GRANADA / Viena vital y crepuscular con la OCG y la Joven Academia

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 4-IX-2024. Chen Reiss, soprano. Joven Academia de la OCG. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Richard Strauss y Mahler.
Primer concierto de la OCG de la temporada con la Joven Academia, la benemérita iniciativa de donde jóvenes músicos en formación (en algunos casos, verdaderamente muy jóvenes) interpretan un concierto real junto a los músicos de la OCG, conformando con ello una futura cantera que da continuidad a la formación y que además permite a esta abordar repertorios fuera de los habituales y que requieren de una plantilla orquestal más nutrida. En este caso, las obras escogidas fueron significativas a este respecto: los Cuatro últimos lieder TrV 296 de Richard Strauss, y la Sinfonía n.º 1 en re mayor «Titán» de Mahler.
En este sentido, creo que es un acierto (y una decisión valiente) que estos jóvenes músicos se enfrenten a un repertorio especialmente relevante, canónico, pleno, como es el caso de los Cuatro últimos lieder de Strauss, y no se vean abocados a interpretar tan solo piezas más o menos brillantes y de ejecución y aplauso fáciles. Pero también hay que afrontar los inconvenientes. Quizá una obra tan densa musical e ideológicamente, con tantas connotaciones extramusicales reflejadas de forma magistral en la partitura, con un tono tan marcadamente crepuscular y de madurez, culminación o epílogo, no sea la que mejor casa con el estro juvenil.
La interpretación fue correcta y esforzada, con la orquesta plenamente concentrada en su ejecución, pero algo plana y falta de los matices orquestales que contiene, si bien se percibía también la voluntad, aquí y allá, de que afloraran; a veces, incluso, con algunos serios problemas, por ejemplo al inicio del segundo lied (donde, sin embargo, sí se lograron algunos efectos interesantes, como el remedo de la lluvia de septiembre en los violines). Si digo esto es justamente porque la Joven Academia —como la propia OCG— no tiene a estas alturas nada que demostrar después de grandes interpretaciones que hemos consignado aquí, y nos parecería paternalista por tanto no señalar estas cuestiones por deferencia a la juventud, y además pondríamos bajo sospecha todo lo bueno dicho, o lo que vamos a decir; porque, de hecho, por ejemplo, sí resultó bien ejecutada (la mejor del ciclo), por ejemplo, la interpretación del tercer lied, Beim Schlafengehen, muy bien llevadas las cuerdas por Macías y con una excelente intervención solista de la concertino (que brilló en diferentes momentos durante todo el concierto). La soprano, Chen Reiss, estuvo muy bien, con un timbre denso y seguro, muy bonito y apropiado para este tipo de repertorio, no muy voluminoso quizá, pero suficiente y que aportaba así un extra de dulzura que a veces se echa en falta en estos lieder en los que hay que lidiar con la densidad de la orquesta.
Con la sinfonía de Mahler, —quizá por ser una obra más en sintonía con espíritus jóvenes— orquesta y director resultaron más seguros y confiados, y la versión fue, en líneas generales, solvente y, por momentos, brillante. La larga introducción, con un Lucas Macías muy concentrado, resultó muy lograda y consiguió el efecto genuinamente telúrico y misterioso, indeterminado, de contraste entre la armonía sostenida de las cuerdas y los varios «sonidos de la la naturaleza» que aquí y allá realizaban con gracia distintos instrumentos solistas. Especialmente brillante el segundo movimiento, con su aire ingenuo de ländler; también la extrañante combinación de melancolía y charanga callejera —con ecos populares judíos—, interpretada con los contrastes precisos, sin excesos, del tercer movimiento, con magníficas intervenciones solistas, desde la inicial del contrabajo de Frano Kakarigi, hasta la extraordinaria de Eduardo Martínez, el oboe, secundada de inmediato y con gran valor por el clarinete agudo de un joven aguerrido. Hubo el espectáculo del despliegue dramático y tormentoso del cuarto movimiento hasta el triunfo definitivo, con el correspondiente espectáculo visual, maderas enhiestas y trompas en pie, que a veces se pudo desajustar (digamos que algunos se les fue el pistón), con una fanfarria final fallida previa a la coda verdadera, pero que no deslució una interpretación espectacular, entusiasta, titánica (cedimos a la tentación): una de esas por las que nos gustan tanto los conciertos donde participa la Joven Academia.
José Manuel Ruiz Martínez


