Herheim enreda con el “Anillo”

Naxos edita en un estuche de 7 DVD la Tetralogía berlinesa de Stefan Herheim y Donald Runnicles
WAGNER:
El anillo del nibelungo. Derek Welton, Thomas Blondelle, Annika Schlicht, Andrew Harris, Tobias Kehrer, Elisabeth Teige, Brandon Jovanovich, Iain Paterson, Ninna Stemme, Clay Hilley, Ya-Chung Huang, Jordan Shanahan, Judit Kutasi, Albert Pesendorfer, Thomas Lehman, Aile Asszonyi, Okka von der Damerau. Director de escena: Stefan Herheim. Coro y Orquesta de la Deutsche Oper de Berlín. Dirección musical: Sir Donald Runnicles. NAXOS (7 DVD)
En 2017, poco antes de la última representación de la mítica producción de El Anillo del nibelungo de Götz Friedrich, que venía representándose desde 1984, la Deutsche Oper de Berlín anunció que sería sustituido por una nueva producción, a cargo del reputado director de escena noruego Stefan Herheim, discípulo de Friedrich en Hamburgo. Se esperaba con expectación la nueva producción. Herheim había causado sensación con sus Maestros cantores de Salzburgo y París (2013) y, sobre todo, su Parsifal de Bayreuth (2008-2012), una producción compleja, plagada de referencias histórico-culturales, que ha dado lugar a libros y conferencias exegéticas. El estreno del ciclo, previsto en 2020, fue abortado por la pandemia. Después, por motivos varios, los cuatro títulos pudieron verse en un extraño orden: La Walkyria en septiembre de 2020, El oro del Rin, El ocaso de los dioses y Siegfried, ya en 2021.
En opinión de este firmante, las ideas de Herheim sobre la obra y su autor, explicadas con detalle en varias entrevistas repartidas en las carpetillas o en los contenidos extra de los dvd (en lo que es, de facto, el manual de instrucciones de la producción), algunas interesantes y profundas, no encuentran adecuada plasmación en la escena. Los refugiados que, con maletas y ropa barata, huyendo de no se sabe dónde, entran en escena al comienzo de El oro del Rin, contemplan la escena o aplauden algunas intervenciones de Siegfried… terminan siendo un elemento inútil, o un estorbo. Hay varios objetos omnipresentes. Maletas que, como ladrillos o mampostería conforman el decorado. La partitura de cada título, que los personajes hojean ocasionalmente, a veces siguiendo su parte y otras buscando lo que viene después. Un piano de cola, instrumento esencial en la composición musical y en los ensayos, preside la escena en toda la obra.
Ver a los personajes cantar simulando hacerlo acompañados al piano acaba siendo un acto reiterativo y previsible, que no aporta nada; del piano, como si de una puerta se tratase, entran y salen; sobre él departen o comen. Herheim parece tener obsesión por la ropa interior: hay demasiados estriptis, todo el mundo está en algún momento en calzoncillos o en combinación por alguna misteriosa razón. Por lo demás, la escena se ciñe escrupulosamente al libreto, con algunas licencias superfluas: Hunding y Sieglinde tienen un hijo preadolescente; Hagen alancea a Gutrune; Alberich está maquillado como un payaso (???!!!), quizá con el único propósito de que la transformación de Hagen, que cada vez se va pareciendo más a Alberich (se le pone cara de payaso) sea más evidente. Lo mejor: Mime está caracterizado… ¡de Richard Wagner! Esto ni Herheim lo explica en el manual.
Los efectos realizados con telas, luminotecnia y proyecciones (un homenaje al ciclorama wielandiano) son tan ingenuos como vistosos y eficaces. Como simpática es la caracterización de Loge como el Mephisto de Gustaf Gründgens. El vestuario es ecléctico, lo que a veces produce contrastes grotescos, como ver a Siegfried caracterizado como Lauritz Melchior (haciendo de Siegfried) junto a guibichungos de etiqueta. La dirección de escena está (por lo general) muy trabajada. Unida a los primeros planos de la filmación permite abstraerse de la parafernalia mencionada y centrarse en lo importante.
Si este Anillo puede recomendarse con cierto entusiasmo es por la parte musical. La dirección de Sir Donald Runnicles, wagneriano experimentado y conocedor, Gereralmusikdirektor de la Deutsche Oper, es sencillamente formidable. Su dirección es briosa, dramática y refinada. Borda los clímax; los momentos más conocidos, como la Cabalgata de las Walkyrias o la Marcha fúnebre de Sigfrido, son extraordinarios. Acompaña magníficamente, y extrae una gran riqueza de matices y colores de la orquesta. Como botón de muestra, en La Walkyria, las violas enroscándose en torno a la línea vocal en Du bist der Lenz, y la subsiguiente música nocturna, con maderas perfumadas. La orquesta de la Deutsche Oper es una estupenda orquesta de foso, con maderas incisivas, cuerda de sonido compacto, muy empastado, en la que solo las trompas están a un nivel algo inferior.
El reparto es espléndido, con pocas fisuras (Markus Brück, Alberich en El oro del Rin; Judit Kutasi, Erda). Nina Stemme, en glorioso declive, con algo de vibrato, dosificando fuerzas, es aún una Brünnhilde de muchos quilates. Protagoniza una escena memorable junto a Okka von der Damerau (¡qué entrada!), Waltraute apasionada y refinada, y mantiene el tipo ante el derroche de facultades de Clay Hilley, Siegfried juvenil, incombustible, musical, de voz timbrada y fraseo irregular. Iain Paterson es un convincente Wotan, paternal y vulnerable en La Walkyria, taimado, imperioso y lleno de misterio como Viandante en Siegfried.
El Wotan joven del Oro está muy bien servido por el barítono Derek Welton, valor en alza. La desigual pareja de wälsungos está encarnada por la intensa soprano noruega Elisabeth Teige, de emisión franca y fraseo fino y, a un nivel inferior, Brandon Jovanovich, de voz irrelevante, Siegmund digno y voluntarioso. El enorme (en todos los sentidos) Albert Pesendorfer es un Hagen siniestro y amenazante, de voz de trueno.
Hay que destacar la contribución de un puñado de imponentes voces jóvenes: Thomas Blondelle, Loge de libro, de magnética presencia; Annika Schlicht, excelente actriz, de voz no particularmente distinguida, pero manejada con mucha clase; Ya-Chung Huang, Mime solvente; y, sobre todo, Thomas Lehman (Gunther), de noble voz de barítono claro, línea impecable y canto elegante, y el prodigioso hawaiano Jordan Shanahan, Alberich matizado, con fuerte personalidad canora y escénica.
Miguel Ángel González Barrio


