Jörg Widmann, el hilo invisible de la genialidad

Jörg Widmann, el hilo invisible de la genialidad

Un cuento de hadas puede ser algo inquietante y aterrador. Una especie de sismógrafo de los miedos contemporáneos. Lo sostenía, el pasado 24 de febrero, el compositor y clarinetista Jörg Widmann, a la salida de su concierto en el Palau de la Música Catalana. Y no se refería a su propia obra, Es war einmal…, como a las Märchenerzählungen op. 132, de Schumann. Una composición tardía donde algunos vieron una música incongruente como primera manifestación neurológica de la sífilis del compositor, y otros, como Widmann, una ventana hacia el presente. Una forma de seguir avanzando musicalmente.

Me encontraba en Barcelona para una charla con la violista Tabea Zimmermann, que acaba de obtener el prestigioso Premio Ernst von Siemens. Y decidí quedarme a su concierto en el Palau junto a Widmann y la joven pianista Annika Treutler, que había sustituido in extremis a su colega Dénes Várjon. Se trataba del primer recital de la residencia de Widmann en el Palau barcelonés. Un magnífico programa donde su música dialoga con Schumann y Mozart. Pero servida en una combinación camerística tan excepcional como delicada y homogénea. Clarinete, viola y piano, es decir, un representante de cada familia instrumental de cámara (viento, cuerda y teclado) en un juego que Luis Gago retrata idealmente, en sus notas al programa, como un “tres en ralla” musical.

No pensaba escribir nada sobre este concierto, pero las palabras y los sonidos de Widmann (y de Schumann o Mozart) han seguido revoloteando en mi cabeza. Hablo de uno de los músicos más interesantes y creativos del presente. Un artista que nunca defrauda en sus múltiples facetas, ya sea como instrumentista y compositor, en que suele ser ya habitual en los escenarios españoles. Pero tampoco es menos interesante como director de orquesta, que veremos la próxima temporada al frente de la Orquesta Nacional de España. E incluso como conferenciante, cuya intervención inaugural en la Beethoven-Woche de Bonn, del pasado 17 de enero, tengo entre las charlas más brillantes y apasionadas que he escuchado sobre música.

Hace tres años, en abril de 2017, cubrí en El País su primera residencia en España, en el Centro Nacional de Difusión Musical con la première de su Quinteto con clarinete. Y le pedí una cita para conocer detalles precisos acerca de su nueva obra. Hablamos más de una hora en la cafetería del Hotel NH Nacional, a donde acudí con los deberes hechos; no sólo había escuchado varias composiciones suyas, partitura en mano, sino también leído las principales monografías sobre su vida y obra, como el libro de conversaciones con Markus Fein (Schott, 2005) y el estudio de Siglind Bruhn sobre su música (Gorz, 2013). Pero me encontré a un músico que desarmaba por su sencillez e inteligencia. Alguien con la asombrosa capacidad para hacerte amar la música que le fascina. Y nuestra conversación, que después convertí en mi primera entrevista en las páginas de Scherzo, fue siempre de Mozart, Brahms o Boulez hacia su propia música. Nunca al revés.

Widmann posee una asombrosa capacidad para ver al trasluz cada obra musical del pasado. Para meterse en la cabeza de otros compositores y detectar ideas que trascienden lo escrito. Para tirar del invisible hilo de la genialidad. Además, como intérprete, puede traducir sus pensamientos en momentos musicalmente inolvidables. Y transformarlos, como compositor, en nuevas creaciones propias que renacen en el presente y conectan con el futuro. Pude constatarlo, en 2017, en el Quinteto con clarinete, de Brahms y de Mozart, que tocó con el Cuarteto Hagen junto a su propio quinteto. Pero también ahora, con las Märchenerzählungen (“Cuentos de hadas”) de Schumann, y su obra Es war einmal… (“Érase una vez…”) que escribió, en 2015, pensando en Schumann y su fascinación por los cuentos de hadas. En esos personajes arquetípicos y frases hechas, aunque también en esa capacidad que tienen para conectar con las preocupaciones del presente. Pero esta obra es, al mismo tiempo, un ejemplo de exaltación de la amistad. Escrita para la misma formación de trío con clarinete, viola y piano que cultivaron Mozart y Schumann en un entorno íntimo y doméstico. Y, en su caso, para compartirla con sus amigos Tabea Zimmermann y Dénes Várjon.

El compositor alemán salía visiblemente entusiasmado, junto a Zimmermann y Treutler, de su concierto en el Palau de la Música Catalana. Era su primera vez en esta mítica sala donde, según recordaba, se produjo el estreno absoluto del Concierto para violín “a la memoria de un ángel”, de Alban Berg, en abril de 1936. La conversación prosiguió frente a una cerveza en Tosca, un conocido local de tapas ubicado frente a la histórica sala de conciertos barcelonesa. Widmann retomó sus impresiones acerca del estilo tardío en Schumann. Y habló de su fascinación por el Lebhalft, sehr markiert (“Animado, muy marcado”), el último cuento de hadas del referido op. 132. Una pieza donde la recargada escritura del piano contrasta con la conversación que mantienen la viola y el clarinete. La distancia se incrementa en la sección central, escrita en sol bemol mayor. “Aquí, Schumann insiste en un latido nervioso en el piano que me resulta muy inquietante”, aseguraba.

Esa sección cobra un interesante protagonismo en la magnífica grabación que hicieron Widmann, Zimmermann y Várjon para Myrios Classics, en 2015. Pero, en el recital del Palau, sonó todavía con mayor carga de profundidad. Y el melodioso discurso entre el clarinete y la viola se empapó de la esquizofrenia del piano. El referido latido nervioso se sintió más que nunca, aunque siempre dentro de una admirable compostura musical. Y algo similar sucedió, al principio, en el Lebhalft, nicht zu schnell (“Animado, no muy rápido”) con la inquietud que se contagia desde el piano, al querer avanzar más deprisa que los otros dos instrumentos. En esta obra casi nada es lo que parece.

La pianista Annika Treutler fue capaz de suturar, con maestría, la herida que supone cualquier sustitución de última hora en un conjunto camerístico consolidado. Y su excelente labor fue a más, si cabe, en la compleja obra de Widmann. Los cuentos de hadas, como reflexiones contemporáneas, han encontrado una renovada presencia en el teatro de ópera en las últimas décadas, desde La cerillera, de Lachenmann, y Blancanieves, de Holliger, hasta la reciente La reina de las nieves, de Abrahamsen. Pero no han sido habituales en el ámbito camerístico. Y el compositor alemán los sazona, además, con su propia visión del estilo tardío en Schumann, es decir, una música aparentemente sencilla y asequible, pero plagada de ambigüedades, contrastes y colapsos.

Fue algo que sentimos desde la primera de las cinco piezas que componen Es war einmal…, de Widmann, que empieza in media res y donde la sencillez se emborrona por momentos, para regresar como un eco. En Barcelona, impresionó la tercera pieza, titulada Die Eishöhle (“La cueva de hielo”), con esa psicodelia de las técnicas extendidas en los tres instrumentos que hacen sentir cómo el frío se adueña de la sala. Pero también la cuarta, Von Mädchen und Prinzen (“De doncellas y príncipes”), donde regresa el calor mezclado con humor y melancolía.

El momento cumbre del concierto, a nivel musical, lo protagonizaron Tabea Zimmermann y Annika Treutler, al comienzo de la segunda parte. Fue el Langsam final de las Märchenbilder op. 113, de Schumann. Una vaporosa recreación sonora de La bella durmiente, desde la viola, magistralmente arropada por el piano. Widmann se unió a ellas dos, para terminar, con el Trío en mi bemol mayor K. 498, “Kegelstatt” (“De los bolos”), de Mozart, que inauguró la formación camerística de clarinete, viola y piano. Nació, según parece, en el ámbito doméstico del jardín de la mansión de los Jacquin, en el verano de 1786, y durante una partida de bolos. En el estreno, Anton Stadler tocó el clarinete, el compositor la viola y su discípula Franziska von Jacquin el piano. Una composición donde Mozart renuncia al virtuosismo en favor de la profundidad expresiva y la erudición del contrapunto. Y donde parece explorar los mismos contrastes y colapsos que más tarde escucharemos en Schumann y Widmann. En la referida conversación, tras el concierto, también hablamos de la desconcertante modernidad de esta obra, llena de sorprendentes excursiones al modo menor, que brillaron con luz propia durante el concierto. Así sucedió, por ejemplo, con el trío cromático en sol menor, del Minuetto, o en ese jirón que supone el episodio en do menor, del Rondeux final, con la viola tocando una asombrosa figuración barroca en ritmo lombardo.

Widmann y Zimmermann también me confesaron que habían grabado esta obra de Mozart para Myrios Classics. Y que se lanzará, próximamente, junto al Divertimento K. 563 para violín, viola y violonchelo, con Daniel Sepec y Jean-Guihen Queyras. La conversación discurrió por muchos otros temas musicales, relacionados con Beethoven, Brahms o Mahler. Hacía una noche de febrero francamente agradable en Barcelona.