Israel Galván y su “Penderecki español”

El bailaor y coreógrafo andaluz Israel Galván ha presentado entre el 5 y el 13 de junio en el Centro Matadero Madrid una panorámica de tres espectáculos capaces de definir su estilo y presentar un tríptico abarcador de casi tres décadas de labor creativa no exenta muchas veces de rechazo por parte de la crítica más ortodoxa del género, a la vez que una creciente fama y prestigio que lo han convertido en coreógrafo residente del Teatro de La Villa de París, donde es un esperado cartel fijo, y de otros festivales y teatros del mundo.
El tríptico presentado en Matadero se componía de La edad de oro (2005), Sevillanas solteras (2024) y ¿Bailas, Baby? (2023), obras muy distintas entre sí. Los espectáculos de Galván siempre son adaptaciones específicas y locales de las obras de acuerdo con las condiciones y posibilidades que se encuentra en el lugar. Esa disponible maleabilidad es otra de sus características teatrales. El público madrileño ha reaccionado con entusiasmo llenando todas las funciones, y revitalizando la discusión latente —y justificada— alrededor de este creador y sus trabajos. Si miramos retrospectivamente el catálogo Galván (comenzado en 1998 con Los zapatos rojos), no escatima nunca esfuerzos en la producción, su envergadura y su originalidad. Parece decirnos: renovarse (a fondo) o morir. Con esta premisa, volver a La edad de oro, que tiene 20 años, es claramente un esfuerzo enorme, primero, porque el artista no es el mismo: su baile, su cuerpo y objetivos, son otros, y eso afecta su dinámica y concepción. Sin olvidar que en esto del revival hay una parte importante y decididamente buena: la conciencia del repertorio, una de las bazas más difíciles de jugar tanto en la danza contemporánea como con el ballet español actual. Pensemos que al menos una generación no ha visto La edad de oro; hubo una reposición en 2010 y esta pieza ha alcanzado holgadamente más de un centenar de representaciones, pero incidir en sostener el repertorio vivo, en cartel, es siempre loable, y necesario.
La decencia del crítico es no mirarse nunca el ombligo, y si tiene que darse la razón a sí mismo por alguna aseveración anterior, puntualización o acierto en la quiniela, que sea rápido y sin florituras. Comprobar que uno no se equivocó reanima la necesidad y la convicción de que la crítica sigue cumpliendo un papel más allá de la glosa y el elogio: “La edad de oro, espectáculo económico y parco, es una síntesis de la estética de Galván, su ars poética validada en la maduración de la obra, su destilación experimentada en múltiples escenarios y ante públicos variopintos” (dixit 2010). Pues eso. Se sale del teatro con la convicción de que Galván afronta su danza con honestidad y con un pundonor de vieja escuela, algo que no debía perderse. Israel es siempre musical, va a compás sea en las circunstancias que sean, aunque nos esté dando una de cal y dos de arena. Lo sabe y lo defiende. La edad de oro marca un después; no es pertinente hablar de un antes.

Estas sevillanas con que nos citó Galván algún día después podían llamarse Sevillanas divorciadas y van derecho a su propia apoteosis en la sección final después de transitar por lo lírico, lo íntimo y lo humano. Una carrera de bailarín no es un diván de psicoanalista, aunque Galván la ha usado para exorcizar al padre. Puro cerebralismo, ya se ocupa él mismo de recordar que su progenitor lo paseaba torturantemente por los concursos de sevillanas que nunca ganaba. Galván reconoce que no domina ese baile ni el baile en pareja en general. Aquí el proceso se adorna con un gusto extremado y chirriante, a veces corralero, a veces suburbano y pedestre. Todo vale para aflojar el grillete freudiano. No sabría decir en qué preciso compás la otra cadena, la umbilical, se rompe, pero el caso que por fin el niño prodigio tiene su trofeo por sevillana (lo que menos importa es que lo comprara en los chinos y se lo regalara él mismo).
Al entrar la Charanga Los Sones con sus relucientes metales y sus tambores, lo que iba de broma macabra deviene procesión. Los músicos están espléndidos y no dicen que no a nada: bailan, interactúan con Israel, le dan la réplica y se vuelven un todo más crepuscular que festivo. El que se quiera reír, que ría, pero aquí hay también mucha tragedia y mucha tristeza anidada bajo los rizados volantes. Es un esperpento teatral en toda regla, con su carga irónica y su retranca: esa idea es que las sevillanas son un espíritu transnacional del andalucismo y que pueden estar en todas partes. La “conjura contra el padre” queda expuesta.
Todo lo que gestiona Galván en escena está redactado en clave de gusto europeo (es decir: más allá de los márgenes estéticos propios del ballet flamenco localista y andaluz por excelencia), resultando a veces más de lo que se lleva “fuera” en la escena teatral y del teatro-danza vanguardista, que de lo que se practica en casa. Esto justificaría desde el pasmo a las airadas reacciones que ha habido con él y en torno a su trabajo. Cada vez más público está de su parte. Galván es un renovador informado y que se informa del quehacer internacional y del valor del efecto de lo vernáculo convertido en lo exótico. Esto no es deshonesto u oportunista, no es tampoco un truco: es una postura que nos puede hacer pensar en Valle Inclán, en Zuloaga o en el Falla del Retablo de Maese Pedro; su “impromptu non galante” recrea una pauta de acción determinada, de donde nace el material coréutico mismo rasgando los estándares; a Galván no le importa la belleza convencional y hace del feísmo una prórroga propia, de sí mismo, casi al goyesco.
Pongamos un ejemplo: en Sevillanas solteras (estrenada en 2024, Teatro Central, Sevilla) la larga secuencia final de las sevillanas omnipresentes, veneradas, recreadas a placer en un caprichoso listado. Veamos esto con ironía. Galván usa a Lully, pero también a La Niña de los Peines y a Albéniz. Penderecki es el contraste inesperado (y brillante) capaz de convertir la fiesta en éxtasis colectivo. La banda de metales y percusión ayuda mucho a este efecto de los efectos. Si Penderecki creó su Capriccio para tuba sola (1980), Galván lo recrea como un Spanish Capriccio que va más allá de la cita y entra en la manipulación del material sonoro hasta hacerlo suyo. Perderecki anotó en su partitura para tuba: Scherzo alla Polacca. Israel Galván le sigue el juego y se lo hace a sí mismo. Ser disruptivo (palabra que se yergue en el filo de salvarse, de lo aceptable) lo ayuda a ese desconcertante evento discursivo de “no soy yo el que estoy aquí, me representa una acción distópica paralela a mi cuestionamiento”. ¿Acaso brechtiano? Puede proponerse.

El ciclo terminó con el delicioso ¿Bailas, Baby? un espectáculo concebido para niños muy pequeños donde Israel Galván sigue siendo él mismo desde la indumentaria a la pantomima. Resultó asombroso cómo aquella tropa infantil lo siguió con atención los 40 minutos de su trabajo, le aplaudió las gracias y batió palmas cuando se requería; algunos espontáneos probaron a percutir el tablado. Resultó mágico y maravilloso, envolvente cuando un vals de Chopin guiaba la acción a una nueva hilaridad sureal. Quizás aquí Galván se anota el triunfo más difícil de su carrera: los niños no perdonan aburrirse y no saben mentir.
Roger Salas
(arriba: “La edad de oro”. Foto: Elisabeth Louvier)


