Jesús Ruiz Mantilla: “Al final Kraus le ha ganado la partida a Domingo”

Cuenta Jesús Ruiz Mantilla (Santander, 1965) que su último libro nace de una ‘obsesión redundante’ por el divismo en todas sus acepciones, “a menudo conjugadas desde la ambigüedad del doble sentido, pero siempre mutables y en constante evolución”. De ahí que fuera preciso, asegura, preguntar directamente a quienes hoy ostentan el título, a veces a su pesar, desde el convencimiento, expresado en las primeras páginas de Divos (Galaxia Gutenberg), de que ser cantante hoy resulta mucho más complejo que en el pasado. En sus tres décadas como cronista musical, el escritor y periodista ha ido recopilando una serie de reflexiones sobre el talento, la pureza, la fama y el poder, en su mayoría extraídas de entrevistas publicadas en El País, para resolver una tríada dialéctica (gloria, miseria, vigencia) que abarca cuatro generaciones de cantantes.
No queda claro, después de leer el libro, si el divismo se procura o se cura.
Todo depende de cómo se mire. El divismo, por definición, hace referencia a una condición sobrehumana y a un talento superlativo, pero estos atributos, mal gestionados, pueden acabar corrompiendo al portador.
¿Cuándo diría que empezó a corromperse el término?
Ya en la época de los castrati podemos diferenciar claramente entre el arte noble de Farinelli y la depravación moral de Caffarelli. El siglo XX fue especialmente proclive a la mitificación, y sus nocivos efectos, pero si hoy vivimos una nueva edad dorada de la ópera es porque entre las nuevas generaciones de cantantes impera un pensamiento antinostálgico como reacción al mal ejemplo de algunos de sus predecesores. Hoy el talento ha de venir revestido, necesariamente, de otras cualidades que no desmerecen en ningún caso el rigor ni la calidad.
A pesar del optimismo declarado del prólogo, el libro respira un cierto aire de postrimería. ¿Vivimos realmente en una nueva edad dorada de la ópera?
Las normas han cambiado. Quienes trataron de seguir los pasos de los Tres Tenores se dieron cuenta de que esa clase de superhombre que representan Domingo y Pavarotti entraña no pocos peligros. Se podría decir que al final Kraus ha ganado la partida: la de la calidad frente a la cantidad, la de la vocación frente a la ambición desmedida. Bartoli encarna los mejes atributos de una época, la nuestra, de verdadero esplendor.
Y, sin embargo, asegura que los cantantes de hoy lo tienen más difícil.
Mucho más. Por la competencia y el grado de exposición en redes sociales. También por las exigencias artísticas, que trascienden las capacidades vocales y requieren de una preparación en otros ámbitos, ya sea como actores de método o incluso como gimnastas si nos atenemos a ciertos montajes digamos excesivos. Es una batalla encarnizada.
¿Qué ha descubierto de los divos al unir las piezas de todos aquellos encuentros, al darle a las entrevistas la continuidad de una biografía sintetizada?
El tiempo y la distancia me han permitido percibir en ellos una profunda conciencia de fragilidad que, en muchos casos, se me pasó por alto, pues estaba demasiado cerca del fenómeno. Al volver a leer algunas de sus respuestas me he dado cuenta de que todos sentían un miedo atroz a perder lo más valioso, esto es, la voz.
¿Han ayudado cantantes como Camarena a desterrar el estigma de las lesiones vocales?
Cada cantante es un mundo. Creo que cuando uno es honesto y no esconde sus problemas o limitaciones el público lo valora y hasta lo agradece. Es el caso de Camarena o de Carlos Álvarez. Villazón, por el contrario, se empeñó en ser alguien que no era y lo pagó caro. Kaufmann está ahora en un punto de inflexión en el que debe asumir la medida de sus posibilidades y reconducir su carrera. Netrebko representa para mí el mejor ejemplo de reinvención al máximo nivel. Después de dar a luz, asumió un riesgo y cambió de repertorio drásticamente.
¿Y por qué alguien que tiene tan claro quién vale y quién no reniega tan abiertamente de la crítica musical?
A mis alumnos de periodismo les digo que la crítica musical ha muerto, pero que todavía podemos resucitarla a través de la crónica cultural, que alberga en sí misma otros géneros, como el reporterismo o la entrevista, y que, sin renunciar a la opinión contrastada, resulta mucho más cercana y gratificante para el lector.
Y, dígame, ¿qué pintan Gerard Mortier y Peter Gelb en el apéndice del libro?
La ópera es un coto de poder en el que confluyen muchos intereses, no todos musicales, y me parecía que para poder ofrecer una perspectiva de futuro sobre el divismo no podía pasar por alto la visión global de grandes gestores, como Gelb, o de intelectuales de la talla Mortier. Porque al final para que un divo llegue a serlo debe pasar primero por los despachos.
Se comprometió a no volver a escribir sobre Domingo y, sin embargo, le dedica un capítulo completo.
Me habría encantado escribir de él en pasado y no en presente. Pero las circunstancias son las que son y obedecen a una batalla ideológica absurda que trata de justificar y hasta de encumbrar lo que cualquiera con un poco de oído calificará de piltrafa artística.
Pero a Domingo no se le ha cancelado por su rendimiento como cantante, sino por unas acusaciones graves vertidas en los medios de comunicación…
Tal y como yo lo veo, el Ministerio de Cultura juega a la doble moral. Por un lado no quiere verse salpicado por el escándalo y, por el otro, autoriza su regreso al Teatro Real por la puerta de atrás. Domingo se ha dejado manipular por el entorno de Ayuso y aledaños. No se da cuenta de que sus verdaderos amigos eran los que le señalaban la puerta de salida.
¿No le parece incongruente censurar el recital de Domingo, fuera de la temporada del teatro, y celebrar al mismo tiempo el fichaje de Netrebko para las funciones de Aída?
Para mí el caso Netrebko no tiene punto de comparación con el de Domingo, cuyos desmanes son más que conocidos dentro del gremio. Podría estar de acuerdo en que, mientras no haya una sentencia en firme, se le dejara cantar donde quisiera siempre y cuando cumpliera con los requisitos mínimos de calidad que se le exigen a los demás.
Benjamín G. Rosado


