Scherzo | CRÍTICAS / JAPÓN / Caminos hacia la intemporal modernidad del pasado, por Paco Yáñez

JAPÓN / Caminos hacia la intemporal modernidad del pasado

JAPÓN / Caminos hacia la intemporal modernidad del pasado

Takefu. Echizen City Cultural Center. 11-IX-2022. Miwako Handa, soprano. Asuki Kobayashi, contralto. Yoshinori Maki, tenor. Tetsuhiro Yamashita, bajo. Yoshie Ueno, flauta. Arditti Quartet. Takefu Emsanble. Director: Masato Suzuki. Obras de Claude Debussy, Iannis Xenakis, Antonio Vivaldi y Johann Sebastian Bach.

Tras un despliegue de partituras que ha abarcado desde el Barroco hasta numerosos estrenos mundiales, el pasado 11 de septiembre se bajó el telón de la trigésimo tercera edición del Festival Internacional de Música de Takefu, una cita que en 2022 volvió a contar con el compositor japonés Toshio Hosokawa como director artístico.

Ello explica no sólo la ya comentada en SCHERZO fusión de música antigua y contemporánea que en Takefu hemos disfrutado, sino la apuesta por el diálogo transcultural y por ofrecer al público nipón la presencia sobre los escenarios de algunos de los mejores músicos internacionales y japoneses del momento. Tal es el caso, en lo que a la flauta se refiere, de Yoshie Ueno, que abrió el concierto de clausura con un clásico de la literatura para su instrumento, Syrinx (1913), de Claude Debussy, en una lectura lírica, pero contenida, volviendo a destacar más por su altura técnica que por las evocaciones pastorales o míticas que al texto debussyano se puedan incorporar.

Donde no ha faltado ni técnica ni energía, así como tampoco la dimensión más arcaica de la partitura, unida a sus vínculos con una concepción electroacústica del sonido instrumental, es en Tetras (1983), cuarteto de cuerda que ha puesto fin a las celebraciones del centenario Iannis Xenakis que este año nos ha ofrecido el Festival de Takefu.

Para defender esta partitura, qué mejor agrupación que el Arditti Quartet, conjunto que tiene en Tetras a una de sus obras maestras de cabecera, como demuestran sus diversas grabaciones discográficas (Gramavision, 1989; Montaigne, 1991). En este caso, el Arditti mantiene sus señas de identidad en dichos registros, con una fuerza realmente destacable y un glissando tan firme como sensual, incorporando, eso sí, un dibujo más libre que en sus registros fonográficos. Se acusan más en vivo, asimismo, las partes más extendidas y ruidistas del cuarteto, que en Takefu disfrutamos con gran presencia, gracias a la estupenda acústica del Echizen City Cultural Center: aspecto fundamental en una música tan repleta de detalles como la de Xenakis. En este sentido, el Arditti ha ido ganando en lo que a señalar esas diferentes secciones de la partitura se refiere, de forma que han radiografiado desde los compases más puntillistas hasta los pasajes en tensos acordes, así como la transformación/disolución de las nueve secciones que conforman Tetras y los intercambios de materiales entre ellas.

Igualmente, hay que poner de relieve la vivacidad de la lectura del Arditti Quartet en cuanto a perfección con respecto a las indicaciones métricas, lo que depara una construcción polirrítmica impresionante, con fases en las que el cuarteto respira en capas discrepantes a una celeridad pasmosa. La última sección fue desarrollada por el conjunto londinense como una verdadera coda (lo que nos muestra lo atento que Xenakis estuvo siempre a las lecciones de la gran tradición europea; incluso, en sus modelos estructurales más canónicos), de forma que se retoman y transforman materiales precedentes buscando, compás a compás, esa disolución final de los glissandi en pianissimo que es una verdadera belleza. La enorme ovación del público nipón (en el concierto que contó con una mayor asistencia) rubrica lo que tantas veces hemos señalado en las páginas de SCHERZO: que la buena música, cuando está tan bien interpretada, despierta la admiración de cualquier melómano con un poco de apertura de mente y sensibilidad. La de Xenakis está, desde luego, entre esa música llamada a perdurar, tanto por su altura técnica como por su belleza y rotunda personalidad.

Tras visitar la música del siglo XX, el Festival de Takefu se clausuró con tres miradas al pasado, a esa intemporal modernidad que, como afirmaba Juan Goytisolo, recorre la historia, fertilizándola. No cabe duda de que Antonio Vivaldi y Johann Sebastian Bach constituyen dos ejemplos sublimes de esa modernidad intemporal, así como una buena muestra de cómo un compositor (el propio Bach) reconoce la genialidad de otro colega (Vivaldi), incorporando a su catálogo muestras de sus progresos musicales.

Ese retorno a los orígenes comenzó en Takefu con el Magnificat en Sol menor RV 610 (c. 1717) de Antonio Vivaldi, una obra más asequible para el coro amateur que cantó la partitura que la cantata bachiana que cerraría el concierto, en la que las exigencias a nivel contrapuntístico pusieron en mayores apuros al coro de Takefu —unido a los músicos residentes en su festival bajo el nombre de Takefu Emsanble (sic)—. De este modo, el Magnificat sonó con un acusado lirismo, muy cantábile, lo que ayuda a perfilar la línea melódica, a pesar de que (por la actual situación de la pandemia en Japón) el coro (no así los solistas) cantó con mascarilla: sordina que confirió una curiosa presencia, de rangos dinámicos rebajados y un timbre velado, por lo que no podemos hablar de una lectura en condiciones normales.

Otro aspecto que ha marcado tanto las interpretaciones de Vivaldi como las de Bach fue el uso de instrumentos modernos, algo que no es, ni mucho menos, habitual en las versiones discográficas que a Masato Suzuki le conocemos, lo que nos distancia del resultado final, si es que queremos llegar a unas interpretaciones realmente historicistas y excelentes. Ello no quiere decir que algunos instrumentistas no nos hayan mostrado un dominio del estilo barroco muy destacable, como fue el caso del violonchelista Michiaki Ueno, soberbio en el bajo continuo, aunque con cuerdas de tripa su sonido hubiese sido más convincente. En lo que a los solistas se refiere, ha destacado notablemente la soprano Miwako Handa, con un agudo muy bien definido y sensible.

Sensibilidad es, también, lo que ha marcado al oboe de Kanami Araki en su excelente lectura del Concierto para oboe y violín en Do menor BWV 1060 (c. 1730) de Johann Sebastian Bach. Aunque con un instrumento moderno, su interpretación no ha tenido nada que envidiar, por musicalidad, a referencias como las del Café Zimmermann (Alpha, 2003) o la Akademie für Alte Musik Berlin (Harmonia Mundi, 2004), dos de las preferidas de este crítico. No tan alto ha volado el violín de Kei Shirai, excepto en un ‘Adagio’ más lírico en el que el diálogo entre ambos solistas nos ha dejado un momento de absoluta belleza. Por su parte, Masato Suzuki nos ha vuelto a demostrar el gran clavecinista que es, asumiendo un bajo continuo muy sólido como base armónica, así como bien punteado en lo rítmico, para llevar a cabo esa suerte de dirección soterrada que un buen clavecinista puede efectuar, a través del ritmo, en este BWV 1060 en cuyo ‘Allegro’ final Kanami Araki nos ha vuelto a deslumbrar por la perfección técnica y la belleza en el canto de su oboe. Instrumentista a tener muy en cuenta, esta joven japonesa.

En esta vuelta a casa que Johann Sebastian Bach ha representado, como final de un Festival de Takefu que en 2022 ha estado repleto de exploraciones musicales por la música de hoy, pocas piezas podrían resultar tan pertinentes como la Cantata “Herz und Mund und Tat und Leben” BWV 147 (1723), con ese último coral que es patria común para cualquier melómano con gusto y criterio, ya sea en Oriente o en Occidente.

Antes de alcanzar ese cálido y luminoso final, la lectura del BWV 147 resultó bastante irregular en Takefu, con un coro que, a pesar de un nivel aceptable, ha tenido más problemas en Bach, si bien su último número sí ha brillado de forma suficiente. Quien no lo ha hecho, fue el tenor Yoshinori Maki, con momentos en los que su canto resultó ridículo e indigno de un festival de este nivel. Sin voz ni una mínima idea del fraseo bachiano, sus sucesivas presencias cayeron al punto más bajo, a nivel interpretativo, del Festival de Takefu, haciendo imposible que uno pueda comprender cómo es que se ha incorporado al cuarteto solista bajo la dirección de un Masato Suzuki cuya trayectoria en el Bach Collegium Japan incluye el que, en mi opinión, es el mejor ciclo de cantatas del kantor disponible en el mercado: el dirigido Masaaki Suzuki para el sello BIS.

Lejos queda esta versión de Takefu de las excelencias alcanzadas, en 1999, en el registro del BWV 147 en dicha integral, con fuertes desequilibrios entre músicos realmente convincentes (como, de nuevo, la oboísta Kanami Araki) y otros muy discretos (como la clavecinista Yuko Koga; aunque cierto es que difícil lo tenía, tras lo escuchado al propio Suzuki en el BWV 1060). Por lo que al resto del cuarteto vocal se refiere, de nuevo Miwako Handa marca el punto más alto; especialmente, por técnica, pues en sentido litúrgico no es que profundice demasiado la soprano nipona. El acompañamiento de Kei Shirai y Michiaki Hueno a la propia Handa resultó muy bien cantado en violín y violonchelo; siendo el nivel de la contralto Asuki Kobayashi y del bajo Tetsuhiro Yamashita de suficiente notabilidad, sin alardes, pero sin que sus arias y recitativos cayesen al desastre, como los de Yoshinori Maki.

Entre los ecos de ese intemporal resplandor de belleza que es el coral Jesus bleibet meine Freude, muchos de los asistentes al Festival de Takefu en 2022 emprendimos nuestros respectivos regresos a casa, que se extendían a lo largo de varios continentes, tras ocho días de intensa vida musical y diálogos entre culturas, tiempos y espacios.

Paco Yáñez