HAMBURGO / ‘Maria Stuarda’, impactante triunfo escénico y musical
Con la temporada 2024/25 acercándose a su fin, la Staatsoper de Hamburgo ha firmado un triunfo rotundo con su nueva producción de Maria Stuarda de Donizetti. Sorprende que la tragedia lírica nunca se hubiera representado antes en Hamburgo, pero el éxito de su estreno el pasado 16 de marzo augura una larga vida para esta producción en la ciudad alemana.
El entusiasmo del público se volcó en un reparto de altísimo nivel, equilibrado y sin fisuras, liderado por Ermonela Jaho en el papel principal. Su debut como Maria Stuarda confirmó su absoluto dominio del repertorio belcantista. Con un timbre cálido y envolvente, su voz floreció con deslumbrante luminosidad, con un fraseo refinado y exquisito y un registro agudo brillante, sin rastro de asperezas. Su interpretación fue una obra de filigrana vocal, con líneas de canto de gran expresividad. Jaho también convenció por su entrega teatral: el punto culminante llegó con la escena de la confrontación con Elisabetta, donde Maria rompe en un arrebato de furia, insulta a su rival y le arranca la corona, reclamándola para sí. Aquí, la soprano llevó su interpretación hasta el extremo, con un estallido de intensidad casi verista que sacudió la platea al completo. El último acto, con su ardiente plegaria y su resignada despedida, dejó al público sin aliento.
A su lado, Barno Ismatullaeva ofreció una Elisabetta inolvidable. Su voz, más oscura y acerada que la de Jaho, se impuso con una autoridad incuestionable, encarnando con energía la voluntad férrea de la monarca. El papel de Leicester, el hombre atrapado entre ambas reinas, es breve pero exigente, especialmente en su cavatina y la cabaletta que la sigue. El tenor Long Long brilló con una voz potente y rica en matices; aportando brío y gallardía, dotó al personaje de gran convicción.
Entre los secundarios, Alexander Roslavets convenció con un Talbot noble y conmovedor, mientras Gezim Myshketa encarnó con solidez a un implacable Lord Cecil, el gran instigador de la ejecución de Maria. El coro de la Staatsoper, dirigido por Eberhard Friedrich, destacó especialmente en la plegaria previa a la ejecución. En el foso, Antonino Fogliani dirigió con sensibilidad a la Philharmonisches Staatsorchester Hamburg, ofreciendo un acompañamiento atento y perfectamente equilibrado con las voces. Los contrastes entre pasajes delicados y otros más amenazantes, agresivos o de gran tensión dramática fueron esculpidos con maestría, sosteniendo el pulso narrativo en todo momento.

La puesta en escena, firmada por Karin Beier, directora del Schauspielhaus de Hamburgo, aporta una lectura conceptual sin caer en actualizaciones forzadas. Inspirada en la teoría medieval de los “dos cuerpos del rey”—uno político y simbólico, otro biológico y ligado a las emociones—, la directora introduce un interesante juego escénico: antes de cada acto, un doble de cada reina recita textos históricos, y a medida que avanza la ópera, estos dobles se multiplican hasta alcanzar seis por cada monarca. Vestidas en rojo y blanco para Elisabetta y en negro y blanco para Maria (diseño de Eva Dessecker), estas figuras encarnan los conflictos internos de ambas mujeres, materializando sus pensamientos y emociones más íntimos.
Este juego simbólico alcanza su punto álgido en el desenlace. Maria, con la cabeza rapada, aparece cubierta por un manto negro de luto, pero en el último momento se lo desprende y revela un vestido rojo, idéntico al de Elisabetta. En su último aliento, se iguala a su rival, quizá en un acto de desafío, quizá en una aceptación trágica de su destino.
El diseño escenográfico de Amber Vandenhoeck refuerza el ambiente opresivo con un espacio monumental de altos muros de granito, apenas surcados por rendijas de luz. En el centro, un cubo giratorio deja entrever los espacios privados de las reinas, mientras sobre él flota un enigmático objeto plateado con forma de lágrima, generando una sensación de irrealidad. Las proyecciones diseñadas por Severin Renke —retratos históricos de las monarcas, escenas de caza teñidas de sangre, joyas regias— completan el impacto visual.
Es de agradecer que la propuesta escénica evite lecturas excesivamente contemporáneas, aunque no renuncia a ciertos códigos del Regietheater. Pero el final es inapelable: Maria yace sobre un escritorio, con los brazos extendidos, en una imagen de crucifixión que deja una última impresión poderosa. Un final de gran impacto para una producción que, sin duda, marcará un hito en la historia de la ópera en Hamburgo.
(fotos: Brinkhoff/Mögenburg)


