Giuseppe Tartini, cantar con el violín

Giuseppe Tartini, cantar con el violín

Si Vivaldi logró que la voz humana se pareciese a un violín, el empeño principal de Giuseppe Tartini consistió en recorrer el camino contrario. Su técnica buscaba reproducir en el instrumento de cuerda los recursos expresivos propios de la voz: la cantabilidad por supuesto, pero también la dulzura de los ataques, que tenían que resultar imperceptibles, y la ligereza del arco sobre la cuerda. El objetivo era que el sonido saliese del violín casi en forma de aliento, sin que se percibiese frotamiento alguno. Un canto. Hay cierto talante teatral en la música de Tartini, pero en la mayoría de casos no es un teatro barroco de la sorpresa, del efecto que descoloca, sino un teatro del enternecimiento y de la conmoción. No en vano, la estética de Tartini debe mucho a la poesía de Metastasio, el gran reformador del melodrama de principios del siglo XVIII, que recondujo el género trágico a un gusto más sobrio y racional a través de una musicalidad continua y homogénea, dulce como el fluir de un arroyo.

También la música de Tartini, incluso en sus momentos más virtuosísticos, tiende a evitar los afectos desbordados. Una de las pocas excepciones es la sonata El trino del diablo. Su celebridad distorsiona un poco la imagen del músico que nos transmite el conjunto de su producción, pero El trino del diablo fue el salvoconducto que permitió a Tartini sortear el olvido en el que cayeron Vivaldi y tantos músicos barrocos. El binomio diablo-virtuosismo que plantea la partitura tartiniana hizo mella en la imaginación de los Románticos y brindó el antecedente que explicaba a Paganini.

La biografía de Tartini no fue ajena a accidentes y peripecias. Nacido en Pirano de Istria en 1692, sus padres deseaban para él la carrera eclesiástica y le enviaron a Padua para estudiar Derecho en la universidad. Al final, no fue ni cura ni abogado. En 1710, con dieciocho años, se casó con una chica de modesta condición, Elisabetta Primatore, lo que desató las iras de su familia y le obligó a huir a Roma. Encontró refugio en el Convento Franciscano de Asís, donde tuvo tiempo para mejorar su manejo del violín. En 1714, pudo finalmente regresar a Padua, consciente de que su verdadera vocación eran la música y el violín. Su fama pronto sobrepasó los confines de la República Veneciana. En 1728, fundó en Padua una escuela de violín llamada “Escuela de las Naciones” por la variopinta procedencia de sus alumnos. Esta infatigable actividad pedagógica difundió por toda Europa sus preceptos violinísticos y tuvo una destacada incidencia en el desarrollo del instrumento. Entre sus alumnos, hay muchos nombres de violinistas célebres como Domenico Dall’Oglio, Pasquale Bini, Michele Straticó, Pietro Nardini, André Noël Pagin o Johann Gottlieb Naumann.

Tampoco hay que pasar por alto que Tartini fue un hombre de múltiples intereses. Si al principio de su vida se dedicó con ahínco a la esgrima, más tarde realizó importantes estudios de acústica (a él se debe el descubrimiento del “tercer sonido”) y estuvo en contacto con destacadas personalidades científicas de su tiempo (Algarotti, Euler, D’Alembert).

La producción de Tartini está monopolizada casi completamente por el violín. La sonata y el concierto tartiniano acompañan el tránsito de ambos géneros desde el barroco hacia el clasicismo. La forma tiene un pie en la tradición, pero el espíritu mira hacia delante. Destinadas a un público más selecto y erudito, las sonatas muestran una mayor originalidad y tendencia a la experimentación. Es en este apartado donde se encuentran las obras que han asegurado a Tartini su notoriedad como compositor, es decir: el Trino del diablo, la Didone abbandonata, Staggion bella, o la Sonata XII con el “Aria del Tasso”, basada en el canto de los gondoleros venecianos sobre versos de la Jerusalén liberada de Tasso.

Los conciertos de Tartini son acompañados a veces por versos de Metastasio. Su presencia no tiene finalidades programáticas, sino que busca fijar un marco poético para la música y para el intérprete. El Concierto para violín en La mayor D 96 tiene un movimiento lento alternativo (Largo andante) que también recurre a la cita metastasiana: “A rivi, a fonti, a fiumi correte amare lacrime, sin tanto che consumi l’acerbo mio dolor” [Como arroyos, como fuentes, como ríos, corred amargas lágrimas, hasta que se consuma mi cruel dolor] Es posiblemente una de las plasmaciones más sublimes del ideal tartiniano de convertir la voz del violín en voz humana.