GRANADA / Nadine Sierra, maravilla de Violetta, pero…

Granada. Palacio de Carlos V. 11-VII-2025. Nadine Sierra (Violetta), Xabier Anduaga (Alfredo), Artur Ruciński (Giorgio Germont). Karina Demurova (Flora). Gemma Coma-Alabert (Annina). Albert Casals (Gastone). Tomeu Bibiloni (Douphol). David Lagares (Obigny). Giacomo Prestia (Doctor Grenvil), etcétera. Coro y orquesta titulares del Teatro Real de Madrid. Dirección musical: Henrilk Nánási. Verdi: La Traviata.
Gran noche de ópera en el Palacio de Carlos V. Acaso no podía ser de otra manera. La traviata es siempre apuesta segura de éxito. Más si se presenta con un reparto tan sobresaliente como el armado por el Teatro Real para su visita en pleno al Festival de Granada, prácticamente idéntico al de las recientes funciones en su casa madrileña. También el mismo director -el no solo efectivo maestro húngaro Henrik Nánási- e idéntico exitazo. Pero esta versión de concierto granadina tenía, a pesar de la ausencia de la puesta en escena de Willy Decker, el plus único del “marco incomparable”: un abarrotado Palacio de Carlos V envuelto en el sortilegio de una noche de luna llena que fue más primaveral que veraniega.
No se va a descubrir la excepcionalidad de la Violetta en plenitud de Nadine Sierra, una voz ideal para el papel. Pletórica en todo. Potencia, anchura de registro, coloratura, pianísimos, agudos y sobreagudos, peso en los graves, fraseo, colores, matices, fiato, belleza vocal, fraseo, entrega, matices, presencia escénica ideal para la desventurada protagonista… Tres maravillosas sopranos en una. Ligera, lírica y casi dramática. Pero algo falta en su perfecta Violetta Valéry sin escenografía para que cale más allá de la admiración de un canto que es gloria, una entrega que es absoluta y una gestión de sus fabulosos medios vocales siempre magistral.

Su Violetta fascina, admira y conmueve. Es una maravilla, sí, pero no hiela el alma. En el fondo, más allá de la perfección, el estilo y la entrega, queda la impresión de que más que ser Ella, ha hecho de Ella. Su interpretación se sustenta en el talento y arranca de una sinceridad que palpita en cada silaba y nota. “Croce e delizia”. Pero falta la esencia del personaje, que sobre él se imponga el pálpito más que la grandiosidad del intérprete; acaso esa “pálida sumisión”, ese “sentido de culpa y de fatalidad” al que se refiere Joan Matabosch en el texto incluido en el programa de mano.
La diva estadounidense (Sierra nació en Florida, en 1988) contó en Granada con el mismo Alfredo que en Madrid, el no menos excepcional Xabier Anduaga (Donostia, 1995), toda la noche pletórico de potencia, estilo, entrega y medios vocales. Su fraseo, generoso y que él proyecta admirablemente desde una vocalidad que hoy es ya de lírico puro, queda matizado desde la entraña misma de la partitura y del libreto y de un papel que, en cualquier caso, carece de los alambicados perfiles psicológicos y dramatúrgicos del de Violetta. La voz, como escribe Ricardo de Cala en la crítica publicada en SCHERZO de las funciones madrileñas, es “cálida, bella y extensa”, y gobernada con entrega, convicción y arrojo, como demostró en la escena de las cartas y, sobre todo, en un arrojado “De’ miei bollenti spiriti” que le afianza entre los mejores Alfredo de la actualidad.

El papel de Giorgio Germont fue defendido por el barítono polaco Artur Ruciński, cantante de quilates que en Madrid se llevó el gato al agua frente a la estrella Luca Salsi. Sin ser Cappuccilli, Bruson o Bruscantini, Ruciński -que hizo sus pinitos en España en el Palau de Les Arts de Helga Schmidt- es barítono de fuste, cuidada línea de canto, versátil e innegable estilo verdiano, que dio la justa medida del personaje, ennoblecido en el gran momento ‘Di Provenza il mar’. En el hilvanado reparto, brillaron la vigorosa Flora de Karina Demurova y los bien delineados y cantados Gastone del tenor Albert Casals, el barón de Douphol del barítono Tomeu Bibiloni y el lujazo de Giacomo Prestia, quien puso su profunda voz de verdadero bajo al servicio del doctor Grenvil.
Henryk Nánási, otro artista que comenzó su carrera en la València del Palau de Les Arts (donde desde 2015 ha dirigido Macbeth, Werther, y Yolanta, además de diversos conciertos sinfónicos) gobernó con pulso verdiano, soltura y evidente eficacia los mimbres sinfónicos y corales del Teatro Real, que bajo su gobierno meticuloso supieron adaptar sonoridades, acentos y tempi a la acústica particular y complicada del Carlos V. Por fortuna, el poderío de las voces y buen hacer del podio mantuvieron el equilibrio con el sentido sinfónico y coral que entraña la partitura, que Nánási supo emplazar justo en el fiel entre sus raíces belcantistas y el Verdi de plenitud que tanto apunta en esta eterna y siempre joven ópera maestra. Corría ya la una de la madrugada cuando Violetta Sierra recitó su adiós a la vida: “Cessarono / Gli spasmi del dolore. / In me rinasce m’agita / Insolito vigore! / Ah! io ritorno a vivere”. Hacía fresco y el plenilunio marcaba la silueta de la Alhambra. ¡Granada!
Justo Romero


