GRANADA / La belleza extraordinaria de Schubert, magníficamente transmitida por Lewis

Granada. Patio de los mármoles (Hospital Real). 73 Festival de Granada. 28-VI-2024. Paul Lewis, piano. Integral de las Sonatas de Schubert (II). Sonatas D. 840, D. 664 y D. 845.
Llegó ayer el segundo recital schubertiano del pianista británico Paul Lewis, artista residente del Festival de Granada, tras el interesante coloquio mantenido el jueves, que quien firma estas líneas tuvo el privilegio de moderar. Esta segunda entrega schubertiana se centró en dos sonatas coetáneas de 1825, las D. 840 y D. 845, con una obra anterior, la D. 664 (1819) insertada entre ambas. No es casual el diseño del programa, como el propio Lewis explicaba en el precitado coloquio. Las dos obras de 1825 se producen tras la inflexión que en su música se observa tras el serio revés de salud de 1823, que marcará los pocos años (5) que restaban de la vida del compositor. En qué medida ese revés fue la sífilis, como hasta ahora se ha asumido con bastante generalidad y no poca ligereza (más sobre el asunto en una pieza que vendrá en breve), o de otra naturaleza, lo que es indiscutible es que ese golpe marcó un cambio radical en su música. Y eso pudo ser bien apreciado ayer, porque la sonata D. 664, escrita seis años antes, no sólo es un evidente contraste con las otras, sino una de las partituras más luminosas de todo el ciclo.
Y eso habla por sí solo respecto al cambio en el carácter de la música de Schubert tras ese año de 1823. La Sonata D. 840 que, aunque no terminó, bien puede considerarse acabada, como con buen sentido apuntaba el propio Lewis, está impregnada de una mezcla de serena tristeza, a veces solo un poco más tensa, otras (los silencios del andante) con una atmósfera sombría. La D. 664, en cambio, es de una luminosidad, de un optimismo que choca frontalmente con la anterior. La encantadora y lírica melodía de su inicio bien podría llevar letra, como tantas de sus canciones magistrales. Y es esa lírica luz la que ilumina la obra entera, incluso en los momentos, que los hay, de arrebato más pasional. La D. 845, en fin, nos devuelve a climas en los que la elegía domina, en más de una ocasión hermanada con trepidantes fogonazos (como en su final), pero también con un vibrante scherzo y un bellísimo, y nada fácil de plantear, tema con 5 variaciones en el andante poco mosso.
Me referí con detalle a la forma que Lewis tiene de acercarse al piano de Schubert con ocasión del recital que ofreció hace menos de dos semanas en Madrid, en el que interpretó de manera extraordinaria la triada final de sonatas del compositor austriaco (recital que aquí en Granada se escuchará el próximo día 2 de julio). Pueden encontrar dichos detalles aquí.

El recital escuchado anoche solo sirvió para confirmar las impresiones obtenidas entonces. Lewis ha madurado esta música durante años, y tiene una idea clarísima sobre ella. Idea sólidamente fundamentada y que transmite con absoluta determinación. Cuida varios aspectos fundamentales en su planteamiento. El sonido, en primer término, lleno, redondo, de una dinámica anchísima, manejada en toda su extensión con una gradación impecable. Sutil, adelgazado en extremo en los pianissimi (sirva la cuidada observación del triple ppp al final del primer tiempo de la D. 664 como ejemplo). Rotundo, contundente en los fortissimi (los dos acordes finales de la D. 845 pueden servir para ilustrar el caso). Pasajes con acordes repetidos que demandan un crescendo o un diminuendo quedaron recreados con la progresión adecuada.
El carácter, en segundo lugar. La tristeza siempre está presente en la música posterior a 1823. Lewis lo comentaba en el coloquio con una frase muy gráfica: “hasta en los momentos en que sonríe, la sonrisa es triste”. Pero el de Liverpool se acerca también a ese lado lírico de la D. 664 con total acierto. De ahí lo que comentaba en la reseña del concierto de Madrid sobre su atinada visión de un Schubert poliédrico. El pianista británico sabe salpicar el trasfondo de tristeza de las obras de madurez con los contrastes adecuados, con el canto, la pincelada de danza aquí o allá, el ramalazo lírico o el arrebato pasional, al que él se refería en el coloquio como “desesperación” frente al carácter “rebelde” de los fogonazos de Beethoven. En la ilustración de ese carácter juegan un papel esencial, junto al matiz y la dinámica, las inflexiones de fraseo, las respiraciones, las pausas, los matices repentinos que destacan con el adecuado énfasis las numerosas modulaciones de Schubert. Cambios en la armonía que nos impactan más porque Lewis se ocupa de destacarlos con tanto tino como sutileza.
El canto, en tercer lugar. La música de Schubert no se entiende sin su cualidad cantable. Incluso en la música no vocal, la canción está siempre ahí, implícita pero evidente. La forma en la que Lewis dibujó el segundo motivo del primer tiempo de la D. 840 habla de manera rotunda sobre la forma exquisita en que trasladó esa cualidad vocal para transformar el piano en una voz realmente emocionante. Ni que decir tiene que para ello se requiere un legato impecable (también sobre ello hablamos en el encuentro del jueves) y por eso es tan importante una pedalización adecuada. Los pedales son, a menudo, largos (y posiblemente, como ya apunté en su momento, ello sea influencia de su maestro Brendel, que tenía similar tendencia). Pero la riqueza expresiva del resultado es, creo, incuestionable.
Pero, por mucho que todo esto esté perfectamente armado y planteado, el edificio no se sostendría bien sin otros dos ingredientes esenciales: la convicción (otro aspecto que Lewis destacó en el encuentro del jueves: “si no estás totalmente convencido de lo que quieres decir, no convencerás a nadie”) y la naturalidad. Aspectos en los que también él ha ganado, y de qué forma, con los años. Conseguir el equilibrio entre un planteamiento de sólido fundamento analítico y la necesaria espontaneidad, alcanzar ese punto tan explicado por Brendel en el que el intérprete se implica lo justo para ser un vehículo de transmisión de la intención del compositor, y no un intruso suplantador del mismo, es tarea nada fácil. Menos aún en música de carga emocional tan intensa como la de Schubert.
Estas son algunas de las razones más importantes por las que lo que disfrutamos ayer fue arte pianístico de una dimensión superior, más allá de una ejecución, naturalmente, magnífica. Se pueden destacar muchos momentos, algunos ya apuntados. El final sobrecogedor en pp del primer tiempo de la D. 840, el primoroso segundo tiempo de esa misma obra, apuntado con sencillez y delicadeza, articulado con nitidez absoluta, y con un manejo estupendo de silencios y pausas (una constante en el recital, como ocurrió en Madrid; Lewis crea tensiones y expectativas de manera magistral; el calderón sobre el silencio prolongado doce compases antes del final de la D. 840 causó un impacto demoledor). El canto exquisito del andante de la D. 664 fue todo un ejemplo de cómo decir esta música de manera sencilla, natural, expresiva y sin olvidar esa cualidad vocal. La voz intermedia en el tramo inicial del segundo tiempo de la D. 845, dibujada de manera elegantísima. Y, para quien esto firma, uno de los momentos más hermosos de la noche, de esos en los que uno deja de anotar cosas e impresiones: el trio del scherzo en la D. 845, sencillo, nostálgico, delicado, elegante, sin aparato alguno. Una verdadera delicatesse. Puro Schubert. También lo fue el trepidante final de esa misma sonata. Rotundo, decidido, portavoz de la más sólida convicción. La antes citada de Lewis sobre Schubert. “Si no estás convencido, no puedes convencer”. Él lo está, de eso no cabe duda. Y a nosotros, no creo que tampoco haya duda, nos convenció también.
El éxito, grandísimo y más que bien merecido, tuvo regalo. Y vaya regalo: el allegretto quasi andantino de la Sonata D. 537, desgranado de manera exquisita. Se escuchará la sonata en el siguiente recital, y la “transformación” que hizo Schubert del motivo principal para llevarlo al último tiempo de la D. 959, podrá oírse en el último recital del ciclo. Un estupendo concierto en el que, Lewis logró plenamente su propósito: sumergirnos, en las luces (D. 664) y en las sombras (D. 840 y D. 845) de ese Schubert polifacético, con la misma, rotunda determinación, con que él lo hace.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Javier Martín Ruiz / Festival de Granada 2024)


