Khatia Buniatishvili: ‘Beethoven universaliza el amor’

Khatia Buniatishvili: ‘Beethoven universaliza el amor’

Sobre el atento pensamiento de aquel que crea arte como algo connatural a su ser, Khatia Buniatishvili (Batumi, 1987) ha conseguido lo que muchos ansían: acercar la música clásica a nuevos públicos mediante una nueva forma de comunicar. Mañana martes 29 de octubre la pianista georgiana debuta en el ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo con un programa dedicado íntegramente a Beethoven, como preludio a los fastos que en 2020 celebrarán los 250 años de quien sin duda puede ser considerado como el compositor más popular de la historia.

¿Cuál es su primer recuerdo musical?

El primer recuerdo sólido es de cuando tendría seis años, escuchando el Requiem de Mozart. Mis recuerdos anteriores son más vagos, se difuminan más en mi memoria.

Usted ha crecido en un ambiente familiar donde la música y el resto de las artes eran parte de su día a día. Esto le habrá ayudado a pensar muchas veces sobre el sentido de la música y sus límites. ¿Trasciende el hecho musical al ser humano?

No creo que lo trascienda, pero sí que se encuentra en su límite. Aun así, la fantasía, las emociones, los sentimientos, son realidades ilimitadas. Muchas de las grandes obras del repertorio están compuestas por personas capaces de alcanzar ese nivel máximo de entendimiento musical. Mediante su música nos recuerdan que nuestras capacidades mentales, emocionales y artísticas carecen de límites. La paradoja de todo esto se da al darnos cuenta de que también somos seres finitos, mortales; la música es el recuerdo continuo de esa paradoja.

¿Cómo encuentra usted el equilibrio entre la técnica y el sentimiento?

Debe surgir de manera natural. Si no existe una conexión entre la técnica y las emociones no es posible hacer música, y mucho menos hacer arte.

¿Cómo se consigue esa conexión musical?

Es algo que siempre está ahí, aunque nunca le hayas prestado atención. Es como si te pregunto: ¿cómo aprendes a amar? Nadie te enseñó, pero sabes hacerlo, porque algo dentro de ti te lo ha enseñado. En el arte, en la música, esa conexión siempre está ahí, y uno mismo va aprendiendo a desarrollarla, a modificarla, a expandirla…

Recientemente ha grabado un disco centrado en el universo de los Impromptus y las Sonatas de Schubert. En Madrid presenta un programa con cuatro de las más populares sonatas de Beethoven. ¿Qué diferencias encuentra entre ambos?

Todo lo que ocurre en la personalidad musical de Schubert —entendiendo personalidad musical como el discernimiento que hago a través de su música, pues no tuve el placer de conocerlo personalmente— está en un nivel de profunda intimidad, y es expresado desde la perspectiva de una persona introvertida. Su música rebosa amor, muchas veces un amor oculto que no ha sido compartido con el resto, o incluso rechazado. Beethoven, por el contrario, coge este amor y lo hace universal. Busca conectar con el resto, hacerte sentir partícipe de su obra. Es como si estuviera luchando por los derechos humanos a través de su música, favoreciendo a esa unión entre las personas.

Pese a no ser música programática, cada una de estas cuatro sonatas de Beethoven (Patética, Appassionata, Tempestad y Claro de luna) parece contarnos una historia repleta de luces y sombras. ¿Cómo se sumerge en estas cuatro atmósferas musicales sin que suenen todas igual?

Beethoven posee esa magia que te permite encontrar diferentes ápices de amor en fragmentos ínfimos de música. Por lo tanto, el acercamiento a cada una de las cuatro sonatas ha de ser diferente. Dentro de su universo musical, hay algo recurrente que parece augurar el futuro de su obra cumbre, y es que en cualquier fragmento de su producción podemos escuchar los primeros ecos de la futura Novena sinfonía. Ese espíritu de la Novena que, aunque todavía no haya sido compuesta, ya está viviendo en su música. Por otro lado, Beethoven es un compositor de contrastes. Expresaba su sentir de una forma muy directa. Escuchamos momentos de gran intimismo, en donde se puede apreciar ese amor universal hacia el mundo, y otros que rebosan de ira, en los que parece que las fuerzas de la naturaleza se alían para para desencadenar una gran tormenta musical. Esa ira muchas veces muestra el amor que sentía y que no era comprendido por sus coetáneos. Él buscaba un bien universal mediante su música y le frustraba en exceso que esta utopía del bienestar que ansiaba no fuese del todo comprendida. La lucha de contrastes entre la ira y lo íntimo está presente en cada una de sus sonatas, y es parte de su alma musical.

Pasar de la ira a la tranquilidad y el intimismo en cuestión de segundos suena complejo…

Sonará muy tópico, pero el secreto está en vivir cada uno de estos sentimientos en el momento adecuado. En cada obra que interpreto intento siempre vivir ese preciso instante. Podrás estar de acuerdo con mi interpretación o no, con lo que siento, con lo que hago, pero la verdad es que siempre intento ser sincera conmigo misma y mostrar cómo soy y de qué forma canalizo todas las emociones que me aporta la obra. La música que interpreto ocurre conmigo y en mí.

Su vida como concertista internacional se basa en el viaje continuo. Nuevos auditorios, nuevos hoteles, nuevas ciudades… ¿Todo este trajín no le sumerge en ciertos momentos de soledad profunda?

Sí, lo hace. Pero en realidad, el ser humano tiene que lidiar con esos momentos de soledad pues somos seres bastante solitarios —incluso nuestros propios pensamientos son instantes de soledad—. Lo bello de todo esto, es que tenemos la capacidad de salir de nuestra burbuja para conectar con otras personas. Esto realza la belleza que podemos encontrar en nuestra soledad más íntima. Conectar con otros para salir de nuestros pensamientos es una elección propia que siempre está ahí. Siempre existe una forma de encontrar una conexión con la gente que nos rodea, tan solo hay que observar para comprender la forma de construirla. El arte de por si es una conexión que realizamos con nuestros pensamientos, con nuestras fantasías, para, de esta forma, conectar con el resto de seres humanos.

Podríamos interpretar entonces una partitura como uno de esos ejercicios de soledad para conectar con el resto de individuos… ¿Dónde está su límite artístico?

El límite de una partitura reside en el intérprete. Las partituras son obras de arte infinitas, creadas por genios cuya comprensión de la vida y del mundo carecía de fin. Un intérprete con unas miras finitas dotará a la partitura de estos límites, y solo cuando se haya desprendido de ellos podrá sumergirse en la infinitud de posibilidades, matices, instantes… que ésta puede aportarnos.

¿Sigue algún ritual antes de salir a un concierto?

Tengo pequeños ritos personales que suelo hacer, como echarme una pequeña siesta antes o mirarme a un espejo para encontrar una conexión conmigo misma. Mirarme a los ojos y sentir que estoy presente, que soy un cuerpo material que, en cuestión de segundos, necesita conectarse a lo inmaterial de mis pensamientos, de mis sentimientos, de la música que voy a interpretar… Aun así, en cada concierto siempre tengo la sensación de ser una principiante, con esa incertidumbre de nunca saber cómo se desarrollará. Nunca he tenido una receta concreta que me asegure que un concierto saldrá bien, pero suelo fiarme de mi intuición mientras me alimento de la energía que durante el concierto me aporta el público.

De los pianistas del pasado, ¿cuáles son sus referentes?

Me gusta Rachmaninov como pianista, Horowitz, Gould, Richter… Depende también de qué grabación escuche. Aun así, pienso que todo aquel que ha perdurado en el tiempo tiene algo que contar. La vida nos enseña que nada es para siempre, y que por mucho que pensemos que algo es permanente, sigue siendo efímero en la historia del universo. Lo que admiro de estos artistas es que, dentro de su finitud, son generosos en el legado que nos han dejado. Y aunque materialmente ya no estén con nosotros, nos recuerdan que el arte consiste en dar y no en recibir, en compartir, en mostrar lo infinito del ser humano…

¿Cree que la industria de la música clásica ha envejecido de peor forma que la de la música pop?

La música, por desgracia, se ha transformado en una industria que se alimenta de números. No diría que la industria ha envejecido si no que se está esterilizando a sí misma. Las nuevas tecnologías favorecen —de forma positiva— que la música encuentre nuevos caminos de comunicación, lo que muchas veces castra las ventas de la industria musical. Mediante la globalización de datos, cualquiera puede acceder a grabaciones tanto de pianistas antiguos como de mi generación, y así comienza a surgir mucha gente que copia o imita lo que hacemos. La música hoy en día consiste en copiar. Por suerte hay todavía artistas que tienen algo único que aportar, algo profundo, que muestra cómo son ellos realmente. Lo importante al final es que exista una libertad creativa, incluso dentro de la propia copia y, sobre todo, que el público aprenda a discernir qué es auténtico y que no.

¿Alguna vez la música le ha hecho sentir miedo?

Erwartung de Schoenberg es la pieza que más pánico me ha hecho sentir jamás. Me desveló esa genialidad de Schoenberg capaz de manipular tus sentimientos, mostrándote una cara de la música que creías imposible. Pensamos que la música ha de conmovernos, pero no hasta el punto de hacernos sentir un pavor absoluto.

¿Qué consejo le daría a cualquier joven que quisiera emprender una carrera musical?

Lo primero es estar seguro de que amas lo que quieres hacer. Desarrollar una carrera artística va más allá de las ventas, la fama o el dinero. El arte es la creación más preciada que posee el ser humano y dedicar tu vida al arte implica ver más allá de lo material. El arte para el artista es aquello que le demuestra que está vivo, que es un ser material en su cuerpo e inmaterial en su mente, y la unión de estas dos realidades se expresan mediante la creación artística. Cuando estás seguro de que amas lo que van a hacer, debes encontrar tu propia forma de hacerlo. Nada es más valioso que tu aportación única como individuo. Eso es lo importante del arte. Mostrarte a ti como un ser único, y encontrar la forma de hacerlo siendo fiel a quién eres. El músico ha de saber qué quiere el compositor de él, qué esperan sus maestros, el público… pero, sobre todo, qué es lo que uno mismo quiere. Esa es la lección más importante que cualquier músico debe aprender.