Homenaje madrileño a Caballé

Homenaje madrileño a Caballé

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 7-IX-2019. Homenaje a Montserrat Caballé. Páginas de Giménez y Nieto, Sorozabal, Barbieri, Fernández Caballero, Guridi, Roig, Guerrero, Chueca y Valverde, Moreno Torroba, Vives, Serrano, Barrera y Calleja y Luna. Con Celso Albelo, Rubén Amoretti, Ainhoa Arteta, Yolanda Auyanet, María Bayo, Maite Beaumont, José Bros, Mariola Cantarero, Carlos Chausson, Andeka Gorrotxategui, Airam Hernández, Nancy Fabiola Herrera, Ismael Jordi, Pilar Jurado, David Menéndez, Marina Monzó, Sabina Puértolas, José Luis Sola, Virginia Tola y Núria Espert. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director: Oliver Díaz.

Pese a su dilatada actividad profesional, Montserrat Caballé apenas pudo acceder al escenario del recuperado Teatro Real, donde en 2004 cantó en concierto Cleopâtre de Massenet (y en la actividad previa del coliseo se recuerda vivamente una triunfal Norma concertística, tres décadas atrás). Se antojaba, pues, del todo legítimo que el homenaje madrileño a la gran soprano, al cumplirse casi un año de su desaparición (falleció el 8 de octubre de 2018) tuviera lugar en el Teatro de la Zarzuela, escenario en el que la cantante se prodigó con generosa abundancia y suficientes ejemplos del amplio repertorio del que hizo gala con su suntuosa, hermosísima, seductora e inconfundible voz. A partir sobre todo de una Violetta Valéry de 1967, hasta la donizettiana Sancia di Castilla, en concierto,  o el estreno de La Gallarda de Sanlúcar en 1992, en el teatro de la calle Jovellanos pudimos escucharla en numerosos personajes más o menos asociados a su personalidad (la Elisabetta inglesa de Donizetti y la francesa de Verdi, Tosca, la Stuarda, la Lecouvreur, Norma, Salome, Turandot, Semiramide, y suma y sigue) junto a rarezas como la Armide de Gluck o la Silvana de Respighi. Un amplísimo abanico demostrativo de un currículo profesional fuera de normas.

Para el evento, en un primoroso y bastante complicado alarde de realización por parte de la Zarzuela, se reunió a dos decenas de cantantes (el programado Gabriel Bermúdez brilló por su ausencia, sin que se explicasen las razones de su caída de cartel), que cubrían casi todos los registros vocales (dominando tenores y sopranos), así como la mayor parte de la geografía nacional, comandados todos ellos por la atenta batuta de un Oliver Díaz (ya desde el preludio de La Torre del oro, puntualizado al detalle, con el que dio inicio el concierto), capaz de plegarse fielmente a la diversidad de páginas de un repertorio que domina como pocos, manejando con precisión una orquesta entregada y permitiendo así a cada solista honrar a la intérprete y de paso lucir su particular talento.

El programa elegido supuso una reafirmación del propio teatro, ya que todo él estuvo integrado por páginas que forman parte de ese repertorio lírico cuyo título sustenta: la zarzuela. Por cierto, un género que Caballé pulsó tangencialmente, y no siempre con resultados felices. La velada resultó en general de altísimo nivel, y el público así lo reconoció con abundantes, sonoras y convendría añadir, merecidas respuestas.

Marina Monzó con la polonesa de El barbero de Sevilla inició el capítulo vocal con una lectura impecable, a partir de los medios lírico-ligeros exigidos, con despliegue de buenos recursos técnicos, coronados por unos agudos (y un sobreagudo) generosos.

El canario Airam Hernández puso unos medios importantes de oscuro tenor spinto al servicio de una apasionada lectura, como corresponde, de la romanza de Leandro de La tabernera del puerto, favorita de los colegas de su cuerda no sólo españoles, dada la potencialidad del momento.

Versión comedida pero de gracia elegante y certera de intenciones sonó la entrada de Paloma del Barberillo de Lavapiés en la voz y los gestos de la argentina Virginia Tola.

Mariola Cantarero con la romanza de El cabo primero demostró hallarse en un buen estado vocal y en una sólida etapa interpretativa.

Entregado y bien dotado de recursos (pese a un agudo final que no acabó de redondearse plenamente) se escuchó a Andeka Gorrotxategui, joven tenor con carrera ya en exitoso desarrollo, en la página solista de Raimondo de Mirentxu.

María Bayo, con una voz que ha perdido algo del brillo que tanto la caracterizó, pero nada de presencia, sacó mucho jugo a la primera intervención de Cecilia Valdés en la zarzuela cubana de ese título.

Celso Albelo, con la romanza de Juan Luis de El huésped del sevillano, volvió a dar cuenta de su extraordinaria calidad de tenor belcantista bien aplicada al empeño.

Bellísima la romanza sopranil de Mirentxu en la zarzuela vasca de ese título y bellísima la ejecución de Sabina Puértolas con un canto legato y un colorido tímbrico de impactante proyección.

Veteranía y profesionalidad a raudales la de Carlos Chausson en el vals de La Gran Vía, con esa voz que suma calidez, masculinidad y poderío.

En la segunda parte, el asturiano David Menéndez se valió de la popular romanza de Vidal Hernando en Luisa Fernanda para dar cuenta de su centro robusto y de gran anchura, un poco contraído en la octava superior sin por ello ensuciar una interpretación generosa y comunicativa.

La excelente cantante barroca (a más de mozartiana de nivel superior) que es Maite Beaumont supo plegarse a la sinuosa gracia del zapateado de Grabié en La tempranica.

La voz de tenor lírico cercano a ligero de José Luis Sola, de emisión desplegada y colorido seductor, se demostró ideal para la nada fácil Por el humo se sabe dónde está el fuego del Fernando de Amadeo Vives.

La arrolladora presencia de Pilar Jurado y su inmediata seducción como carismática cantante le facilitaron una brillante ejecución del vals de Chateau Margaux que pareció escrito a la medida de su temperamento.

Como a medida suya ha sido y es De este apacible rincón de Madrid  para ese maestro sin discusión posible que es José Bros. Hay que acudir al recuerdo de los grandes Javieres del pasado para medir lo que fue la impoluta versión del gran tenor catalán.

De vuelta a La tempranica, tuvo ocasión de deslumbrar Nancy Fabiola Herrera con Sierras de Granada, momento proclive para reflejar la voz rica,  homogénea y sensual además de una intérprete siempre sólida y efusiva.

Rubén Amoretti se atrevió con uno de los momentos menos conocidos y complicados del concierto: la romanza de Valentín de María del Pilar de Giménez, esa zarzuela a lo grande que merecería mayor difusión de la que disfruta. Imponente, profunda y emocionante exposición la del bajo burgalés que antaño fuera tenor.

El carro del sol tampoco es uno de los títulos más populares de José Serrano. Merecería serlo sólo por volver a escuchar la exquisita ejecución que de la canción veneciana realizó Yolanda Auyanet, una bonita cantinela que, justamente, también tuvo en cuenta la soprano objeto del homenaje concertístico.

Otro de los momentos más instalables en el recuerdo fueron las granadinas de Los emigrantes. No se las puede cantar ni expresar mejor que como lo hizo Ismael Jordi con una voz que, apoyada en su sensibilidad de finísimo artista, ha ganado en su zona central sin perder por ello su firmeza en impacto en los agudos.

Ainhoa Arteta, que no pierde ocasión de reflejar la incondicional admiración que siente hacia la Caballé, pareció demostrar ese entusiasmo con una desenvuelta lectura de la canción de Concha, De España vengo, vestida ad hoc y con actitudes paralelas a la vestimenta, pletórica de voz y desparpajo.

Si  el acto comenzó con unas palabras del director del teatro, Daniel Bianco, que hizo el riguroso elogio a la soprano, éste acabó con las palabras cariñosas de Núria Espert recordando la amistad que la unió con la homenajeada vía Terenci Moix.

Musicalmente la velada se clausuró con la habanera de Don Gil de Alcalá, cantada a 19 voces. Y, en definitiva, y dado el nivel del espectáculo, el homenaje a una excelsa cantante se extendió también a un género, el zarzuelero.