GRANADA / Gustav Mahler Jugendorchester con Kirill Petrenko: entre la lección y la esperanza

Granada. Palacio de Carlos V. 7-VI-2024. 73 Festival de Música y Danza. Gustav Mahler Jugendorchester. Director: Kirill Petrenko. Bruckner: Sinfonía nº 5.
La septuagésimo tercera edición del Festival de Granada —última bajo la dirección de Antonio Moral— se ha abierto con lo que, además de su primer concierto, era también el colofón de una gira iniciada en Pordenone el día 1 y que ha llevado a la Joven Orquesta Gustav Mahler y su a la sazón director invitado, Kirill Petrenko, por seis escenarios de Italia y España. Orquesta y maestro culminaban así un proceso que tendrá su corolario para el propio Petrenko —que ha dirigido la obra estos días por vez primera en su carrera— cuando se presente con esta Quinta de Bruckner el 23 de agosto en el concierto inicial de la nueva temporada de la Filarmónica de Berlín.
La suma de alegrías que produce tocar maravillosamente y saber que la gira, intensa y monográfica, tocaba a su fin, resplandecía en las caras de los jóvenes músicos de esta orquesta excepcional, de nómina permanentemente renovable, cuyos atriles cambian por mor de las carreras de quienes los ocupan de manera tan provisional —paso decisivo para acceder a formaciones de altura— como intensa. Es difícil mostrar más felicidad cuando se trabaja que la que traslucían estos noventa y cinco chicos y chicas de veintidós nacionalidades europeas distintas y entre los que se cuentan nada menos que veintitrés españoles. No hay sección en ella que desmerezca del resto. Las cuerdas son tan flexibles como apasionadas —la serenidad del concertino, la pasión de la primer violonchelo, la calidad enorme de las segundos violines, por cierto que sólo conté un chico en la sección—, el poderío y la cintura de los metales —trompeta y trompa magníficos—, la elegancia de las maderas —oboe, clarinete, flauta… Todos, realmente todos, hacen pensar en que se acercan juntos a esa orquesta ideal en la que las ganas y las capacidades actúan de consuno para que la música llegue de la mejor manera posible. Ya sabemos los problemas de la clásica: las audiencias, la educación, los repertorios, la información, la retórica barata, la parafernalia social, la mitomanía… Bueno, pues resulta que algo tan fundamental como los jóvenes que la hacen y quieren seguir haciéndola representa a ojos vistas la más clara esperanza de su supervivencia. Esperanza, no evidencia.
Al frente de esta tan poderosa afirmación de talento, se encontraba uno de los grandes nombres de la dirección de orquesta hoy, Kirill Petrenko, austriaco de nacionalidad y ruso de nacimiento y titular en ejercicio desde 2018 —fue nombrado en 2015— de la Filarmónica de Berlín. Asombra en él, por encima de todo, una extraordinaria técnica directorial, que no consiste en la aplicación académica de los gestos sino en el inteligentísimo uso de estos, y de la mirada, en la consecución de una claridad expositiva asombrosa. La diferenciación de planos o el planteamiento de las dinámicas —de los pizzicati en pianissimo de la cuerda a los fortissimi de los metales— con resultados casi inverosímiles, nacen de eso que llamamos técnica de batuta por más que la tal batuta sea en su gran mano derecha a veces más un sexto dedo que un instrumento de precisión. El batir de la mano izquierda o el amplísimo movimiento de brazos —sin reparo alguno por mor de la eficacia— colaboran a que Petrenko no sea el más estético de los maestros pero sí uno de los más eficaces que uno haya visto en años. Ah, y con todo eso en danza, capaz también, sobre la marcha, de sujetar las hojas de los primeros atriles mientras estos ponían la pinza correspondiente, ese adminículo imprescindible en las noches del Carlos V cada vez que sopla la brisa.

Su Quinta de Bruckner comenzó como una advertencia para los que creemos que el sumo sacerdote de esta religión se llamó Sergiu Celibidache y que con Daniel Barenboim se irá algún día el que fuera su heredero en el anhelo de ahondar en propuesta de tal altura. Esta lo era de otra especie. Parece hoy tendencia descargar al compositor de Ansfelden de lo que para algunos es la mezcla de una espiritualidad entre tosca y tremenda y una retórica, a la postre, un poco demasiado pesante. Y esa sensación de revisión a lo terreno daba el discurrir de un primer movimiento que, sin embargo, fue poco a poco creciendo en hondura mientras empezaban a notarse las zonas de tensión, esos como amagos de caída al abismo que la partitura esconde, momentos en los que la arquitectura muestra sus rincones más propios y más complejos. El Adagio se dijo con intensidad través de una emoción siempre controlada —característica evidente de toda la versión—, muy bien cantado su tema principal. En el Scherzo, Petrenko traducía perfectamente el sentido del Ländler en el trío —qué forma magnífica de plantear esa suerte de accelerando tras el primero de ellos—, que esta vez transforma lo popular en un discurso mucho más ambiguo. Creo que aquí es donde el maestro dio el capítulo más interesante de su apasionante lección de dirección de orquesta en la noche granadina, asumiendo en plenitud el Bruckner más contradictorio. En el Finale —estupendo el clarinete a su inicio— la gran fuga fue dicha con una intensidad que solo puede llegar, sí, desde la claridad expositiva, pero con la colaboración inestimable de una orquesta que, si llevaba entregándose toda la velada, aquí echó el resto a tumba abierta. El arribo a la monumental coda fue lógico y natural y todo remató en una grandiosidad perfectamente descriptible, dicho en el sentido más literal, que despertó en este crítico la admiración ante la puesta en pie más que la conmoción ante lo escuchado.
¿Quién que no sea un inconsciente puede pensar en un encore después de una Quinta de Bruckner? Desde luego, no Petrenko que, tras recibir los aplausos unánimes y rendidos de público y músicos, marchó al camerino mientras estos se reorganizaban para, ellos solitos, y emulando a sus colegas de la JONDE, regalarnos una versión tan rumbosa como divertidísima de Amparito Roca. Tocaron, bailaron y demostraron que sacar los pies del tiesto después de semejante trabajo es lo menos que puede hacer un grupo de chavales tan envidiable. Disfrutan el privilegio que se han ganado a pulso y lo saben celebrar. Que Dios reparta suerte.
Luis Suñén
(fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


