Grafenegg, el secreto mejor guardado del verano musical europeo

A media mañana, el parque de Grafenegg transmite una engañosa sensación de calma. Bajo los árboles centenarios apenas se oye otra cosa que el canto de los pájaros y el rumor de algún tractor que trabaja en los jardines. Desde la explanada que se abre frente al castillo neogótico cuesta imaginar que dentro de unas semanas ese mismo lugar recibirá a algunas de las mejores orquestas del mundo. No hay colas, ni carteles anunciando conciertos, ni espectadores fotografiándose frente al Wolkenturm, el auditorio al aire libre cuyas formas angulosas emergen entre los árboles como una escultura contemporánea. Quien llegue por primera vez podría pensar incluso que se ha equivocado de fecha. Solo al internarse en el recinto empieza a descubrirse otra realidad.
Una violonchelista atraviesa el parque con el instrumento colgado a la espalda. Dos trompistas comentan una particella mientras buscan la entrada del recién inaugurado Rudolf Buchbinder Hall. Un grupo de percusionistas empuja un carrito cargado de cajas y soportes. Los músicos aparecen y desaparecen por senderos que cruzan la finca en todas direcciones, como si el parque entero se hubiera convertido en el campus de un conservatorio.
Todo sucede caminando. Entre los cottages donde se alojan los participantes en la Academy, las salas de ensayo, el comedor colectivo, el castillo y los distintos espacios de trabajo apenas median unos minutos. Esa proximidad acaba marcando el ritmo de la vida cotidiana. Los ensayos desembocan en conversaciones improvisadas, que continúan durante las comidas en el inmenso granero habilitado como refectorio y centro social; la comida termina convirtiéndose en una clase informal o en un debate sobre una partitura que volverá a abrirse apenas media hora después.

Se trata de un ambiente muy distinto del que suele asociarse a un gran festival internacional. Aquí todavía no hay estrellas. Durante unos días, el protagonismo pertenece a varias docenas de jóvenes músicos llegados de medio mundo que conviven con compositores, directores e instrumentistas veteranos en un espacio donde las jerarquías parecen diluirse con bastante naturalidad. Antes de que las Filarmónicas de Viena o Múnich, la Concertgebouw de Ámsterdam o la Mahler Chamber Orchestra ocupen el escenario del Wolkenturm, Grafenegg funciona durante casi dos semanas como una suerte de laboratorio musical. El festival empieza mucho antes de que se venda la primera entrada y se celebre el primer concierto. Porque este certamen no nació únicamente para ofrecer conciertos. Nació también para crear las condiciones en las que esos conciertos empiezan a existir.
En tanto que festival, Grafenegg surgió hace exactamente dos décadas como consecuencia de una iniciativa que unió voluntades públicas y privadas. Por un lado, la de las autoridades del estado de la Baja Austria, deseosas de dar a la región un perfil cultural más elevado; por el otro, la de la familia Metternich-Sándor, propietaria del parque de treinta hectáreas que preside el imponente Schloss, un enclave en el que desde hacía décadas se llevaban celebrando conciertos de manera regular, pero al que la familia Metternich quería convertir en un verdadero centro musical. Sin embargo, y pese a su óptima ubicación a unos setenta kilómetros de Viena, era precisamente la inevitable competencia de algunos festivales internacionales de enorme implantación, como Bayreuth o Salzburgo, lo que hacía especialmente complicada la implementación de un nuevo certamen veraniego dedicado a la música clásica.

La idea de ofrecer al célebre pianista austriaco Rudolf Buchbinder, quien en 2007 ya atesoraba una brillante carrera internacional, la misión de poner en marcha, prácticamente desde cero, un ambicioso festival veraniego capaz de competir con rivales tan potentes resultó providencial, y existe una anécdota que resume bastante bien los comienzos del certamen. Cuando Buchbinder comenzó a cursar invitaciones a primeras figuras mundiales, como Zubin Mehta o Renée Fleming, para que participasen en el evento, muchas de ellas le formularon la misma pregunta: ‘Pero ¿quién ha tocado aquí antes?’ La respuesta era tan sencilla como desconcertante: ‘Nadie. Vosotros seréis los primeros’. Hoy cuesta creerlo, ya que el nombre de Grafenegg, pese a ser quizá todavía poco conocido entre el público español, figura con naturalidad en las agendas de las principales formaciones orquestales europeas. Pero en 2007 no existía ninguna tradición a la que aferrarse. Sólo un proyecto y el prestigio personal de quien lo encabezaba.
Sin embargo, sería un error atribuir el éxito exclusivamente a esa red de contactos. La verdadera intuición consistió en comprender que todavía quedaba espacio en Centroeuropa para un festival diferente. Salzburgo posee la fuerza de su tradición operística; Bayreuth gira en torno al universo wagneriano; la Schubertiada se centra en la música de cámara y el lied; Bregenz explota el atractivo escénico de su lago. Grafenegg eligió otro camino: convertir la orquesta en el auténtico eje de su identidad. Simone Bamberg, directora general operativa del festival, se muestra especialmente orgullosa de la rápida evolución del certamen en estas dos décadas: ‘El desarrollo que hemos experimentado en veinte años bajo la dirección artística de Buchbinder ha sido extraordinario. No solo ha convertido a Grafenegg en el principal festival del oriente austriaco, sino probablemente en el más relevante en lo que a música orquestal se refiere’.
En ese sentido, la construcción del Wolkenturm (literalmente ‘torre de las nubes’) cambió definitivamente la imagen de Grafenegg. Frente a la arquitectura histórica del castillo, la inmensa estructura de hormigón diseñada por el estudio next ENTERprise renunciaba deliberadamente a cualquier intento de mimetización. No buscaba pasar inadvertida: al contrario, proclamaba desde el primer momento que la tradición podía convivir con la arquitectura contemporánea sin necesidad de disfrazarla. Simone Bamberg insiste en este punto: ‘El rasgo más característico del festival, y el que le ha dado su personalidad propia, es la fusión entre tradición e innovación, idea que queda perfectamente reflejada en el gran contraste entre los dos edificios que casi se miran al espejo en el mismo parque: por un lado, el majestuoso castillo neogótico, y por el otro la moderna estructura arquitectónica del auditorio abierto, que también define otro de los rasgos fundamentales del festival, y es que se trata de un certamen al aire libre”.

Resulta significativo que esa fusión entre modernidad y tradición aparezca una y otra vez en las conversaciones con quienes trabajan aquí. Pero Simone Bamberg no habla únicamente de edificios. Esa fusión se refleja también en una programación en la cual las grandes orquestas internacionales comparten espacio con jóvenes instrumentistas y en la que Beethoven o Brahms conviven de la forma más natural con los compositores actuales, y cuyo principal reflejo es lo que se conoce como la Grafenegg Academy.
La Grafenegg Academy: un laboratorio para la nueva creación
Durante las semanas previas a la inauguración oficial del festival (que este año tendrá lugar el 14 de agosto con un concierto protagonizado por la orquesta Philharmonia de Londres dirigida por Cristian Macelaru) los protagonistas son los participantes en la Grafenegg Academy, un programa que reúne cada año a seis o siete decenas de jóvenes instrumentistas seleccionados entre más de cuatrocientos candidatos procedentes de decenas de países. No llegan para preparar una gira ni para competir entre sí. Durante casi dos semanas trabajan junto a compositores, directores y músicos invitados en un formato que se parece menos a un curso de perfeccionamiento que a una residencia artística.

Es cierto que la música contemporánea ocupa su lugar en casi todos los festivales europeos. La diferencia estriba en que, mientras que en casi todos ellos aparece confinada a un ciclo específico o a un pequeño número de conciertos repartidos por la programación, en Grafenegg forma parte de la vida cotidiana del festival gracias a la trascendental actividad que desarrolla la Academy en paralelo con otro proyecto que cobró su principal carta de naturaleza hace una década, a saber, el programa ‘Ink Still Wet’ (literalmente: tinta todavía húmeda), que selecciona cada año a cinco jóvenes compositores cuya tarea consiste en componer una pieza orquestal breve que será estrenada durante el festival bajo la dirección de cada compositor o compositora. Estos jóvenes trabajan durante las semanas previas bajo la tutela del compositor en residencia, a quien a su vez se le encarga una obra de gran formato.
Este año la compositora en residencia es la austriaca Olga Neuwirth, que presentará el 21 de agosto Zones in Blue, un concierto para clarinete y orquesta que tendrá a Jörg Widmann como solista, con Brad Lubman al frente de la Tonkünstler Orchester, una de las tres ‘orquestas en residencia’ del festival (las otras dos son la European Union Youth Orchestra, recientemente incorporada como tal, que este año estará dirigida por el español Gustavo Gimeno, y la propia Grafenegg Academy Orchestra).
Sin embargo, y de forma excepcional, la edición de 2026 ha incorporado la figura de un segundo compositor en residencia. Bien conocido en nuestro país por haber sido uno de los protagonistas de la última temporada del CNDM, Georg Friedrich Haas (quien ya fue compositor en residencia en 2022) ha compuesto para Grafenegg dos obras que completan una trilogía de piezas para narradora y conjunto instrumental cuya primera entrega fue Hyena 1, estrenada en noviembre de 2016 en Viena por el Klangforum. Para la Grafenegg Academy, Haas ha compuesto dos nuevas entregas (Hyena 2, para narradora y orquesta, y Hyena 3, para cuatro pianos preparados tocados a cuatro manos). Las tres piezas, que relatan la experiencia real de Mollena Lee Williams, esposa de Haas, durante su ingreso en un centro de desintoxicación por alcoholismo (la ‘hiena’ del título simboliza la adicción que la persigue) se estrenaron el pasado 18 de julio en un doble programa en el cual el israelí Ilan Volkov se puso al frente de los jóvenes instrumentistas de la Academy, preparados a su vez por una serie de ‘mentores’, instrumentistas internacionales de primer nivel que ejercen de instructores de los jóvenes músicos.
El propio Haas, acompañado por Mollena Lee, estuvo presente durante todo el proceso supervisando los ensayos, y se mostró encantado con el trabajo colectivo: ‘Estos jóvenes instrumentistas conservan todavía una libertad mental extraordinaria, sin prejuicios acerca de cómo debería sonar una pieza’, confiesa el compositor a SCHERZO. ‘Mis obras exploran en profundidad el ámbito de los microintervalos, lo cual complica bastante el proceso de preparación. Trabajar con los armónicos es algo inherente a la física de todos los instrumentos, pero la música tonal clásica lucha contra estas afinaciones, y por regla general los músicos de las orquestas se suelen sentir incómodos’. Haas rechaza la oposición habitual entre consonancia y disonancia; para él, no se trata de categorías naturales, sino culturales. Lo que una época considera estable o inestable depende de la educación del oído tanto como de la física del sonido. Tal vez por ello se siente especialmente cómodo trabajando con músicos jóvenes. ‘En mi música procuro aprovechar todos los recursos que ofrece el sistema tonal y creo que esto cambia la percepción de la música para estos músicos jóvenes; y espero que obtengan algo que les acompañe durante toda la vida’, añade el autor de la célebre In Vain.

Mollena Williams Haas y Georg Friedrich Haas.
Fiesta Española
En la edición de 2025, la figura del compositor en residencia recayó en el hispanoargentino Fabián Panisello, quien estrenó una pieza de pequeño formato por falta de tiempo para completar la obra orquestal que Grafenegg le había encargado. Finalmente, el estreno de esa obra, titulada Crossing Lines, se produjo el pasado 11 de julio en un concierto que llevaba por título Fiesta Española, protagonizado por la Tonkünstler Orchester bajo la dirección del propio Panisello. Según la define su autor, Crossing Lines es es un estudio sobre el cruce de armonías, la simultaneidad parcial de diversos complejos armónicos o super acordes y su influencia recíproca. Dividida en seis movimientos, cada uno de los cuales explora estos cruces desde perspectivas diversas, la obra es directa, poderosa, tímbricamente opulenta e imbuida de ese sentido del ritmo tan especial que caracteriza la música de Panisello, y fue muy bien recibida por un público que abarrotaba el Wolkenturm pero que no parecía excesivamente habituado a los lenguajes musicales contemporáneos.
El programa se completaba con la brillante Sensemayá, del mexicano Silvestre Revueltas, el obligado homenaje a Falla en el sesquicentenario de su nacimiento (las dos suites de El sombrero de tres picos) y el inevitable Concierto de Aranjuez, magistralmente interpretado por quien probablemente sea su mejor traductor moderno, el riojano Pablo Sáinz Villegas, quien levantó al respetable de sus butacas.
El festival
El programa de Grafenegg en su edición 2026, que arranca el próximo 14 de agosto, reúne un plantel de primeras figuras y formaciones mundiales, y un somero vistazo al mismo basta para preguntarse el porqué de que, a estas alturas, sea tan poco conocido en el sur de Europa, y sobre todo en nuestra Ibérica Península: entre los solistas, Piotr Beczala, Joyce di Donato, Julia Hagen, Daniil Trifonov, Rudolf Buchbinder, Gautier Capuçon, Vikingur Olafsson, Martha Argerich, Asmik Grigorian, Alexandre Kantorow o Yuja Wang; entre las orquestas, las Filarmónicas de Viena y Múnich, la Orquesta de Lucerna, la Mahler Chamber Orchestra, la Concertgebouw de Ámsterdam, la Philharmonia o la orquesta del Festival de Bayreuth; entre los directores, Cristian Macelaru, Gustavo Gimeno, Riccardo Muti, Tugan Sokhiev, Fabio Luisi, Pablo Heras-Casado, Santtu-Matias Rouvali o Lahav Shani. Casi nada.
Sin embargo, y como ya hemos apuntado al comienzo de este reportaje, lejos de convertir esa sucesión de nombres en un mero escaparate de prestigio, Grafenegg ha construido sobre esta oferta musical una identidad muy reconocible. La presente edición marcará el final de los veinte años de Rudolf Buchbinder al frente de la dirección artística, una etapa durante la cual Grafenegg ha pasado de ser una apuesta casi experimental a ocupar un lugar estable y reconocible en el circuito internacional.
Lo que distingue a este festival no es únicamente la calidad de los conciertos ni la belleza natural del entorno, ni tan siquiera la espectacularidad arquitectónica del Wolkenturm conviviendo a pocos metros del Schloss neogótico. Se trata más bien de la sensación de que todo forma parte de un mismo ecosistema: la Academia alimenta al festival, mientras que el festival da sentido a la Academia. Los jóvenes músicos escuchan a las grandes orquestas desde dentro; los compositores trabajan directamente con quienes interpretan sus partituras; los artistas consagrados conviven durante unos días con quienes apenas están comenzando sus carreras. Se trata de una lógica diferente, según la cual el prestigio no se construye únicamente sobre aquello que el público ve y escucha durante las dos horas que suele durar un concierto. Tan importante, o más, es todo aquello que ocurre antes de que el director alce la batuta. Tal vez sea esa convicción, discreta pero constante, la que explique que un festival nacido hace apenas dos décadas haya logrado convertirse en una referencia para buena parte del mundo sinfónico europeo.
Juan Lucas


