario, por Ismael G. Cabral

SEVILLA / Kopatchinskaja o un acontecimiento extraordinario, por Ismael G. Cabral

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 24-I-2019. Patricia Kopatchinskaja, violín. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director: John Axelrod. Obras de Rossini, Chaikovski y Strauss.

Ismael G. Cabral

A

lgún descuido inexplicable nos había privado durante años de la presencia en el Teatro de la Maestranza de la violinista Patricia Kopatchinskaja. Ha sido el actual director de la Sinfónica de Sevilla, John Axelrod, el primero en cursar la invitación a una de las intérpretes más absolutamente provocadoras y fascinantes de nuestro tiempo. Es posible que no sea exagerado afirmar que, junto con el ya muy veterano (¡y muy activo!) Irvine Arditti, Kopatchinskaja forme parte del mismo vórtice. Como el inglés, la moldava genera nuevo repertorio y repiensa las obras icónicas de la modernidad para su instrumento (Stravinsky, Berg, Schoenberg, Ligeti…) ofreciéndoles una luz nueva.

Comprometida de forma intensa con la creación contemporánea, también lo está sin embargo con el repertorio clásico. Ella entiende como nadie (bueno, como nadie no, también están, pero en la batuta, los Immerseel, Norrington, Segerstam, Currentzis, Dausgaard…) que el repertorio necesitaba urgentemente ser replanteado, reinterpretado, desnudado de la pátina de excesos de las costumbres interpretativas de la segunda mitad del siglo XX. Había que quitarle las enaguas románticas. Música vieja para oídos nuevos, usado el término viejo con un ademán de respeto.

Y, en fin, que llegó Kopatchinskaja a Sevilla, decíamos, con el Concierto para violín de Chaikovski. Triunfó tanto que el programa sexto de abono de la temporada se convirtió, como quien no quiere la cosa, en un acontecimiento extraordinario. Por eso ya porfiamos próximas invitaciones a la ciudad, acaso con encargos interpretativos más de nuestro tiempo, ojalá. La intérprete forzó a las huestes de Axelrod a seguirla a pie juntillas. Esto añadió un plus de vivacidad a una música, maravillosa, tantas veces escuchada.

La Sinfónica se mimetizó con la solista, con su violín espasmódico, con su sonar recargado de aceleraciones y desaceleraciones, con su vibrato casi barroco, con sus sorprendentes staccati. Nadie como ella logra comunicar tan bien la partitura que no solo tiene en la cabeza, la tiene (la tuvo) delante; inequívoca herencia de la intérprete contemporánea. Si el primer movimiento, Allegro moderato, devino en un prodigio de expresividad, la Canzonetta alcanzó instantes memorables, merced a un sonido pequeño, ligero, de sana rusticidad, con afilados roces y fieramente humano (tan frágilmente humano como el creador de esta música). El Finale se tornaría áspero y brillante, fogoso, un punto desbocado, excelentemente secundado por la Sinfónica. Luego, Kopatchinskaja regaló Crin, de Jorge Sánchez-Chiong, miniatura contemporánea, divertimento con aires de slapstick. Fabuloso todo.

Antes la obertura de Guillermo Tell de Rossini había sonado con buen pulso, con todo en su sitio, aunque nos pilló algo distraídos, pendientes como estábamos de la aparición de la gran violinista moldava. En la segunda parte Axelrod edificó una soberbia mole, Una sinfonía alpina, de Strauss. Como tocados por la consciencia de protagonizar un concierto mayor todos los profesores de la ROSS se empeñaron a fondo en la construcción de este macizo sinfónico. Fue desgranado con meridana claridad y sin descuidar los oasis camerísticos que se cuelan en medio de un fresco orquestal que el director norteamericano expuso con especial atención a los leitmotivs, con un sentido de la epicidad muy presente, pero también con un gótico dramatismo en un final cuyo silencio dramáticamente prolongó.