MURCIA / Gran orquesta, mejor director, por José Antonio Cantón

MURCIA / Gran orquesta, mejor director, por José Antonio Cantón

Murcia. Auditorio Victor Villegas. 18-I-2019. Mahler, Sinfonía nº 9 en Re mayor.Orquesta Sinfónica de Düsseldorf. Director: Ádám Fischer.

José Antonio Cantón

H

ace tres años tuve la oportunidad de asistir a una conducción memorable de la Quinta sinfonía de Beethoven por el director Ádám Fischer al frente de la Orquesta Sinfónica de Viena, cuyo recuerdo me hacía albergar una gran expectación ante la oportunidad de volverlo a ver con una obra de la envergadura de la Novena sinfonía de Gustav Mahler, verdadero testamento de este gran compositor junto al único tiempo de la que pudo haber sido la décima de su catálogo sinfónico. En esta ocasión, se presentaba dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Düsseldorf, una de las más antiguas de Alemania, con un gran prestigio artístico, que visitaba por vez primera la ciudad de Murcia y de la que el maestro húngaro es titular desde el año 2015.

Afrontar ese resignado canto a la muerte que encierra el mensaje de esta sinfonía, supone uno de los mayores retos que cabe imaginarse para un director de orquesta. Ádám Fischer posee los arrestos técnicos y artísticos necesarios para, sin partitura, conducir esta obra en sus más mínimos detalles. Así se pudo percibir en el marcado carácter fúnebre con el que se inicia el primer movimiento como también en el desarrollo posterior de sus variados pasajes en los que supo graduar tensiones hasta llegar a ese punto culminante en el que los instrumentos de metal, desde un triple forte de máxima dinámica, el compositor parece rebelarse contra el inexorable advenimiento de la muerte, sin llegar en su interpretación a ese punto de desesperación que otras batutas fuerzan en exceso. Anticipaba así una dirección magistral de la coda, yendo más allá del significado musical que contienen sus notas.

La enorme vitalidad de Ádám Fischer quedó de manifiesto en su conducción del segundo tiempo, en el que el compositor quiere expresar su deseo de alegría de vivir. Con manifiesta versatilidad transmitió sus diferentes temas hasta llegar a su brillante final, que sirvió para que la orquesta ofreciera su mejor calidad sonora y ajuste rítmico con intensidad y fuerza. Esa misma respuesta pudo percibirse en la bien dibujada estructura contrapuntística del rondó, en cuya dirección quedaba clara la capacidad musical de este maestro, de manera especial, en el episodio que se inicia con un golpe de platillo seguido de distintos solos, haciendo una exposición casi grotesca del tono, dinámica y timbre de la orquesta antes de la intensa conclusión de este tercer movimiento, donde se manifestó de nuevo el poderío sonoro de esta gran formación.

Precisó su lectura en el siempre esperado y hasta deseado Adagio final. Marcó con definido gesto todos los avatares que contiene, pasando por el carácter burlesco del primer complejo temático en el que hizo destacar la riqueza armónica de sus atomizadas melodías. Como contraste, quiso resaltar ese particular sentido camerístico que pide el conjunto motívico subsiguiente, anunciando en los registros bajos el interminable final de la obra. Fue en este momento sustancial donde se pudo disfrutar y a la vez comprender el sentido de recreación musical de este maestro, transmitido y perfilado por su paisano Hans Swarowsky, uno de los grandes maestros y a la vez didactas de la dirección musical habidos en el siglo XX, de quien recibió formación y marcada experiencia en Viena.

La forma con la que Ádám Fischer diluyó la sinfonía, respondiendo al pianísimo que pide Mahler que ha de hacerse con enorme  tensión de gesto, es de las que quedan en el recuerdo del oyente por la alta expresividad musical alcanzada y por la convicción vivida en su exposición, que hacía recordar aquellas interpretaciones de los grandes maestros mahlerianos como los indiscutibles Bruno Walter y Willem Mengelberg, también Jascha Horenstein, Leonard Bernstein y más recientemente Claudio Abbado que, con mejores instrumentos orquestales, supieron siempre distinguir y transmitir ese cierto dualismo existencial constitutivo de la muy compleja personalidad psicológica del gran compositor de Bohemia, que quedó constantemente reflejado en su música.