Gino Paoli: ‘senza fine’

El cancionero universal pierde con Gino Paoli, que murió ayer en Génova a los 91 años, a uno de sus grandes nombres. A uno de esos a los que defendíamos sus fieles apelando a su raigambre romántica en todo el sentido de la palabra, asegurando sin ánimo de duda que Schubert lo hubiera felicitado de escuchar Sapore di sale o Il celo in una stanza o Senza fine.
Como Tony Bennett, como Carlos do Carmo, que le precedieron en el adiós, Paoli era una voz perfectamente consciente de su embrujo y sabía cómo dominarla para acceder a esa expresión que le hizo ser el representante máximo de la música popular en Italia junto al inasible y muy distinto Franco Battiato, el genialoide Adriano Celentano y el malogrado Lucio Battisti. Ellas, ya sabemos, fueron Mina, Milva y Ornella Vanoni, esta última muy ligada sentimentalmente a él. Como lo estuvo Stefania Sandrelli, un idilio que llevó a Paoli a intentar, en 1963, un suicidio que no se consumó porque la bala, que llevó siempre alojada en el pecho, no alcanzó el corazón. Todo hay que decirlo: Stefania y Gino fueron amigos hasta el último momento.
Gino Paoli es una muestra más de que no hay nada peor para quien ama la música que no abrirse a la belleza de todas las músicas. Una que puede tocarnos el alma adolescente, como Sapore di sale, puede perfectamente seguir en nuestro recuerdo toda una vida. Setenta y cuatro tiene el autor de estas líneas y en la banda sonora de cincuenta años de matrimonio, hace de eso dos veranos, estaban Paoli, Celentano, Battiato y Battisti. Cómo no, si nos habían dado tanta felicidad.
Tras saber la noticia, muchos de mis amigos, y no solo italianos, habrán derramado una lágrima de agradecimiento y de pura emoción escuchando de nuevo Sapore di sale. Seguramente en la versión original, aquella que dirigiera Morricone y en la que tocaba el saxo Gato Barbieri. O, por qué no, en la del álbum Appunti di un lungo viaggio, de abril de 2019, en la que un Paoli octogenario dicta lección de arte con los últimos brillos de su genio. Qui il tempo è dei giorni che passano pigri…
Luis Suñén


