GRANADA / Sugestivas ‘Bodas de Fígaro’

GRANADA / Sugestivas ‘Bodas de Fígaro’

Granada. Palacio de Carlos V.  Mozart, Le nozze di Figaro. Artuu Kataja (b), Sophie Karthäuser (s), Sunhae  Im (s), Robert Gleadow (b), Olivia Vermeulen (m), Salomé Haller (s), Thomas Walker (t), Marcos Fink (b) y Maria Hagen (s). Espacio escénico: Frederic Amat. Coro de la Orquesta Ciudad de Granada. Orquesta Barroca de Friburgo. Director musical y escénico: René Jacobs.

Las consideraciones que algunos compositores han vertido sobre la figura de Wolfgang Amadeus Mozart dejan claro la inmensa grandeza de este genio solitario de la historia del arte que fue calificado por Rossini como “único en poseer un dominio absoluto de arte y ciencia”, o por Wagner cuando dice: “En la historia de todas las artes no hay ejemplo más noble y digno de admiración que el de Mozart”. Estas aseveraciones quedaron ayer patentes en la representación de una de sus grandes creaciones líricas como es Las bodas de Fígaro, primera de sus colaboraciones con el ingenioso clérigo, poeta y libretista italiano Lorenzo da Ponte. Para esta ocasión, la dirección del Festival ha contado con la Freiburger Barockorchester, una de las mejores agrupaciones en el ejercicio musical con instrumentos de época siguiendo criterios historicistas, y la conducción del gantés René Jacobs, gran contratenor en su juventud y experto en la recreación del estilo barroco. En este caso, ha aplicado sus destilados juicios y valoraciones al clasicismo mozartiano con un resultado que ha sobrepasado positivamente cualquier expectativa, con el implemento de una escenografía conceptual que supo sacar partido de la monumentalidad del espacio escénico.

Desde la obertura se pudo percibir cómo Jacobs anticipaba una concepción realmente sugestiva de esta ópera con la que Mozart reafirma la elocuencia alcanzada en su Idomeneo, re di Creta, Kv.366 compuesta años antes. Se iniciaba así el derroche de melodías que contiene esta obra expuestas con una calidad de aterciopelado sonido verdaderamente digno de admiración que servía para sentir la expresividad acústica con la que trabajaba el compositor en 1786, año de su estreno en Viena. Si este factor estaba inicialmente despejado, quedaba ver la correspondencia de las voces ante tal excelencia, hecho que vino a producirse desde la primera intervención del bajo-barítono canadiense Robert Gleadow haciendo de protagonista. Su estructurada voz en todos los parámetros canoros dejaba claro que la defensa de su papel iba a ser uno de los pilares de esta representación, que se manifestó en un proceso de sutil crecimiento a lo largo del desarrollo de la obra. Una más que interesante Susanna fue encarnada por la soprano coreana Sunhae Im, demostrando lirismo vocal en coloratura, agilidad y ligereza, todo ello sustentado en una electrizante capacidad dramática.

Siguiendo el orden de aparición, toca entrar a valorar al bajo argentino Marcos Fink en su doble rol del médico Don Bartolo y el jardinero Antonio, dejando una acertada impronta de naturalidad en su primera intervención, el aria La vendetta que canta el galeno. La soprano Salomé Haller dio el tipo formal y vocal de la gobernanta Marcellina, dejando un excelente sensación en el pequeño dúo con Susanna, Via resti servita. Fue el caso también de la mezzosoprano holandesa Olivia Vermeulen poniendo en acción el siempre difícil papel para una mujer del erotizado paje Cherubino en la entrecortada aria Non so più cosa son! en la dejó patente su gusto y sentido del canto, de modo especial en el final de este pasaje. Por su parte el tenor escocés Thomas Walker defendió con profesionalidad su doble rol de Don Curzio y Basilio, juez y profesor de música respectivamente, caracterizando con sentido distintivo cada uno de estos personajes. Esto se pudo percibir en el terceto en el que cantó por vez primera el barítono finés Artuu Kataja haciendo de celoso e infiel Conde Almaviva, constante contrapunto en el argumento de esta obra, y que alcanzaría un toque de distinción en esa perfección que logró Mozart, como una especie de dulcificado “giovannesco” anticipo, en el recitativo y aria Hai già vinya la causa! del tercer acto, demostrando el por qué de su brillante carrera que mantiene en un constante crecimiento.

La atormentada Condesa Almaviva tuvo una acertada adjudicación a la versátil soprano belga Sophie Karthäuser que dio siempre esa vis dramática que pide el personaje de Doña Rosina, consiguiendo plasmar la aflictiva sentimentalidad en la famosa aria Dove sono i bei momenti después del sensitivo recitativo E Susanna non vien!. Por último, fue gratamente sorprendente la aparición de la soprano alemana Mirella Hagen como Barbarina, la hija del jardinero, brillando en el inicio del último acto con la desasosegante cavatina L´ho perduta, momento cumbre de la genialidad lírica de Mozart que lo hacen único, como diría Rossini, entre los más grandes del olimpo musical.

Mención aparte merece la orquesta. Su concentrado saber y rica experiencia puestos al servicio de esta música, tamizada por el sentir de René Jacobs, fue todo un espectáculo de máxima distinción artística, teniendo el que suscribe la necesidad de hacer énfasis en dos elementos sustanciales de esta formación: la concertino, verdadero motor en métrica y dinámica de la respuesta orquestal, y el “pianofortista”, en su imprescindible misión de sentimentalizar los recitativos, alcanzando ese sustancial grado de convergencia expresiva en la poliédrica acción de la obra, al lograr el status de personaje central, sabiendo administrar emociones desde el teclado de su piano-forte. Todo un prodigio de sabiduría musical implementado por la positiva complicidad de un primer violonchelo en semejante estado de gracia. Por su parte, la sección de madera brilló con exquisita humildad expresiva, en contrapunto a una cuerda espléndida en timbre que articulaba los fraseos con una sorprendente afinada precisión en un constante proceso de ajuste de diapasón necesario ante la infernal temperatura de hasta más de treinta grados del caldeado patio carolino. Esto significó un milagro continuado que sólo se puede entender desde una suprema profesionalidad y absoluta excelencia artística.

Se superaron las expectativas de esta noche mágica de ópera, alcanzándose  ese deseable grado de excepcionalidad que ha de perseguir el Festival en la calidad de sus contenidos. En este caso, objetivo cumplido.

(Foto: Fermín Rodríguez – Festival de Granada)