GRANADA / La OCG y Samuel Lee: lirismo y jovialidad

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 23-I-2026. Orquesta Ciudad de Granada. Samuel Lee, viola y dirección. Obras de Sibelius, Bruch, Bartók y Beethoven.
En su séptimo concierto de abono, la OCG presentaba un programa heterogéneo y curioso, compuesto por obras sin relación aparente entre sí, lo que también resulta grato, la posibilidad de escuchar una sucesión variada de piezas un tanto al albur, sin la necesidad, a veces obsesiva, de un hilo conductor histórico, temático o narrativo. Fueron estas el Vals triste op. 44 de Sibelius, la Romanza para viola y orquesta op. 85 de Bruch, las Danzas rumanas de Béla Bartók y la Sinfonía nº 1 en Do mayor op. 21 de Beethoven. Debutaba en la dirección Samuel Lee, y, al parecer, ha sido él mismo quien ha seleccionado las obras, entendemos que por afinidad con ellas. La idea es verosímil, dado que demostró un gran entusiasmo, con una dirección enfática y convincente, y movimientos no exentos de cierta ingenuidad, pero también de elegancia.
En el Vals triste, Lee cumplió estrictamente la indicación de Lento y, en efecto, arrancó este lento, con un pianissimo precioso, dubitativo, como buscándose en su tristeza; tenso también, emocionante, un planteamiento expresivo excepcional, que llevó a la orquesta a veces al límite, pero que funcionó en general; también lo hizo luego el contraste de la parte dramática y movida, con un subrayado muy interesante de una nota sostenida de las trompas y marcada de forma expresa por Lee, casi disonante, que reforzaba el carácter ominoso del momento. El delicadísimo final, muy logrado, lo estropeó la tos de una filistea sin remisión de entre el público que debía de estar pensando en sus cosas.
En la Romanza, el compromiso expresivo de Lee casó plenamente con la orquesta, y el resultado fue una pieza densa, empastada y lírica, donde el director fue además el solista de viola, con un sonido que describiremos, rindiéndonos al tópico en aras de la claridad, como aterciopelado, con algunos diálogos muy logrados con algunos instrumentos, como el que tuvo con el fagot, y de nuevo dinámicas expresivas muy conseguidas. Al escucharla cabría pensar: el romanticismo musical es esto.
Este entendimiento entre orquesta y director culminó en la que fue probablemente la mejor interpretación de la noche: las Danzas rumanas. Aquí se mantuvo el empaste excelente de la romanza, pero de repente al servicio de la pura jovialidad y, a las dinámicas virtuosas, se sumó además una excelente capacidad de la orquesta para el color, con auténticos hallazgos tímbricos, y unas cuerdas casi agresivas en su expresividad rítmica y folclórica, y magníficas intervenciones individuales como las del clarinete solista o la piccolo.
Por último, la sinfonía de Beethoven participó de ese entusiasmo y jovialidad, en una interpretación brillante y equilibrada donde cabe destacar, en el primer movimiento, la preciosa ejecución del solista de oboe del inspirado tema segundo (muy bien, en general, en toda la sinfonía, los vientos). Un simpático Andante cantabile con moto, y un Menuetto vertiginoso con más de Scherzo en realidad, tan divertido como bien resuelto, dieron paso al Finale, donde, con gran sentido del humor, Lee prolongó la lentitud juguetona e interrogativa del comienzo, para desembocar en una explosión de ritmo ininterrumpida —casi con algo de perpetum mobile— hasta la brillante coda final.
José Manuel Ruiz Martínez


