GRANADA / Beethoven impuso su implacable ley

GRANADA / Beethoven impuso su implacable ley

Granada. Palacio de Carlos V. 23-VI-2019. Maria João Pires. Obras de Beethoven y Schumann.

Una de las veladas del Festival más deseadas era sin duda aquella en la que la pianista lisboeta Maria João Pires, admirada desde que obtuviera en Bruselas el Premio del Bicentenario de Beethoven el año 1970, iba a aparecer en el escenario más relevante de este evento como es el Palacio de Carlos V, centro neurálgico de sus programaciones a lo largo de sus sesenta y ocho años de historia. Se presentaba con obras de dos autores que han sido gestionados a lo largo de su carrera con gran atención por su parte como son Beethoven y Schumann pero con los que no ha llegado nunca a las excelencias conseguidas con otros compositores como Mozart, Schubert o Chopin, cuyas músicas han sido siempre un mejor vehículo para que su sensibilidad se manifestara en toda su plenitud.

Siempre se ha podido percibir en esta intérprete un afectado ensimismamiento que ha podido servir para acentuar el sentido romántico de determinado repertorio pianístico pero que con Beethoven, por ser posiblemente el mayor romántico de la música occidental, no funciona, máxime cuando concierne a los pasajes lentos del discurso de la primera obra del programa, la Sonata, Op. 13 “Patética” en Do menor, punto culminante del pensamiento para teclado en el primer periodo creativo del compositor. Se enquistó lentificando en exceso los pasajes de tal expresión como queriendo sólo asegurar su comunicación con el oyente desde una posición declamatoria nada deseable para este primer movimiento, que perdía así el equilibrio de unidad de  exposición, rompiendo los contrastes que pretende el compositor en la línea de su discurso. Velocidad y lentitud no se produjeron como esas diferentes manifestaciones expresivas complementarias en las que se sustentan entre otras las tensiones que caracterizan la música de Beethoven sino, que con predominio de la segunda, la exposición quedaba descompensada.

Pires se sintió más cómoda en el Adagio cantabile dado su carácter liederístico y aroma mozartiana sin por ello dejar de abandonarse a un embelesamiento que en algunos momentos parecía llevar la lectura a un punto muerto que, afortunadamente, no llegaba producirse. Con todo, su interpretación fue la más coherente de toda la obra, en el que se notó una mejor presencia de una recortante mano izquierda. En el Rondo volvieron a surgir los despropósitos de tempo del primer movimiento pero además, con el riesgo que supone la oposición expresiva con la que se manifiestan las manos especialmente en sus pasajes más propulsivos y febriles. Daba la sensación como si la pianista no alcanzara ese deseable equilibrio entre sentido y forma.

El primer Schumann del recital fue la Arabeske, Op. 18 apareciendo la agilidad digital que siempre tuvo Maria Joao Pires en la ligera y a la vez tierna ejecución del episodio de presentación de la obra. Mantuvo bien cantada la interrogante intención expresiva que pide el compositor en esa especie de interludios centrales de la obra, recreándose en los ritardandos para acabar reencontrándose con las sensaciones del principio comunicadas con un interesante sentido poético. Terminaba así la interpretación más coherente de este recital.

Lejos de las excelencias idiomáticas con Schumann del tempranamente desaparecido Yuri Yegorov o de la visceral intuición con este autor del indiscutible Murray Perahia, continuó con las trece miniaturas que integran las Escenas de niños, Op.15 de dicho compositor sajón, destacando del global de su ejecución el carácter nostálgico que ofreció en la línea de canto de cada una de ellas alcanzando un grado de afectación notable en la séptima, Ensueño (Rèverie), dando la sensación de que, por momentos, el discurso iba a quedar en puntos suspensivos. La impresión general de su interpretación fue que estaba esforzándose por singularizar el tratamiento de cada pieza con energía y ternura a la vez en una idea vaga de proyectar una impresión de fluidez y naturalidad a la totalidad de estas páginas de concentrada inspiración y preclaro reflejo de la identificación estética del compositor. Desentrañar su música interna quedaba para otra ocasión.

Iba a ser de nuevo la música de Beethoven, también en tonalidad de Do menor como la Patética,  la que iba a determinar el poder mental y el estado de forma de Maria Joao Pires; concretamente la Sonata núm. 32, Op. 111, una de la obras clave del pianismo de compositor y hasta diría de la historia del piano. La primera impresión fue de enfrentamiento a la obra, que no llegó nunca a expresar desde un proceso previo de interiorización. Parecía como si no la hubiera traspasado en momento alguno, generando más la sensación de una lectura mental automatizada que de un verdadero acto de recreación, aspecto que quedó más de manifiesto en cómo abordó la Arietta y sus variaciones que ocupan el segundo y último movimiento. Su complejo contrapunto fue tratado más con agresividad que con esa orientación de oposición compensada que diera sentido a su ejecución. El ejemplo más determinante fue el tratamiento del pedal, absolutamente ignorando el modo fluctuante y constante que exige su acción siguiendo la regla de gran virtuosismo que determina que nunca ha de separarse el pie de tal resorte a efectos de conseguir una adecuada oscilante expresividad dinámica. Pires pateó con el consiguiente desagradable ruido que producían sus talones en la superficie del escenario. Un efecto impropio e indeseable en todo caso. Otro momento desconcertante fue que, en la ejecución de ese trino final de este movimiento en la mano derecha, parecía como si estuviera queriendo superarlo desde el aspecto técnico, lo que le impidió alcanzar ese grado catártico de liberación emocional con el que se quiere expresar aquí el autor, dando la sensación como si se fuera agotando su energía persiguiendo una imposible consecución expresiva, acentuada por una mano izquierda de limitado poder contrastante.

El sufrimiento reflejado en el rosto de Maria João Pires era manifiesto, producto de esta lucha final en la que Beethoven impuso su implacable ley. Se cerraba así el recital por antonomasia de esta edición del Festival en el que un afectado ensimismamiento romántico prevaleció a cualquier tipo de diferente consideración estética.

(Foto: Fermín Rodríguez – Festival de Granada)