GRANADA / Ópera y cine en el Palacio de Carlos V. Noche brillante de payasos tristes

Granada. Palacio de Carlos V. 8-VII-2025. Carolina López Moreno, soprano. Alejandro Roy, tenor. Claudio Segura, barítono. Moisés Marín, tenor. Pablo Gálvez, barítono. Joven Coro de Andalucía (dir: Marco Antonio García de Paz). Coro de la Orquesta Ciudad de Granada (dir: Héctor Eliel Márquez). Orquesta Joven de Andalucía. Directores: Guillermo García Calvo y Timothy Brock. Leoncavallo: I Pagliacci. Música de Arthur Kay en arreglo de Timothy Block para la proyección de la película El circo (Charles Chaplin, 1928).
Segunda de las propuestas dedicadas a la conjunción entre el cine y la ópera en el Festival de Granada, en este caso con curioso programa combinado —en realidad, casi dos conciertos en uno— y cuyo hilo conductor sería la figura del payaso (tanto en su evidente cualidad cómica como, por contraste, en su posible dimensión trágica), y, en lo musical, por algunos guiños y referencias de las partituras que pudieron escucharse. De este modo, asistimos por una parte a la representación en versión de concierto de la ópera I Pagliacci de Leoncavallo, y después a la proyección con música en directo de The Circus de Charles Chaplin (1928). Fue una velada intensa y plena, pero, si bien es cierto que por separado cualquiera de las dos obras se habría quedado corta, lo cierto es que la suma de ambas resultó algo larga, sumado a lo tarde (las 22:30) que comenzó el espectáculo.
El auténtico puente entre ambas propuestas fue la Joven Orquesta de Andalucía —incluso los directores fueron distintos en cada parte, de nuevo un hecho insólito y original—, que interpretó la música de ambos programas, de naturaleza tan distinta. Fue también el pilar del concierto: demostró una solvencia, una solidez y una calidad interpretativa notables, en la ópera y, todavía más en la música incidental, donde la atención a la película, al invisibilizar a los intérpretes, permitía apreciarlos en su precisión y su excelente sonido, y olvidarnos por completo de consideraciones en torno a su edad o su experiencia: era simplemente una magnífica orquesta. Con todo, resultaba también emocionante contemplarlos en su juventud y su entusiasmo genuino, plasmados por ejemplo en la figura de quien fue el concertino en la segunda parte, con la alegría permanente reflejada en el rostro —esto sin menoscabo del magnífico desempeño de la concertino de la primera—. Hay futuro para la música sinfónica en España y eso es siempre reconfortante.

En una ópera en concierto se aprecia cómo la fuerza de determinadas músicas y la calidad de los intérpretes puede sobrepujar cualquier ausencia o carencia escénica (o incluso argumental, como es el caso: pocos libretos tan anticuados y problemáticos para los tiempos actuales como este): la emoción dramática que se desarrolló en el patio del palacio de Carlos V resultó genuina, bajo la dirección enérgica, resuelta, y en plena conexión con los intérpretes, de Guillermo García Calvo. Se nos van a agotar los adjetivos elogiosos si queremos no repetirnos: Carolina López Moreno estuvo espectacular, con un volumen, un timbre y un dominio de la voz perfectos, seguridad en los agudos, la conjunción exacta de belleza y potencia. El papel de Canio parecía escrito por Leoncavallo para Alejandro Roy: desolado, terrible, poderoso, dueño de la escena en sus intervenciones. En el momento más célebre y esperado de la ópera, Recitar!… Vesti la giubba, consiguió transmitir la emoción inevitable ante lo clásico realizado como se debe, como quien por fin se halla ante el monumento no por evidente menos hermoso o imprescindible. Claudio Segura estuvo en su papel, con un uso dramático de su poderosa voz, con la que adoptó, según el código verista, tonos tanto bufos como siniestros con gran acierto y precisión. Pablo Gálvez resultó correcto, discreto, también quizá con un punto excesivo de vibrato. Preciosa voz, elegante y equilibrada, la de Moisés Marín, quien bordó la interpretación de su gran número, O Colombina il tenero fido… en lo escénico y en lo vocal, con una gracia insuperable, magníficamente acompañado con los pizzicatti de la orquesta, por cierto. La cosa habría resultado redonda si los cantantes (que, paradójicamente, daban muy bien cada uno el personaje en términos de casting), aprovechando que se trataba de una versión de concierto, se hubieran limitado a quedarse en sus atriles con las manos sobre estos en lugar de amagar con gestos de función escolar, que, por otra parte, no empañaron en absoluto, como decimos la emoción y la calidad de la obra y su interpretación en lo musical. La conjunción del coro de la Orquesta Ciudad de Granada y el Joven Coro de Andalucía sonó vibrante y espectacular, aportando el contrapunto de festiva ironía a la tragedia y redondeando la emoción del espectáculo.
De la obra maestra que es El circo de Chaplin poco puede añadirse. En lo que nos concierne, Timothy Brock era el responsable tanto de la música como de la dirección de la orquesta, como ya sucediera en la proyección precedente de Burlesque on Carmen, también de Chaplin, con la OCG (crítica aquí). La afinidad entre músico y cineasta es evidente. Como sucediera entonces, planteó una música —en este caso, a partir de la original de Arthur Kay— ilustrativa, precisa y perfectamente acorde con el espíritu de la película y sus distintos tempi narrativos. Estaba además plagada de referencias a obras célebres que, fuera de contexto y al ser reconocidas por los espectadores, producían el consecuente efecto paródico y cómico: desde la propia I Pagliacci, citada ya durante la proyección del título, y Vesti la giubba durante toda la escena de desamor, a «La mañana» de Peer Gynt, la marcha del toreador de Carmen (cuando Charlot le planta cara a un león dentro de su jaula), el preludio de Lohengrin de Wagner, la Marcha fúnebre para una marioneta de Gounod y, por supuesto, la Marcha de los gladiadores de Julius Fučik, asociadas de modo ya inevitable la primera a la figura de Alfred Hitchcock y la segunda al circo a pesar de sus orígenes y sus títulos (lo que demuestra la fragilidad programática de cualquier música). La dirección de Brock fue precisa y entusiasta, y la interpretación de la joven orquesta, como decimos, sobresaliente. Noche brillante de payasos tristes.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada)


