Jessye Norman, un árbol para la eternidad

Jessye Norman, un árbol para la eternidad

Llegó a Múnich, en septiembre de 1968, para participar en el prestigioso ARD-Musikwettbewerb, el concurso internacional de música de la radio bávara. Tenía 23 años y era uno de los talentos musicales que había becado el gobierno estadounidense para viajar a Europa. Una joven volcada en su formación como cantante, que cursaba un máster en la Universidad de Michigan, con el legendario barítono francés Pierre Bernac. Pero también una mujer afroamericana, orgullosa de sus orígenes, que había crecido en el estado de Georgia durante la segregación racial. Esos tres aspectos –el manejo de un excepcional talento, la preocupación por aprender o una incansable lucha contra el racismo– se concitan en las memorias de Jessye Norman, ¡Stand Up Straight and Sing! (HMH Books), cuyo título recuerda aquello que su madre siempre le decía ante su manía de ladear la cadera: “¡Ponte derecha y canta!” Su inesperado fallecimiento, el pasado 30 de septiembre en Nueva York, a los setenta y cuatro años, anima a revisar este libro para comprender la atípica trayectoria de una de las voces más excepcionales e inclasificables de la música clásica en las últimas décadas.

El libro pasó en su día bastante desapercibido en los medios, aunque también cosechó alguna crítica furibunda. Rupert Christiansen afirmó, en The Telegraph, que era un “ajuste de cuentas” y lo tildó de “autocomplaciente”. ¿Y qué libro de memorias no lo es, en mayor o menor medida? Pero este crítico británico deslegitimó su propia opinión al oponer, drásticamente, la admiración que sentía por el arte de la cantante y su personal aversión por la diva, tras una “desagradable” entrevista con ella en Nueva York. Norman no debía ser una persona fácil en las distancias cortas. No obstante, ella misma deja bien claro lo poco que le agradaban los críticos. En el capítulo titulado “El racismo, algo que vive y respira” describe un breve y desafortunado encuentro con varios críticos en una fiesta navideña. Y añade lo siguiente: “Nunca pensé que fuera sensato fraternizar con aquellos cuya labor les exige juzgar el trabajo de otros (…). Una no desea dar la impresión de favoritismo mediante la interacción social con los críticos, o presentarse como abierta a sus ideas e influencia”.

Estas memorias son un admirable ejercicio de sinceridad y sencillez de una de las últimas divas de la música clásica. Cuando las publicó, en 2014, Norman ya lo había conseguido todo, tanto a nivel artístico como vital. Una demócrata convencida que confiesa la ilusión que le produjo recibir la Medalla Nacional de las Artes, en 2009, de manos del presidente Barack Obama, junto a otros artistas como John Williams, Michael Tilson Thomas o Bob Dylan. Y una afroamericana comprometida con la justicia social que recibió, en 2013, con “sorpresa y orgullo”, la Medalla Spingarn, la máxima distinción que concede la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP). Por supuesto que por este libro desfilan los principales actores de su vida como cantante, pero le mueve más su deseo de honrar a su familia, revelar su infinita curiosidad y dirigirse a los jóvenes. En sus páginas no encontraremos ninguna concesión innecesaria a su privacidad sentimental, pues a Norman nunca se le conoció un affaire amoroso, ni tampoco se casó o tuvo hijos. Y el libro –eso sí– tiene muchos flecos. Un ejemplo es su relación con España que se limita a una referencia cruzada e innecesaria al Hotel Arts Barcelona.

Pero volvamos a la breve consideración sobre su biografía objeto de este artículo. Norman venció, contra todo pronóstico, en el referido concurso de Múnich de 1968. La experiencia la transformó: “Ya fuera a pesar o a causa de los jueces, pero yo no era la misma joven que había abandonado los Estados Unidos unas semanas atrás”, confiesa. No sólo se sobrepuso a la presión del jurado, que le obligó a cambiar de acompañante en la segunda ronda, sino que llegó a plantarle cara cuando le propusieron cambiar su aria de Tannhäuser en la actuación final. De todas formas, el testimonio más revelador lo encontramos, poco después, cuando relata una entrevista con un periodista alemán que le preguntó dónde podría encajar su voz, a la vista de que cultivaba un repertorio con obras para contralto y mezzo junto a soprano lírica y dramática. Su respuesta fue inequívoca: “Perdóneme, pero creo que los casilleros tan sólo resultan confortables para las palomas”.

Ese concurso, y todo lo que lo rodeó en forma de viajes y recitales, fue su primer contacto con Europa. Y resultó determinante para una cantante que siempre recordaremos por sus grabaciones de repertorio vocal francés y alemán. Pero el evento decisivo para impulsar su carrera se produjo, en mayo de 1969, en Nueva York. Norman participó en una audición frente a veinte directores artísticos de teatros de ópera. Y obtuvo la oferta de Egon Seefehlner para debutar en la Deutsche Oper de Berlín, en diciembre de ese año. “A menudo digo que crecí en Berlín”, escribe varias veces en su libro, “pues fue allí donde llegué a comprender, más completamente, que el mundo estaba hecho de mucho más de lo que había imaginado o estudiado”. Su breve etapa berlinesa, de 1969 a 1974, conforma uno de los mejores capítulos de sus memorias. Allí escuchó música al máximo nivel, con la Filarmónica de Berlín y Herbert von Karajan en la Philharmonie. También frecuentó el Teatro Schiller, para escuchar Shakespeare en alemán. E incluso conoció las novedades escénicas del pionero del Regietheater, Walter Felsenstein, en el escenario de la Ópera Cómica, en Berlín Oriental. Precisamente, su insaciable curiosidad y activismo le llevó a cruzar, de un lado al otro del muro berlinés, y ofrecer su ayuda a sus colegas de la RDA, con todos los riesgos que ello comportaba, también para una ciudadana estadounidense.

Es una lástima que no hable mucho de las producciones que cantó en esos años en la compañía operística de Berlín Occidental. Relata que comenzó como Elisabeth, en Tannhäuser, dando el relevo a la gran Elisabeth Grümmer. Agradece su generosidad, al dedicarle tiempo para explicar la producción, donde tenía que cantar “Dich, teure Halle” mientras bajaba por una pendiente muy empinada, pues en un teatro de repertorio nunca había tiempo para realizar ensayos escénicos en una reposición. También habla de la profesionalidad y cortesía de Dietrich Fischer-Dieskau, cuando coincidió con él como la condesa, en Le nozze di Figaro. En Berlín cantó su primera Aida y nutrió su repertorio operístico como una de las grandes soprano lírico-spinto del momento.

En esos años también realizó su debut en teatros europeos fundamentales como en La Scala, en 1972, con Aida bajo la dirección de Claudio Abbado, y también en el Covent Garden londinense con Les Troyens, de Berlioz. A la Royal Opera regresó, en 1973, como Elisabeth, de Tannhäuser. Pero en el teatro milanés nunca volvió a cantar una ópera. Norman dejó Berlín, en la temporada 1974-75, y se retiró de las representaciones operísticas hasta 1980. Por esa razón, no debutó hasta 1982 en un teatro de ópera estadounidense, o su première en la Metropolitan Ópera no se produjo hasta septiembre de 1983. Precisamente, en el Met encontró su teatro ideal para mantener una carrera intermitente como cantante de ópera y con un director musical ideal, como James Levine, que la comprendía y cuidaba. Allí no sólo cantó todos sus grandes roles operísticos, en más de ochenta funciones, sino que protagonizó alguna proeza inolvidable, cuando compaginó Cassandra y Dido en una misma función de Les Troyens, en febrero de 1984.

Norman optó por bajarse a tiempo de un tren que la conducía hacia al Olimpo operístico de las sopranos líricas y lírico-dramáticas del momento. En sus memorias explica su extraña decisión de despedirse de Berlín, en 1974, abruptamente y sin ningún plan alternativo. Al parecer, pocos meses antes de su renuncia, un ilustre colega, cuyo nombre prefiere omitir, le había dado un consejo durante una grabación: “Tú eres la única que puede cuidar de tu voz. Y también eres la única que puede decir que no”. La cantante se trasladó a Londres y comenzó una carrera de conciertos y recitales, que le permitieron ampliar su repertorio para voz y orquesta, aunque después trabajó algunos títulos operísticos, como Ariadne, en Ariadne auf Naxos, de Richard Strauss, con que regresó a la ópera representada en Hamburgo, en 1980, y que convirtió en una de sus especialidades.

Destacó en óperas con mayor carga vocal que escénica y, especialmente, en el repertorio de concierto con orquesta. En la década de 1975 a 1985, se convirtió en la cantante clásica más relevante en una sala de conciertos. Y, algunos colegas, como Fischer-Dieskau, reconocieron que ninguna mujer había cantado un repertorio tan extenso en cuatro idiomas. Pero ¿qué tipo de voz tenía Norman? Martin Bernheimer la define como “soprano americana”, en el New Grove Dictionary of Music and Musicians. Mientras que Hans Joachim Weber, en Die Musik in Geschichte und Gegenwart, es más difuso al afirmar que es una “cantante”. Entre los múltiples retratos vocales sobre ella, me quedo con lo publicado por Jens Malte Fischer en su clásico Grosse Stimmen: Von Enrico Caruso bis Jessye Norman (J.B. Metzler, 1993). Fischer recuerda los intentos para describir el efecto sorprendente que tenía su voz. Y comenta el famoso oxímoron que tantas veces se utilizó con ella: “una soprano gigantesca de metal aterciopelado”. Desde luego, Norman no fue una especie de Birgit Nilsson. Y su voz tampoco se parecía a Kirsten Flagstad o a Eileen Farrell. En su caso, la exuberancia del registro medio y la profundidad de su tono le aportaron un colorido vocal esponjoso que adoptaba una textura muy particular en el agudo.

Pero Jessye Norman no era una soprano, sino una mezzo. Una cantante con una tesitura increíblemente amplia que le permitió afrontar, con absoluta normalidad, las partes de soprano y mezzo dentro del Réquiem de Verdi. Por supuesto, no es la única cantante con un rango vocal capaz de compaginar Carmen e Isolda. Tal fue el caso de Lilli Lehman y, en cierto modo, también de Maria Callas. Pero Norman añadió, además, una capacidad completamente personal e inconfundible para moldear la dinámica y el colorido, para sombrear con su voz. Lo podemos escuchar en su famosa grabación de la Muerte de Isolda, en Salzburgo, bajo la dirección de Karajan y la Filarmónica de Viena (DG). Siempre eligió cada obra que cantó y grabó con suma inteligencia. Y también se dejó asesorar. En sus memorias confiesa, por ejemplo, que fue Pierre Boulez quien la convenció para cantar obras de la Segunda Escuela de Viena.

Entre sus grabaciones encontramos hitos fonográficos para contralto (la Rapsodia, de Brahms, con Riccardo Muti y la Orquesta de Filadelfia, en Philips) y para mezzo (su Yocasta en Edipo rey, de Stravinsky, con Colin Davis y la Radio de Baviera, en Orfeo). Pero también para soprano lírica (su famosa grabación de los Cuatro últimos Lieder, de Richard Strauss, con Kurt Masur y la Gewandhaus de Leipzig, también en Philips) y hasta para soprano dramática (su asombrosa versión de Erwartung, de Schönberg, con James Levine y la Orquesta de la Metropolitan de Nueva York, en Philips). No obstante, si tuviera que elegir una grabación que reuniese todas sus virtudes, tanto en dominio técnico, color vocal, musicalidad y perfecta dicción, me quedaría con el registro del Poème de l’amour et de la mer, de Chausson, con Armin Jordan y la Filarmónica de Monte-Carlo (Erato).

En sus memorias, Jessye Norman no habla mucho de su legado. Tampoco de la muerte, aunque sí de la reencarnación. En uno de los pasajes más entrañables del libro, recuerda una conversación con su padre, Silas Norman, un gerente en una compañía de seguros de Augusta, pero también un presidente en la junta de diáconos de la iglesia cristiana de la localidad. La niña Jessye sentía predilección por el árbol del patio trasero de su casa. Le parecía un compañero de juegos maravilloso, al poderse imaginar todo tipo de historias entre sus ramas. Y un buen día, cuando tenía cinco años, le espetó al padre: “Cuando vuelva a la vida me gustaría ser un árbol, porque todo el mundo es feliz con los árboles”. Silas trató de explicar a su hija que los cristianos iban al Cielo cuando han sido buenos, y “a ese otro lugar” cuando han sido malos. Pero la niña insistió, ante la perplejidad del padre: “¡No, papi, volvemos! Regresamos convertidos en otra cosa”. La cantante añade que siempre se mantuvo firme en esa creencia. Y quizá tenga razón. En cierto modo, muchas de sus grabaciones conforman hoy un maravilloso árbol que permitirá seguir disfrutando, para siempre, de su inolvidable voz.