MADRID / Gran éxito de Paul Lewis con la triada final schubertiana

Madrid. Auditorio Nacional. 18-VI-2024. XXIX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Paul Lewis, piano. Schubert: Las tres últimas sonatas para piano, D 958-960.
Se cerró la 29ª edición del ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo con el retorno al mismo del pianista británico Paul Lewis (Liverpool, 1972). Si hace unas semanas escuchábamos a Elisabeth Leonskaja en la tríada final de la serie beethoveniana, Lewis propuso un más que adecuado cierre para este ciclo ofreciendo otra tríada postrera, la de Schubert (días antes de viajar al Festival de Granada, en el que será artista residente y ofrecerá la serie completa). Bien traída esta conexión, tal vez casual en la cronología de esos dos recitales, de Schubert con Beethoven. El primero, tan admirador, tan influido y hasta tan apabullado por la herencia musical del segundo. Por añadidura, ambos muy ligados al quehacer del propio Lewis… y del que fue su más célebre maestro, Alfred Brendel.
Al último año de la vida de Schubert pertenecen esas tres últimas Sonatas para piano (y otras grandes obras de su catálogo), auténticas obras maestras del género. Hay en ellas una enorme tensión, sentimientos de dramatismo y tristeza que, de una manera u otra, subyacen, con diferentes matices. Son aparentes desde el rotundo allegro inicial de la D 958 hasta el conmovedor desgarro que nos produce la desolación del Andante sostenuto de la D. 960. Tristeza que, con emocionante serenidad, transpira también en el Molto moderato que abre esta última sonata, con una música que esconde también ecos (ese reiterado trino en el grave) evidentemente tenebrosos. Y tristeza, en fin, que, aquí y allá, aparece también salpicada por agitadas sacudidas de turbulencia, como en algunos momentos de los tiempos finales de las D. 958 y 960. Y, de forma sorprendente, desatada, en el andantino de la D 959, como una suerte de ramalazo rebelde, una fantasía que suena improvisada, con casi (o sin casi) beethoveniano ímpetu, algo que también ocurre en el tramo final de los últimos movimientos de las tres (las codas de las dos últimas son buenas muestras de ello). Música, en fin, como ocurre en otras de las partituras del crepúsculo schubertiano, devastadora para el ánimo de quien la escucha con suficiente intensidad. Si a uno no le rompe el alma ese tremendo Andantino de la D 959 ya citado, lo hará a buen seguro el también aludido devastador Andante sostenuto de la D 960. Los últimos dieciséis compases de ese movimiento, en un escalofriante ppp, en los que Lewis llevó el adelgazamiento del matiz hasta dejar la música casi suspendida, son capaces de cortar la respiración del más insensible.

Música también de tremenda exigencia para el intérprete, obligado él mismo a la máxima concentración en obras de gran densidad y altísima carga emocional que debe traducir, pero sin que ello invada el ánimo hasta el punto de afectar, en muchos momentos, a lo que viene después. Sobreponerse a la congoja que despierta ese tiempo lento mencionado de la D 960 para afrontar el Scherzo como si nada hubiera ocurrido no es, créanme, tarea fácil. Decía Paul Lewis sobre el compositor austriaco algo muy ilustrativo: “Me encanta la vulnerabilidad de Schubert, su fragilidad, la falta de resolución. En cierto modo, la suya es la música más real y humana. Schubert es el que es, con todas sus preocupaciones y neurosis, y eso se refleja en su música. Las cosas que hacen frágiles a los seres humanos -la pérdida, la esperanza, la nostalgia- siempre salen a relucir en la música de Schubert.” Es difícil no comulgar con esta idea.
Ha evolucionado a mejor el británico desde que le escuché la última vez en vivo. El mecanismo sigue siendo muy preciso, el pedal de resonancia sigue tendiendo a la largueza (como el de su maestro Brendel), pero ha ganado el sonido en redondez y en anchura de matiz, y el discurso schubertiano fluye con naturalidad y convicción. Lewis se inclina por ese Schubert poliédrico, con la tristeza siempre presente, pero en ocasiones interrumpida, bien por esos arrebatos de rabiosa pasión y rebeldía, bien por otros del más refinado lirismo. Un Schubert que también mira, a menudo, a su admirado Beethoven (creo no apuntar a una herejía si digo que esa desatada turbulencia en el centro del andantino de la D 959 la hubiera aplaudido el de Bonn), pero que no renuncia a su esencia cantable, a su elegancia y a su inefable melancolía. Un Schubert rico en contrastes, que se alinean con la idea acertadamente apuntada en la cita mencionada. Consciente de lo traicionera que puede ser la memoria en obras de tal densidad, utilizó, apenas visible, un iPad con la partitura y un pedal bluetooth para pasar las páginas.

La más pasional de las tres, la D. 958, llegó rotunda desde su inicio, como quizá una de las muestras más cercanas a Beethoven de cuantas se escucharon en la tarde. Algunos pasajes, de impecable ejecución, quizá pudieron haber llegado con más claridad. Esta quedó algo mermada por la largueza citada del pedal, pero la intensidad era envidiable. Lewis cuidó siempre, en esta sonata y en las siguientes, de dos aspectos que ayudaron en esa exposición de contrastes: las pausas y silencios, no solo respetados, sino utilizados como recurso generador de tensión, y el recurso al pp subito, con frecuencia el mejor vehículo para el cambio abrupto de atmósfera. La forma en que Lewis cantó el segundo motivo del primer tiempo (el único de las tres sonatas en que se respetó la repetición de la exposición) fue todo un ejemplo de ello. Sereno, bien matizado el adagio, con precioso dibujo de la voz intermedia. Bien cantado, vivo, el menuetto, y agitada, vibrante, la tarantela del allegro final, con un chispeante pasaje de cruce de manos en el que quizá el matiz de los acordes pudo haber sido más sutil.
En una línea parecida, algo más serena, el allegro de la D 959 estuvo especialmente afortunado en un tramo final de evanescente delicadeza. De emocionante melancolía la suave barcarola del andantino, y de tremenda, apabullante intensidad, la turbulencia antes descrita que la interrumpe, y que consigue que la emoción que despierta el retorno de la idea inicial sea aún más intensa. Elegante, con buen impulso rítmico, el scherzo, con un trío sencillo, a tempo muy poco más lento. Bien cantado el rondó final, con un engañoso desenfado inicial, que poco a poco de nuevo devino tensa agitación, y en el que Lewis, justo antes del Presto final, extrajo el mejor partido del silencio que le precede en el sentido antes apuntado.
La D 960 se abrió con un tempo relativamente moderado, pero alejado de la inefable tristeza que transmitía en esta obra Sviatoslav Richter. Lewis omitió, como ya comenté antes, la repetición de la exposición, pero consiguió, una vez más, dibujar con acierto ese juego de contrastes entre tristeza, efusión más lírica e incluso momentáneos ramalazos pasionales. El último tramo llegó con una emotiva combinación de misterio y melancolía, con ese tinte ominoso del reiterado trino en el grave mencionado en el inicio de este comentario. Se habló ya del andante sostenuto, de una congoja sobrecogedora, especialmente en ese tramo final, realmente devastador. Muy vivo, leggiero, el scherzo, y, como en la anterior, movimiento final iniciado con sereno desenfado, pero pronto abierto al arrebato temperamental rotundo, reafirmado en una coda que llegó con admirable vibración. El éxito fue muy grande y merecido, para una interpretación que hay que calificar como sobresaliente, porque el concepto es plausible y fue defendido por Lewis con irreprochable convicción y calidad. Sí, algunos pueden preferir un Schubert más declaradamente lírico o más desgarrador y constantemente triste, pero este Schubert contrastado, poliédrico, que igual bebe de Beethoven que de los propios lieder, que es capaz de recordar la trepidación de la Wanderer y la desolación del Winterreise, es una idea perfectamente lógica, emocionante, y difícilmente encontrará un abogado mejor que el excelente Paul Lewis que escuchamos ayer en el auditorio nacional. Hizo muy bien, además, el inglés, en no conceder propinas. Tocar algo extra después de semejante sobredosis de emoción es tarea poco menos que imposible para el intérprete y creo que no apropiada para quienes le habíamos escuchado. Esas toneladas de emoción de esta tríada impagable… hay que digerirlas.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Pablo Rubén Maldonado)


