Adolfo Gutiérrez Arenas y Josu de Solaun: Celebrar lo tardío

PARISIEN
Obras de Fauré, Debussy, Massenet y César Franck. Adolfo Gutiérrez Arenas, violonchelo. Josu de Solaun, piano. ARIA CLASSICS (1 CD)
La Sonata de César Franck al violonchelo no es una arbitrariedad de virtuoso. La transcripción, casi por completo transporte de la línea del violonchelo con respeto de la del piano, es de tiempos del propio Franck, que aprobó la versión de Jules Delsart. Es obra de cuando la música de cámara francesa (Franck, belga de Lieja, es más francés que nadie) se había hecho un importante hueco, al socaire de defender la música nacional; Ars Gallica, lema, con la Société Nationale como instrumento (en cuyo seno estrenó Fauré su Primera Sonata para violín y piano, con algo más de treinta años). Hay otras transcripciones, pero ninguna tan legítima como ésta.
Es el cierre de un CD brillante, hermoso, de esos en que el virtuosismo está al servicio de una auténtica interpretación; que aquí parece rehuir las densidades de Europa Central que sin duda inspiran a Franck, para hermanarse con la levedad aparente de la mejor música francesa (insisto: aparente). Tal vez por eso colocan a Franck al final, o acaso por su mayor espectacularidad. No importa, podemos escoger las pistas. Arenas y Solaun nos dejan muy satisfechos con Franck, y su Franck acaso es consecuencia de su Fauré y su Debussy.
Tardía es la Sonata de Franck; y tardías son las de Debussy y Fauré. Fauré, el longevo, nacido en 1845, estrenó su Segunda Sonata con casi ochenta años, edad que no llegó a cumplir. Es esta bellísima pieza, el op. 117, de 1922, cuando la guerra ha terminado, aparentemente, pero dejaba agitados los espíritus. El joven Fauré, que aprendió mucha música de Europa Central de la mano de Saint-Saëns, había vivido la guerra franco-prusiana, con su humillación nacional, y ahora el veterano artista padecía con estupor la Gran guerra. Ni aun así engrosó las filas del chauvinismo de la Schola, los discípulos de Franck, con Vincent d’Indy (gran antidreyfusard) a la cabeza. Y es que posiblemente su verso brotaba de manantial sereno.
Me parece ver (oír, sentir) que Arenas y Solaun hermanan a Fauré con Franck, antes de que suene Franck si dejamos las pistas a su aire. Acercan las fronteras de ambos. Menos germánico Franck, pero con Fauré más hacia el Rhin. Les animaría a que experimentasen tal contraste, si no fuera porque no se trata de algo objetivo por mi parte.
En medio, la modernidad de la Sonata de Debussy, una de las tres de su época tardía, se advierte en la renuncia al desarrollo con la consiguiente concisión de verbo, el notorio cambio de sentido en lo que llamamos línea, la ambigüedad tonal (y si no es ambigüedad, es actitud esquiva a la tonalidad), la sensación de que la gramática condiciona una manera muy distinta de encarar sonido y evaluar emociones (¿acaso emociones veladas?). En el corazón mismo del CD, del recital, la Sonata de Debussy choca como contraste repentino de modernidad. Como si se tratase de modular entre las Sonatas, hay tres breves piezas, una que introduce, la Romance de Fauré; otras que modula de Fauré a Debussy, la bella y fugaz Après un rêve, de Fauré; y, en fin, un encore por excelencia, la belleza sencilla e intensa de la Meditación de Thaïs, pero al violonchelo, claro está.
Música francesa muy bien entendida por este dúo ejemplar, Adolfo Gutiérrez Arenas y Josu de Solaun. Esto es, se trata de marca francesa, sí, pero con el menor nacionalismo posible. Sabemos que, en música, el nacionalismo no se limita a recoger temas del pueblo; estarían apañadas las naciones de ser así, solo así. Y es que ¿acaso las músicas tienen pasaporte? Ay, Stravinsky, que tantas músicas ha sido, señaló a Scriabin como carente de pasaporte; y no era un elogio, precisamente. Haya nación o no, los dos virtuosos titulan este CD como Parisien, no como francés. Sea como sea, es un recital de una excelencia indiscutible. Aunque, lo sé, eso se pueda discutir.
Santiago Martín Bermúdez


