GRANADA / Esplendorosa voz

GRANADA / Esplendorosa voz

GRANADA.- Palacio de Carlos V. LXVIII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. ORCHESTRE DE PARÍS. Solista: Stéphanie d’Oustrac (mezzosoprano). Director: Christoph Eschenbach. Obras de Berlioz y Mahler.

Siguiendo con el homenaje a Berlioz, el segundo concierto de la Orquesta de París en el Festival granadino estuvo dedicado a este compositor francés con dos destacadas obras de su catálogo que sirvieron para trascender su figura a la dignidad pertinente dentro del romanticismo musical. La primera fue la obertura El carnaval romano, H. 95, que propició que la orquesta parisina entrara en acción bajo la dirección del que fuera su titular durante la primera década de la presente centuria, Christoph Eschenbach, percibiéndose desde la emisión del primer sonido un feliz reencuentro entre el instrumento y el maestro.

El primer aspecto a destacar fue el cromatismo tímbrico de cada una de las secciones instrumentales, cualidad que habría de mantenerse a lo largo de todo el concierto con notable y creciente prestancia. El segundo, el nivel de entendimiento entre director y los músicos, que conocían su variedad de gestos dándoles inmediata respuesta tanto en precisión rítmica como en tensión dinámica. Un tercero a tener en cuenta era cómo dominaba la orquesta la voz propia de este compositor, desde una plena identificación con su lenguaje instrumental muy bien detraído, en este caso, de pasajes vocales de su ópera Benvenutto Cellini. Tuvo su momento más hermoso en el famoso solo del corno inglés, a cuyo responsable Eschenbach dejó en libertad expresiva, seguro de la musicalidad de su dicción.

Por su excelencia, el momento singular del concierto vino propiciado por la actuación de la mezzosoprano Stéphanie d’Oustrac interpretando la escena lírica La muerte de Cleopatra, H. 26. Ya con el primer recitativo concentró toda la atención de los presentes que se manifestaba en ese característico silencio del público que delataba que algo importante está ocurriendo en el escenario. Así fue también en el segundo, en el que la cantante alcanzó la perfección expresando el pesar de la reina ptolemaica sintiéndose culpable de la derrota sufrida por el ejército de Egipto y su amante Marco Antonio en la batalla de Accio ante las huestes navales de Augusto, acontecimiento que llevó a Cleopatra a no contemplar otra salida que el suicido. Este pesar lo supo transmitir la cantante con un dominio absoluto de su vis dramática que alcanzó máxima expresividad en la Méditation, aria sobrecogedora con la que demostró plenitud de acción y perfección en el canto. En el pequeño recitado final, se pudo admirar cómo Berlioz crea una trágica atmósfera de estremecedor efecto desde la honda expresividad de la sección de contrabajos que fue destacada de modo especial por el director en el momento del extenso y unánime aplauso final.

Ante la excelencia de esta cantante venía a la mente la posibilidad de que hubiera llegado a completar su actuación con el famoso ciclo de canciones Les nuits d’été, H. 81 también de Berlioz o alguna de ellas como bis. ¡Qué oportunidad perdida! Desde una detenida consideración, la actuación Stéphanie d’Oustrac se recordará como el acontecimiento de esta edición del Festival.

Quedaba una segunda parte del concierto de máximo interés con la anunciada interpretación de la Primera sinfonía en Re, “Titán” de Gustav Mahler, espléndido campo de pruebas para determinar las excelencias de una de las grandes formaciones orquestales del continente europeo. La expectativa suscitada no se resintió en momento alguno. Christoph Eschenbach entró en el mundo mahleriano desde su amplia destreza en transmitir la atrevida expresividad tímbrica y polifónica que propone siempre este compositor, alcanzando ese dominio paradójico fundamentado en una especie de laissez faire laissez passer musical de mágico efecto. Controlando al máximo el discurso del primer movimiento, dejaba que los profesores aportaran su experiencia en cada detalle, en cada diálogo, en cada transición, en cada anticipación, generándose una intercomunicación de todos los músicos con cada uno y cada uno con todos que facilitaba el descubrimiento y la percepción de las verdaderas esencias del poder creativo de Mahler.

El segundo movimiento fue tratado con todo detalle por el director, propiciando que la orquesta expresara su más delicada respuesta, de modo especial en el aire de vals que anima su parte central que fue transmitido con marcada elegancia. Esta serenidad quedó truncada con el advenimiento del inquietante tercer tiempo, con el que Eschenbach expuso toda su paleta de recursos técnicos haciendo honor a la mejor escuela austro-germana del arte de dirigir. Todos los sentimientos que Mahler quiso expresar en esta solemne parte de la obra quedaban dibujados por su batuta de manera esencial, manteniendo siempre esa sutil anticipación gestual que terminaba convirtiéndose en sonido. Este sentido de hacer música alcanzó el grado de sublimación en la atormentada agitación del movimiento final, cuyo discurso fue tratado en una constante progresión anímica que llevaba al oyente a un creciente paroxismo emocional. Concluía así la que seguramente pasará como la más relevante velada orquestal de esta edición del Festival.

[Foto: Fermín Rodríguez / Festival de Granada]