Hermann Scherchen, victoria y olvido

Hermann Scherchen, victoria y olvido

El vídeo es largo, pero es difícil encontrar unos ensayos más amenos, instructivos y primorosos. Estamos en 1962; Hermann Scherchen prepara con la Orquesta de la Radio de Stuttgart La victoria de Wellington; a continuación (23’17”) viene el concierto. La victoria de Wellington siempre ha sido una partitura embarazosa dentro del catálogo beethoveniano, bien porque el compositor aprovechó con oportunismo y sentido comercial el sentimiento antinapoleónico del público austriaco, bien por el epidérmico descriptivismo musical de la batalla. Los ensayos de Scherchen son toda una clase de dirección orquestal, con una preparación minuciosa de la técnica instrumental, el fraseo y la arquitectura general. Pero el director ofrece asimismo una clase de pedagogía: explica la obra, la razona, entra en sus detalles. Logra que miremos la pieza, si no con simpatía, al menos con respeto.

Casi olvidado hoy en día, Hermann Scherchen (1891-1966) tuvo una destacada presencia en la vida musical europea durante las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Su repertorio era amplísimo y despuntaba precisamente en los extremos. Interpretaba con asiduidad el repertorio barroco (Bach, Vivaldi, Haendel) y era un gran especialista de la música del siglo XX, desde la Segunda Escuela de Viena hasta las generaciones más jóvenes. No sólo estrenó el Concierto para violín de Alban Berg (en el Palau de la Música de Barcelona en 1936), sino también piezas de Varèse (Déserts), Xenakis (Pithoprakta) y Nono (Variazioni Canoniche), entre otros.

Era típico de Scherchen buscar conexiones entre pasado y presente, mostrar que las aportaciones de las vanguardias enlazaban con la tradición. Su versión de La victoria de Wellington encuentra en las congestiones sonoras lideradas por la percusión un puente con las experiencias más atrevidas del siglo XX (“Beethoven había inventado ya la música electrónica”, afirma al principio del ensayo). Scherchen era un director con los pies en dos mundos, y empeñado en reunirlos. Este afán conciliador acabó tal vez por descontentar tanto a conservadores como a progresistas.

Scherchen fue también uno de los más estrenuos defensores de la música de Mahler en una época en la que ni el público ni los programadores mostraban interés por ella. Sin embargo, resulta hoy difícil aceptar sus versiones no ya por unos tempi a veces imprevisibles y caprichosos, sino por la costumbre de practicar –más en directo que en disco– notables cortes en la partitura. Scherchen lo hacía con buena intención (reduciendo la duración de las sinfonías, creía hacerlas más digeribles para el público), pero muy pocos estarían dispuestos en la actualidad a tolerar semejantes amputaciones.

La Quinta que dirigió en vivo con la Orquesta de Filadelfia en 1964 llama la atención no sólo por el Scherzo salvajemente cortado (5’42” frente a los 18’ habituales, ¡dos tercios menos de música!), sino también por la inusitada dilatación del Adagietto: sus 15’23” creo que marcan un récord. El planteamiento de Scherchen me parece de lo más curioso. Existe en su lectura del Adagietto una extraña correlación entre dinámicas y velocidades. Los pasajes en piano o pianissimo –la mayoría– se tocan muy despacio, pero cuando las dinámicas suben a forte también la velocidad se incrementa de manera proporcional. Es como si el contacto con las nuevas vanguardias le hubiese sugerido a Scherchen una relación cuasi estructural entre tempi y dinámicas. Es una interpretación única y desconcertante, como tantas de Scherchen: el parto de un visionario que sabía encontrar en cualquier pieza musical las huellas del pasado y del futuro.