Scherzo | CRÍTICAS / JAPÓN / Inaugurada la 33ª edición del Festival Internacional de Takefu, por Paco Yáñez

JAPÓN / Inaugurada la 33ª edición del Festival Internacional de Takefu

JAPÓN / Inaugurada la 33ª edición del Festival Internacional de Takefu

Takefu. Echizen City Cultural Center. 04-IX-2022. Naoko Yoshino, arpa. Risa Hokomura, Fumika Mohri, Kei Shirai y Kazuhito Yamane, violines. Rachel-Yui Mikuni y Ayako Tahara, violas. Yuya Akamoto, Yuya Mizuno y Michiaki Ueno, violonchelos. Mario Caroli y Tosiya Suzuki, flautas. Kei Itoh, Yuya Tsuda y Junko Yamamoto, pianos. Tomoko Kasai, percusión. Arditti Quartet. Obras de Liszt, Brahms, Debussy, Tournier, Ravel, Telemann, Berio, Lachenmann, Xenakis y Paredes.

La trigésimo tercera edición del Festival Internacional de Música de Takefu alzó su telón el pasado 4 de septiembre, volviendo a convertir a esta pequeña localidad de la costa occidental del Japón en un auténtico hervidero de música contemporánea, gracias a la dirección artística que, un año más, corre a cargo de Toshio Hosokawa, compositor que desde hace casi tres décadas viene apostando en Takefu no sólo por el diálogo entre la música histórica y la actual, sino por tender vínculos entre Oriente y Occidente, algo que caracteriza a buena parte de su creación de madurez.

Además, otro aspecto a destacar en el Festival de Takefu es la exquisita selección de músicos en cartel, que comprende desde figuras consagradas, como el Arditti Quartet (conjunto residente en 2022), a algunos de los mejores intérpretes nipones de nuestro tiempo; muchos de ellos, premiados en los más prestigiosos concursos europeos para sus respectivos instrumentos, algo de lo que tuvimos un excelente ejemplo en el concierto inaugural, en el que los jóvenes nipones han demostrado el porqué de tan numerosos galardones, con su habitual técnica y dominio del mecanismo, como dejó constancia el pianista Yuya Tsuda en la primera pieza del programa, el arreglo lisztiano del Widmung (1840) de Robert Schumann, que desglosó con más atención a la arquitectura de la pieza que a su lirismo, apostando por un ataque de alta precisión.

En un concierto en el que abundaron los movimientos sueltos de obras de gran formato, algunos destellos nos han dejado con ganas de haber escuchado dichas partituras en su integridad: tal fue el caso de la lectura que el violonchelista Yuya Mizuno realizó del ‘Allegro non troppo’ de la Sonata para violonchelo y piano n º1 op. 38 (1862-65) de Johannes Brahms, en una versión portentosa, soberbiamente equilibrada con el piano de una Kei Itoh más en segundo plano para acompañar a este talentoso chelista japonés: perfecto, tanto a nivel técnico como expresivo, con un enorme sonido, unos graves superlativos y un aplomo que impresiona para su corta edad.

También impresionante resultó la versión que Kei Shirai, Risa Hokamura, Rachel-Yui Mikuni y Yuya Akamoto realizaron del tercer movimiento del Cuarteto de cuerda en sol menor opus 10 (1893) de Claude Debussy, con un sentido unitario del sonido y un empaste de un bello impresionismo: recogido y crepuscular. Con una delicadeza que me ha recordado a la versión para el sello Virgin del Quatuor Ébène, no es fácil escuchar en vivo una interpretación tan límpida, cálida y transparente como ésta de Takefu, que dejó a quienes la escuchamos asombrados.

Otra buena muestra de excelencia técnica la tuvimos en la arpista Naoko Yoshino, que en Féerie: Prélude et danse (1912), de Marcel Tournier, nos dejó un revelador ejemplo de esa fascinación que los compositores franceses de comienzos del siglo XX experimentaron por lo oriental, como los propios Debussy y Ravel. El virtuosismo con el que Yoshino desgrana Féerie es tan poético como preciso en cada detalle, algo que me ha recordado a la última ocasión en que pude disfrutar de su enorme talento, en el estreno mundial de los Drei Engel-Lieder (2014) de Toshio Hosokawa.

Cerraron una primera parte de apabullante perfección en cada interpretación Kazuhito Yamane, Fumika Mohri, Ayako Tahara y Michiaki Ueno, que juntos nos regalaron los dos primeros movimientos de un Cuarteto de cuerda en Fa mayor (1902-03) de Maurice Ravel igualmente para el recuerdo, aunque de estilo interpretativo muy distinto al antes escuchado en Debussy. Si en el primero había primado una estática delicadeza, vaporosa y perfumada, en Ravel cada atril ha desarrollado, dentro de una versión muy bien cohesionada, una personalidad definida y acusada, apostando por una mayor velocidad, por realzar los colores tímbricos y por unas dinámicas más contrastantes. Es imposible no destacar, en esta lectura, a la viola Ayako Tahara, simplemente portentosa: intérprete de una delicadeza extraordinaria y de un sonido pleno de lirismo y rigor.

La segunda parte del concierto, que nos condujo a paisajes más contemporáneos, comenzó con Guero (1969-70), de Helmut Lachenmann, tocado por Junko Yamamoto con una precisión impactante en cada técnica extendida de música concreta instrumental desplegada en sus arpegios de uñas al teclado, en sus golpeos a la caja del piano o en sus pizzicati a las clavijas, a pesar de que la amplificación (necesaria en un auditorio de mediano tamaño, como el de Takefu) apenas se hizo notar. En todo caso, quienes nos sentamos en las primeras filas pudimos disfrutar de una calibradísima relación entre ataque y reverberación, así como del escrupuloso respeto de Yamamoto por los estratos de color que conforman Guero, desplegando una textura, un carácter rítmico y un volumen dinámico específicos para cada uno de los contextos musicales que componen esta joya de la reinvención pianística.

En un nuevo diálogo con el pasado, el siempre soberbio Mario Caroli se adentró en las Fantasías para flauta TWV 40 (1732-33) de Georg Philipp Telemann, para demostrar no sólo los fértiles vínculos que unieron al sur y al norte de Europa en el Barroco, sino cómo ese lirismo mediterráneo que Caroli lleva en su sangre puede estar unido a una precisión técnica endiablada, poblando su lectura de sutilezas, lirismo y un sentido del cantabile que, asimismo, ha conducido Mario Caroli hacia la danza y la sensualidad.

En un contraste sorprendente, Tosiya Suzuki se presentó con un instrumento que asociaríamos más a Telemann, como la flauta de pico, para regalarnos una lectura de Gesti (1966) que hubiese deslumbrado a su propio creador, Luciano Berio, por su enorme sentido del humor, su marcadísima gestualidad y una precisión endemoniada, debido a la velocidad que Suzuki ha imprimido (a lo que sumamos las muchas proyecciones fonéticas que realiza en paralelo a su activación de la propia flauta, en un tremendo ejercicio de virtuosismo). Dedicada a Frans Brüggen, Gesti plantea una dificultad en cuanto a respiración que Suzuki ha resuelto a la perfección, sin escatimar la teatralidad que la pieza requiere, en la que ha danzado —literalmente— con la música y su propia voz, dejando al público (y a quien estas líneas firma) boquiabierto.

No menos lo haría Tomoko Kasai en una lectura de la fulgurante Rebonds B (1989) con la que el Festival de Takefu comenzó su celebración del centenario Iannis Xenakis: conmemoración que este año disfrutamos (o deberíamos estar disfrutando) en cualquier auditorio que se precie. Como el pasado mes de febrero señalé en las páginas de Scherzo, Rebonds es una partitura que lleva al límite las posibilidades de fidelidad a las indicaciones métricas especificadas por Xenakis, convirtiéndose en una invitación a trascender los límites del propio intérprete, en lo que constituye un ejercicio de saturación de masas acongojante. Ahora bien, si Tomoko Kasai no alcanzó la velocidad indicada en la partitura, poco le ha debido de faltar, pues lo expuesto por la nipona resultó al más alto nivel que recuerdo en esta página en vivo. Lejos de comprender la música de Xenakis como un ejercicio de mera violencia y virtuosismo, Kasai ha evidenciado el lado más sensual y lírico en el comienzo de su lectura, para progresivamente ir desvelando componentes arquitectónicos: fusión de estructuras y timbres, a través de las diferentes familias de percusión presentes en su set, que ha dejado clarísima, una vez más, la enorme genialidad del compositor griego.

No menos genial fue Claude Debussy, como personalísima ha sido la versión que de Et la lune descend sur le temple qui fut (1907) nos ha regalado en Takefu el joven pianista Tomoki Kitamura, que en esta Imagen debussyana se ha ido, más que al impresionismo, diría que al suprematismo, por el ejercicio de abstracción, reducción tímbrica y purificación armónica que ha realizado de una partitura que desgrana con un mimo refinadísimo, quedándose con lo esencial, a la par que eliminando cualquier afectación o grandilocuencia. Un pianista a seguir, Kitamura (también, en el repertorio actual).

El concierto tuvo su broche de oro con el Arditti Quartet y la compositora mexicana Hilda Paredes, presente en Takefu para darnos a conocer Hacia una Bitácora capilar (2013-14), una partitura de una calidad y un dominio de los materiales a la altura del cuarteto al que está dedicada, el propio Arditti, con motivo de su cuadragésimo aniversario. Hacia una Bitácora capilar explicita los vínculos artísticos y personales que unen a Hila Paredes y a Irvine Arditti, pues sus propios nombres son utilizados como clave cifrada para articular la estructura armónica de una partitura que los va entrelazando y desarrollando en lo que es una fusión de vida y arte de una belleza tan delicada como rigurosamente arquitectónica. Poseedora de un lenguaje ricamente personal (en el que Paredes integra diferentes acervos culturales que dan fe de su recorrido vital por México y Europa), esta partitura tiene algo —como su título explicita— de bitácora, de diario de esas relaciones de Paredes con el Cuarteto Arditti, mostrando desde un lenguaje armónico que integra melodías en progresiva disolución, cual rumores que se van filtrando a través del tiempo, a una profusa red de técnicas extendidas que incluyen percusión de las cuerdas con el tornillo del arco o un uso del glissando de una belleza imponente. Por otra parte, tiempo y movimiento se convierten en dos elementos cruciales para cohesionar y disgregar a un cuarteto en continuas búsquedas, encuentros y nuevas partidas hacia paisajes que no dejan de conquistar e integrar recursos, paisajes tímbricos y un diálogo entre ruido, armonía y melodía que sitúa a este cuarteto en lo más actual de los paisajes musicales de nuestro tiempo.

Brillante inauguración del 33º Festival de Takefu, por tanto, que pese a su larga duración nos ha dejado con el deseo de escuchar a cada uno de estos músicos en un programa completo. Afortunadamente, tiempo habrá para ello a lo largo de los días que, hasta el próximo 11 de septiembre, durará el festival nipón.

Paco Yáñez