¿Hay alguien ahí?

¿Hay alguien ahí?

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Cuando se escribe este editorial, el Gobierno acaba de comunicar que será en el Consejo de Ministros del 5 de mayo cuando se decidan las medidas a tomar en apoyo del sector de la cultura, tan perjudicado por el coronavirus. Ya iba siendo hora y ya veremos hasta dónde ha llegado el trabajo, y la influencia en el propio gabinete, de un ministro por el momento tan ausente de la realidad como inoperante a la hora de enfrentarla, que ha hecho añorar a su antecesor a las primeras de cambio —aun reconociendo que estas no eran precisamente fáciles— y que no ha sabido asumir el liderazgo de una industria tan importante pero, a la vista está, desgraciadamente nada estratégica como es la cultura en España.

Quizá la palabra clave sea esa: estrategia. Si cuando una empresa debe afrontar una situación especialmente compleja elabora un plan estratégico, cuánto más han de hacerlo los poderes públicos en colaboración con los integrantes de un sector que representa una parte sustanciosa del empleo y del PIB en nuestro país. Además, y como telón de fondo, la música —cancelada media temporada 19-20 y sin saber aún cuándo ni cómo comenzará la 20-21— deberá reflexionar muy seriamente sobre su futuro, no dejar pasar la oportunidad de afrontarlo con las mejores garantías de un éxito que pasará, sin duda, por la renovación. Habrá que olvidar los grandes fastos de antaño, la presunción de jugar en las ligas mayores, hacerse más cercana para atraer a un público al que no le asuste salir de casa, al que el marco social no le compense del aburrimiento, al que fidelizar en virtud de la proximidad con el intérprete que, en muchos casos, hablará su idioma porque será necesario primar la presencia de artistas españoles. Un público, por cierto, al que, a la vista de lo ocurrido estos días, habrá que convencer de nuevo —tanto como de que la única solución al virus es la vacuna— de que la cultura no es gratis, aunque lo parezca. Mucha gente vive honradamente de ella, desde los artistas a los trabajadores eventuales, y todo lo demás es demagogia pura. Aquí no va a haber, como en Alemania, cincuenta mil millones de euros para paliar los daños en las artes.

Y en cuanto a las propias manifestaciones musicales, cada área del sector deberá aplicarse el cuento. Algunos festivales yendo más allá del seguimiento de las agendas de los agentes —con tantas orquestas y tantos programas idénticos año tras año— que ha sido pan para ayer y hambre para hoy y mañana. Los teatros de ópera afinando más aún sus gastos y convenciendo, los que los tengan, a sus patrocinadores privados de que siguen valiendo la pena. Las orquestas, a las que es fácil imaginar agazapadas y temerosas porque dependen en buena medida de unas administraciones tocadas seriamente por otros gastos y que deberán revisar sus aportaciones, aprovechando el momento para que su oferta, si debe perder cantidad, no pierda calidad.

Y ahí en la calidad es, curiosamente, donde está una de las claves más a mano en esta crisis. Ojalá los programadores, esos que engloban todos los demás estamentos de la profesión, comprendan definitivamente que España es un país lleno de estupendos músicos, de magníficos conjuntos, de excelentes orquestas y que ha llegado el momento de demostrarlo, aunque solo sea porque la necesidad aprieta. Demostrar de una vez a sus públicos de toda la vida —los nuevos son mucho más naturales en ese aspecto— que una mediocre orquesta extranjera no vale la pena frente a una buena orquesta española o que nuestros grupos de música antigua resisten la comparación con los de cualquier parte. No hablamos de cuotas, naturalmente, pues siempre hemos sido contrarios al concepto, sino de verdadero sentido común, de solidaridad. Difícilmente un programador español hará una mala temporada con material propio.

Y, desde luego, los responsables políticos no debieran aspirar a conformarnos con más esperas, con lamentaciones o frivolidades como la dicha en Informe Semanal de TVE por parte de un alto responsable de la cultura española en el exterior cuando le preguntaban por la situación del libro en plena pandemia: “Es un artefacto perfecto que sobrevivirá”. Esperemos que el ministro no nos recuerde lo bonita que es la música clásica. De momento nada responde, mientras el sector pregunta si hay alguien ahí. ¶

(Editorial publicado en el nº 362 de SCHERZO, de mayo de 2020)