GRANADA / Magnífica ceremonia musical de coronación del Emperador Carlos V en su palacio

Granada. Palacio de Carlos V. 21-VI-2026. Odhecaton. La Pifarescha. Ensemble Pian & Forte. Director: Paolo Da Col. Puesta en espacio: Rita Cosentino. Obras de Gombert, Richarfot, Clemens non papa, Desprez, Lübeck y Bendinelli.
Cerca del Palacio de Carlos V, mandado construir por el Emperador en la Alhambra hace ahora 500 años, hay un bellísimo pilar (esto es, una fuerte de pared) obra de Pedro Machuca, el arquitecto del palacio, en cuyo centro puede leerse la inscripción: IMPERATORI CAESARI KAROLO V HISPANIARUM REGI. Poder escuchar en este entorno el concierto que ofrecieron Odhecaton, La Pifarescha y el Ensemble Pian & Forte, dirigidos por Paolo Da Col no es una experiencia cualquiera. No hay aquí simulacro de escenario; el peso de la piedra y de la Historia cuentan. Interpretaron la Música para la coronación imperial de Carlos V, la que lo entronizó en 1530 como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. El repertorio incluyó una misa de Nicolas Gombert a cinco y seis voces, y diversos motetes, casi todos ellos también a más de cuatro voces, como parece corresponder al decoro suntuoso de la ocasión (algunas de ellas realizadas por los instrumentos), y otras piezas de diversos autores, obras que sonaron verosímilmente en la basílica de San Petronio de Bolonia.
El concierto comenzó, como era previsible, con una impresionante fanfarria de triunfo, la Prima entrata imperiale de Girolamo Fantini, con trompetas y timbales para, a continuación, ir alternándose las distintas piezas, vocales e instrumentales. Las trompetas se destemplaban un tanto, como comienza a ser previsible en el uso de este tipo de instrumentos originales, de modo que configuran ya un sonido característico, casi podríamos decir que se trata de desafinados de época; no así los ministriles, cuya ejecución resultó impecable, sobre todo, por ejemplo, en el recamado virtuosístico que implicó la obra Frisque et gaillard de Jacobus Clemens non Papa. Las voces, todas ellas masculinas en sus distintas alturas, conformaban efecto tímbrico muy particular, propiciado además por la búsqueda de un sonido que huía de la dulzura y la redondez del empaste más propio de tiempos posteriores, un punto deliberadamente bronco, hermoso, extraño y logrado. Victor Hugo ya habló de las músicas que, de antiguas, nos suenan muy nuevas. Los músicos cantaban con un aplomo y una seguridad envidiables, y generaron momentos de verdadera belleza, como en el Evangelio (In illo tempore) de Gallard, cantado a seis voces por seis solistas en un círculo cerrado (en general, muy lucidos en momentos de los motetes o de la misa donde se cantaban partes casi solistas a dos o tres voces), o el impresionante Regina caeli a 12 voces de Nicolas Gombert. Pero quizá el momento más sobrecogedor fue la interpretación del motete O bone et dulcissime Jesu, quizá en parte también por su nítida sencillez de cuatro voces, que los intérpretes realizaron desde la galería (que reveló unas magníficas cualidades acústicas, mejor incluso que las del escenario), detrás del público, con un cambio de luz en el espacio, y que dotó a la obra de una sugestiva cualidad acusmática.
En este sentido, la puesta en escena (puesta en espacio, en puridad) de Rita Cosentino resultó de una eficaz sobriedad, inteligente y muy de agradecer en una época en que la música parece que tenga que acompañarse de algún tipo de teatrillo para compensar posibles déficits de atención. Huyendo de toda tentación del kitsch, del subrayado o del disfraz (no hubo el menor amago de mímesis de ceremonial: el ceremonial era el concierto mismo), aquella se limitó a la disposición espacial de los cantantes —las fanfarrias siempre arriba, la citada interpretación detrás del público, a cambios de iluminación—, pero incluso los movimientos de los intérpretes no tuvieron ningún énfasis y se realizaron con la naturalidad de músicos que se desplazan. La directora incluso nos ahorró la consabida procesión inicial de coros y sacabuches por el pasillo central.
La interpretación era de época, pero el público, lamentablemente, era del siglo XXI y, en general, no estuvo a la altura. Interrumpió continuamente la actuación con aplausos, rompiendo el ritmo de la ceremonia, a veces incluso intentando aplaudir en la pausa natural de alguna estrofa, a punto de cambiar el coro de registro (y demostrando estar más bien perdidos), lo que hizo que los músicos tuvieran que hacer gestos de contención. Hubo un particular que habló cada vez lo estimó oportuno, sin hacer siquiera un amago de susurro. Si hubiera sido la coronación original, seguramente habría sido decapitado al amanecer por orden del emperador. Pero no estamos en el siglo XVI.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Álex Cámara)


